La Feria, como es habitual, continúa también más allá del recinto ferial. La celebración no se queda únicamente entre las casetas, las luces y las atracciones, sino que se extiende por los alrededores y encuentra su reflejo en los comercios y restaurantes, que durante estos días ambientan sus espacios y se suman al bullicio de la fiesta. Basta con alejarse unos metros para descubrir que todavía queda mucho por recorrer.
Detrás de la explanada, una vez atravesadas las casetas y las atracciones, comienza otro de los recorridos habituales de estas tardes de Feria. A ambos lados de la carretera se suceden los puestos formando un largo camino comercial que invita a caminar sin demasiada prisa. Es un espacio diferente al del recinto, aunque comparte con él buena parte de su esencia. Aquí no hay que buscar una atracción concreta ni acudir a una caseta determinada. Basta con dejarse llevar, avanzar entre la gente y mirar.
Los puestos aparecen uno tras otro y convierten el paseo en una sucesión de colores, estampados y objetos. Los tejidos se mezclan con los abanicos, las faldas con los mantones, los colgantes con los juguetes y los complementos con toda clase de recuerdos. Hay quien camina mirando de lejos y quien se detiene ante cada puesto, pregunta por un precio, toca una tela o levanta un bolso para comprobar su tamaño. Otros simplemente observan, quizá buscando ese pequeño objeto que no tenían previsto comprar, pero que termina llamando su atención.
Los abanicos ocupan buena parte de este paisaje. Colgados y expuestos de diferentes formas, muestran que también pueden convertirse en pequeños lienzos. Los hay de lunares, con figuras de flamencas, con flores o con paisajes que parecen sacados de una postal. Algunos incorporan referencias a Frida Kahlo y otros juegan con dibujos y estampados más coloridos. Cada uno parece contar algo distinto. Al pasar junto a ellos, los colores se acumulan y forman una especie de mosaico que cambia a medida que avanza la tarde y la luz comienza a caer.
También están las flores, presentes en vestidos, faldas, mantones y diferentes complementos. Aparecen estampadas en colores vivos, combinadas entre sí o formando dibujos que recuerdan a los trajes más tradicionales de estas fiestas. Los mantones, con sus flecos y adornos, cuelgan de los puestos esperando a que alguien se detenga frente a ellos. Junto a estos, pañuelos y pashminas aportan movimiento a las telas cuando una ráfaga de aire las hace balancearse ligeramente.
Pero el recorrido no se limita a la indumentaria. Entre un puesto y otro aparecen colgantes, pequeños complementos, bolsos y camisetas. Algunas tienen un aire especialmente veraniego, con texturas y colores propios de estas fechas, mientras que otras buscan un público diferente y lucen los nombres o las imágenes de conocidos grupos de música rock. El visitante puede pasar de un puesto dedicado a la Feria a otro que parece transportarle a un concierto, y de ahí regresar de nuevo a los lunares, las flores y los mantones.
Para los más pequeños también hay espacio. Los juguetes aparecen entre la mercancía y despiertan la curiosidad de quienes recorren el paseo en familia. Junto a ellos se encuentran figuras de personajes conocidos, algunas con apariencia casi de colección, como las relacionadas con series y universos tan reconocibles como Dragon Ball. Los niños se detienen, señalan y preguntan, mientras los mayores continúan avanzando unos metros más, intentando convencerles de que todavía queda mucho por ver.
Y en medio de todo ello aparece también la comida. Los olores cambian a medida que se avanza por la carretera. El dulce de los buñuelos y los churros se mezcla con otros aromas más propios de la comida rápida -perritos calientes, patatas asadas-. También hay pizzas y diferentes propuestas para quienes prefieren hacer una parada y recuperar fuerzas antes de continuar el paseo. El camino, de alguna manera, permite que cada visitante encuentre su propio ritmo.
Una de las escenas más habituales se produce al caer la tarde, cuando el calor comienza poco a poco a suavizarse y aumenta el número de personas que se acercan hasta los puestos. Familias, grupos de amigos y visitantes que llegan desde el recinto ferial se mezclan en el mismo recorrido. Algunos llevan bolsas en las manos; otros regresan con algún juguete para los niños o con un nuevo complemento que guardar para los días de Feria.
El paseo puede durar unos minutos o alargarse mucho más de lo previsto. Porque aquí también forma parte de la experiencia detenerse. Acercarse a un puesto, tocar un tejido, mirar un abanico, comparar dos estampados o descubrir una camiseta que no se había visto antes. A veces, incluso, basta con caminar sin intención de comprar para disfrutar del ambiente.
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