La sucesión de incendios que vienen registrándose en nuestra ciudad durante los últimos días ha dejado de ser una suma de incidentes aislados para convertirse en un motivo de preocupación que exige respuestas firmes e inmediatas. El último episodio, acaecido en la madrugada del sábado al domingo en el monumento a los pescadores ha causado graves daños en una estructura emblemática, restaurada hace apenas un año.
Este incendio ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que trasciende los desperfectos materiales: la seguridad de los espacios públicos y de quienes trabajan para protegerlos.
El monumento a los pescadores forma parte de la memoria colectiva de la ciudad. Representa a generaciones que encontraron en el mar su forma de vida en una flota que ya no existe y constituye un elemento característico del paisaje urbano melillense. Un daño al patrimonio y a la memoria. ¿Es que acaso la ciudadanía debe resignarse a ver cómo se deterioran espacios comunes como algo normal?
Informar no es señalar. Y es que no puede pasarse por alto que el monumento estaba siendo utilizado por menores no acompañados como lugar para dormir.
No obstante, la prudencia es fundamental. La Policía Local mantiene abierta la investigación y ha puesto los hechos en conocimiento de la Policía Nacional y de la autoridad judicial. Por ahora, no hay datos que permitan confirmar quién provocó el incendio ni establecer una relación directa con otros fuegos.
Pero la cautela no debe confundirse con la inacción. A lo largo de las últimas jornadas se han venido registrando en distintos puntos de la periferia incendios de contenedores y vehículos, algunos acompañados de ataques a bomberos y agentes de la Policía Local. Que quienes acuden a extinguir las llamas tengan que afrontar agresiones añade gravedad a una situación que compromete tanto la seguridad ciudadana como la capacidad de respuesta de los servicios de emergencia.
Las investigaciones deben avanzar, los responsables han de responder ante la justicia y las administraciones deben coordinarse para prevenir nuevos episodios y proteger a los profesionales.
Melilla no puede normalizar que ardan sus calles, que se ataque a quienes acuden a ayudar o que su patrimonio quede reducido a cenizas. La respuesta debe ser firme y proporcional.
La ciudadanía melillense necesita recuperar la tranquilidad y tener la certeza de que estos hechos no quedarán impunes.
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