Cultura y Tradiciones

Una década de teatro, tres clásicos entremeses del Siglo de Oro y una última función de Microteatro

IV Recinto cierra el ciclo del Hospital del Rey con tres piezas del Siglo de Oro, la celebración de un aniversario y una historia que demuestra que el escenario no entiende de etiquetas

El patio interior del Hospital del Rey volverá a transformarse esta semana en escenario para despedir la décima edición del ciclo de Microteatro Hospital del Rey. En este espacio, alejado del formato de una sala convencional, las compañías construyen cada propuesta a partir de la propia arquitectura del edificio y de la cercanía con los espectadores. IV Recinto será la encargada de poner el punto final a esta edición con tres piezas breves del teatro clásico español: "La tierra de Jauja" y "Las aceitunas", de Lope de Rueda, y "La cueva de Salamanca", de Miguel de Cervantes. Las funciones serán jueves, viernes y sábado, a las 21.30 horas.

La elección de estos textos devuelve al patio el espíritu de los entremeses, pequeñas piezas teatrales concebidas para entretener y provocar la risa entre los actos de obras de mayor duración durante el Siglo de Oro. En ellas cabían personajes populares, situaciones reconocibles, engaños, disputas, picardía y una mirada burlona sobre las costumbres de la época. Su brevedad no les resta intensidad: al contrario, concentra la acción y deja que el conflicto avance rápidamente hasta el desenlace. IV Recinto recupera ese carácter directo con tres historias muy diferentes entre sí, pero unidas por el humor y por una forma de mirar las contradicciones humanas que todavía resultan cercanas.

"La tierra de Jauja" lleva a escena el sueño de una vida sin esfuerzo y de un lugar donde la abundancia parece estar al alcance de cualquiera; "Las aceitunas" convierte una venta que todavía no puede realizarse en motivo de una disparatada disputa familiar, mientras "La cueva de Salamanca" se adentra en los equívocos, los engaños y las apariencias. Tres piezas breves en las que el teatro popular del Siglo de Oro encuentra situaciones que, cuatro siglos después, siguen ofreciendo espacio para la risa.

Para Paco Casaña, director de la compañía, regresar al Hospital del Rey tiene además el valor añadido de hacerlo cuando IV Recinto cumple diez años. Una década en la que el escenario ha sido solo una parte de la historia: también están los ensayos, los cambios de última hora, los estrenos y esa incertidumbre que acompaña siempre a quienes viven el teatro desde dentro. "Diez años haciendo teatro parecen muchos; aunque, cuando uno los ha pasado entre ensayos, estrenos, nervios, risas, decorados que no llegan, textos que alguna vez se olvidan y actores que preguntan cinco minutos antes de salir: 'Director, ¿por dónde entro?', la verdad es que se pasan volando".

Ese recorrido no ha hecho desaparecer los nervios ni la necesidad de volver a empezar en cada montaje. Al contrario, Casaña reivindica precisamente esa inquietud como parte inseparable del oficio. "Después de diez años, seguimos teniendo nervios antes de levantar el telón. Seguimos discutiendo en los ensayos. Seguimos riéndonos. Seguimos emocionándonos". Y, sobre todo, añade, "seguimos teniendo ganas de jugar a este juego maravilloso que llamamos teatro".

La celebración se apoya en autores que, pese a la distancia temporal, no resultan tan lejanos cuando sus personajes pisan el escenario. Casaña lo resume con una de sus habituales salidas de humor: "Pues mire usted, nosotros vamos al Festival de Teatro Hospital del Rey con tres señores que tienen un pequeño inconveniente: ¡llevan cuatrocientos años muertos! Pero siguen teniendo bastante más gracia que muchos de los que estamos vivos". "Hay maridos engañados, pícaros que saben latín cuando les conviene, una familia que se pelea por vender unas aceitunas que todavía no han nacido y unos pobres hambrientos que descubren un país maravilloso donde se come sin pagar", cuenta Casaña, que incluso imagina una posible solución para ese último problema: "¡Si encontramos la dirección de Jauja, después de la función organizamos un autobús!"

Pero la vigencia de estos textos no está únicamente en su capacidad para provocar la risa. Para el director, lo interesante aparece cuando el público reconoce en esos personajes comportamientos que siguen formando parte de la vida cotidiana. "Son textos escritos hace siglos y, sin embargo, cuando los representamos descubrimos que seguimos siendo exactamente los mismos." La conclusión llega con la ironía que atraviesa su mirada sobre el repertorio: "Cuatrocientos años de evolución, pero tampoco hay que exagerar".

Junto a los clásicos, esta última función incorpora una historia que ha dejado una huella especial en la compañía. Un hombre marroquí que vive en situación de indigencia se ha incorporado al proyecto después de que IV Recinto descubriera en él una capacidad para la interpretación que hasta entonces no había tenido oportunidad de mostrar. Su participación supone para Casaña una de las experiencias más hermosas que le ha proporcionado el teatro durante estos diez años.

"Porque cuando alguien vive en la calle, muchas veces dejamos de preguntarnos quién es, qué sabe hacer, qué sueños tuvo o qué lleva dentro", explica. En el escenario, esas etiquetas dejan de ocupar el centro. "El teatro no debería preguntar de dónde vienes, cuánto dinero tienes, cuál es tu nacionalidad o dónde duermes. El teatro pregunta simplemente: '¿Tienes algo que contar? Pues sube y cuéntalo'."

El intérprete participará con un fragmento de "Peribáñez y el comendador de Ocaña", de Lope de Vega, sumando su voz a una noche dedicada al teatro clásico y convirtiendo su presencia en una parte más del montaje. La elección del fragmento enlaza además con el repertorio del Siglo de Oro que vertebra la propuesta de IV Recinto.

Así, diez años después de comenzar el camino, la compañía llega al final de esta edición con quince actores y actrices y una propuesta que mira hacia los clásicos sin tratarlos como piezas de museo. Hay humor, personajes reconocibles y situaciones escritas hace siglos, pero también una voluntad de que el escenario siga siendo un lugar donde cualquiera pueda encontrar un espacio para contar, interpretar y ser escuchado.

Casaña espera que el resultado vaya más allá de la función. "Y si al terminar conseguimos que el público haya reído, se haya emocionado y haya mirado durante unos minutos el mundo con unos ojos un poquito más humanos, nos iremos felices". Después de una década dedicada al teatro, su última reflexión resume el sentido de la celebración: "Porque después de diez años hemos aprendido algo muy sencillo: el teatro comienza cuando se abre el telón, pero el buen teatro continúa dentro de uno cuando el telón ya se ha cerrado".

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