Si se le pregunta a la IA (inteligencia artificial) -esa que abre mundos indómitos pero también abismos a la inteligencia humana- que es la vida digital contesta raudo que es “la integración profunda de la tecnología en la vida cotidiana, abarcando actividades, relaciones y experiencias a través de internet, smartphones y redes sociales, transformando la comunicación la comunicación, el trabajo y el entretenimiento”. Casi el pan de cada día con sus menesteres.
Cualquier gestión, bancaria, con la hidra de administraciones, compra de servicios o de enseres y caprichos, puede ser realizada a golpe digital. Eso sí, salvando obstáculos de toda índole que en forma de anuncios publicitarios, reclamos o recabadores de información amén de la panoplia de claves, contraseñas y usuarios que, difícilmente y, claro, en aras de la seguridad, caben con solvencia en cabeza humana. Prácticamente, solo citan al cara a cara, en vivo y en directo, cuando, se supone, se debe demostrar estar con vida.
Pero he ahí que a la generación más cercana al tono sepia que al ultracolor, cuando en uno de los pasos (en ocasiones y dependiendo la gestión) se encasquilla la cosa o por error se da donde no se debe, se pasa de lo inmediato a lo inviable o irrealizable; se queda preso por el errático proceder y la protección se convierte en duda, el naufragio es inmediato y vuelta a la navegación, regreso al intento desde el puerto iniciático. Eso si no se acaba cayendo en las redes de maldad que acechan y ejecutan en las nuevas tecnologías y de manera insomne.
Muchas ventajas, sin duda, ofrece internet, las nuevas tecnologías, porque “han transformado la cultura humana, las estructuras de poder y las vidas cotidianas en una sola generación y forma parte indisoluble del tejido de la realidad” bueno es saber aprovecharlas y quedarse en el lado del bien: entre otras, la divulgación y el conocimiento, la capacidad de convocatoria, la inmediatez, la búsqueda y su encuentro o la inmensa capacidad de sensibilizar a favor de causas que merecen la atención.
Pero igualmente ha creado un cómputo inabarcable de aquello que Sherry Turkle ha llamado “soledades acompañadas”. Los niños edad creciente ya no juegan igual que antes, ni mucho menos los jóvenes se relacionan como antaño con los demás o con las fuentes de conocimiento. En no pocos casos se llega al desmán o la pérdida de valores que, por mucho que avance con velocidad la vida, siguen siendo esenciales.
Este modesto escrito no es un reproche a la incuestionable existencia que suponen los avances tecnológicos y su aprovechamiento. Por el contrario, desde el sencillo acceso y uso al que se le dedica, por parte de a quienes les corresponde, seguro, que ímprobos esfuerzos para la facilidad y simplicidad razonables, es bueno y necesario subirse a bordo. Pero sí, igualmente, que la vertiginosidad de la vida digital no va muy de acorde con la cadencia y necesidades que lastran a una generación que creció y se formó de manera analógica.
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