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La vergüenza de mirar a otro lado

Entendimiento. Hablamos de dos países que tienen unas magníficas relaciones salvo cuando se deben abordar problemas o acontecimientos sucedidos en Melilla o Ceuta

Por Luis Manuel Aznar
20/02/2020 09:05 CET
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A lo mejor, algún día nos enteramos de las razones por las que el Gobierno español no ha protestado, de manera real, ante su homólogo marroquí por el cierre de la aduana de Melilla. Una aduana que viene funcionado, sin ningún tipo de problemas, desde hace más de 60 años y de la noche a la mañana se ha decretado el cierre sin que nadie se pregunte nada. Y el Gobierno de Melilla, aparte de todos los melillenses, sigue buscando explicaciones y no las encuentra. Pero no las encuentra ni en el Ejecutivo de Pedro Sánchez, ni en los representantes del Ejecutivo de Pedro Sánchez en la Delegación del Gobierno de Melilla. Se habla de reuniones y más reuniones, pero, en definitiva, son muchas las aristas que tiene este problema.

La primera arista es que nos encontramos con una acción que nunca debió de ocurrir. Si dos países son amigos, algo que nadie duda, una decisión de estas características no se hace con alevosía, premeditación y casi con nocturnidad. Lo que sucede es que hablamos de dos países que son amigos, menos cuando se abordan las situaciones en las ciudades autónomas de Melilla y Ceuta. Nuestros gobernantes, es histórico, casi siempre se las han cogido con papel de fumar cuando se han encontrado con la necesidad de llamar la atención a nuestros vecinos por algún problema sucedido en cualquiera de las dos ciudades. Pero es que hablamos de algo más. Nos cansamos de repetir que las fronteras de Melilla y de Ceuta son las fronteras de la Unión Europea en territorio africano. La aduana comercial de Melilla es la única que tiene la UE en el continente africano, porque Ceuta no cuenta con aduana comercial. Entiendo que algo también debería decir Bruselas ante un tortazo sin mano como el que ha sufrido España con la decisión de Marruecos. Un tortazo sin mano que al final sufren todos los melillenses.

Y en esas aristas que sobresalen en este conflicto nos encontramos igualmente con una situación que parece sacada de una película de Berlanga. Desde hace más de un mes hay nueve empresas españolas y una marroquí que no saben a qué carta quedarse. Con mercancías dentro de los camiones. Porque si es una verdadera vergüenza que se haya producido el cierre de la aduana comercial más vergüenza aún es que las empresas no hayan podido retornar a Melilla para recuperar esas mercancías que, por supuesto, menos mal, que no son perecederas.

Hay quien está intentando desviar la atención sobre la verdadera síntesis y razones para el cierre de la aduana comercial. Estamos hablando de un problema político y no de un problema técnico o aduanero. Por tanto, que la directora general de Aduanas se vaya a reunir con su homólogo marroquí es intentar buscar salidas que no conducen a ninguna parte.

No hace falta ser un Séneca de la política para entender que estamos ante un problema de decisiones políticas al más alto nivel. Para entendernos, la aduana de Melilla no se ha cerrado sin el consentimiento ni del primer ministro marroquí ni del jefe del Estado del vecino país. Una acción de esa envergadura se toma en las más altas instancias y, en todo caso, la ejecuta el director general de Aduanas. Pero jamás a éste se le habría ocurrido tal osadía si no está respaldado. Con lo cual, la directora general de Aduanas del Gobierno de Pedro Sánchez, una persona con formación técnica y escasa de política, se va a estrellar contra un muro de hormigón. Obtendrá buenas palabras y volverá tan contenta a Madrid, pero sin nada de nada que ofrecer.

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