Laila Mesaud en el local cedido del Mercado Central, durante la entrega de bolsas para las familias. -AGC-
Durante todo el fin de semana, un pequeño local cedido por la administración en el Mercado Central se ha transformado en un espacio de encuentro para decenas de familias de Melilla. Tras la puerta, Laila Mesaud —educadora infantil e integrante del tejido colaborativo de la asociación ADA— recibe a quienes acuden a recoger las bolsas preparadas para sus hijos, junto a sus compañeras y ayudantes. Dentro hay ropa y calzado nuevo y un detalle que evidencia la sensibilidad con la que las coordinadoras del proyecto trabajan: una pequeña tarjeta dedicada. Para muchas de estas familias, ese gesto aparentemente cotidiano tiene un significado que va más allá de estrenar una prenda en una fecha señalada.
La entrega es el resultado de varias semanas de trabajo organizativo que ha implicado llamadas, gestión de donaciones y compras realizadas con especial cuidado. Lo que comenzó como una iniciativa modesta, que el pasado domingo contaba con 53 niños pertenecientes a 20 familias registradas, terminó ampliándose de forma considerable a lo largo de los días. El contacto con distintas entidades sociales de la ciudad y el propio efecto de llamada entre familias que atraviesan situaciones de dificultad hicieron que el número creciera hasta alcanzar finalmente 120 niños y niñas de 47 familias durante este fin de semana.
Aunque este domingo estaba previsto como último día de entrega, tras dos jornadas en las que las familias han ido pasando por el local para recoger las bolsas preparadas para cada menor; la asociación mantendrá su actividad hasta el próximo miércoles gracias a nuevas donaciones que permitirán abastecer a familias que no llegaron a registrarse antes del pasado jueves.
Cada entrega está organizada previamente con prendas y zapatos ajustados a las tallas concretas de los niños inscritos. La planificación, explican desde la asociación, ha requerido un trabajo detallado de recogida de información y organización de las compras. “Yo necesitaba datos de personas porque quería ser justa en el reparto, no dárselo a cualquiera sino realmente a quien lo necesitaba”, detalla Mesaud al recordar el proceso previo de coordinación con otras entidades.
Ese trabajo en red ha sido una de las claves del proyecto. Diversas asociaciones de la ciudad trasladaron a ADA información sobre familias con escasos recursos, permitiendo identificar situaciones concretas y orientar el reparto de manera más precisa. De este modo, las compras no se realizaron de forma generalizada, sino atendiendo a las necesidades específicas de cada niño o niña.
En ese proceso también se ha ido revelando una realidad social que con frecuencia permanece fuera de la mirada pública, pues algunas de las familias derivadas viven en contextos especialmente frágiles, marcados por la precariedad económica o por situaciones administrativas complejas que dificultan su acceso a determinados recursos. “Hay personas que viven entre nosotros en condiciones muy difíciles”, señala Mesaud.
La campaña ha sido posible también gracias a la respuesta solidaria de la ciudadanía. Vecinos y vecinas realizaron donaciones económicas que permitieron ampliar el alcance de la iniciativa y cubrir a más familias de las previstas inicialmente. A esas aportaciones se sumaron también algunos comercios de la ciudad. Entre ellos, una empresa local, La Casa del Zapato, colaboró con la donación de cerca de 60 pares de zapatos, que pasaron a formar parte de las bolsas preparadas para los menores.
Mesaud reconoce que el proyecto comenzó con cierta incertidumbre. “Nos tiramos un poco a la piscina porque era algo nuevo y no sabíamos realmente si iba a funcionar”, recuerda. Sin embargo, a medida que avanzaban los días, las donaciones y los apoyos fueron llegando de forma espontánea, permitiendo que la iniciativa creciera más de lo previsto. Recordando iniciativas llevadas a cabo anteriormente, como la recogida de material escolar.
El momento de la entrega es, sin embargo, el más significativo para las voluntarias de la asociación. Las familias llegan al local, conversan unos minutos y se llevan las bolsas preparadas para sus hijos. En ese intercambio aparecen también las historias que atraviesan a muchas de ellas. Para ADA, ese contacto directo forma parte del sentido de su trabajo. La asociación mantiene durante todo el año talleres y actividades infantiles que buscan ofrecer a los niños del Rastro espacios de encuentro, aprendizaje y ocio saludable.
En esos espacios, explican, también se hace visible la realidad cotidiana de muchas familias. Por eso, iniciativas como esta campaña de ropa no se entienden únicamente como una acción puntual. Forman parte de una manera de acompañar a la infancia que tiene en cuenta no solo la dimensión educativa, sino también las condiciones materiales en las que crecen muchos de esos niños y niñas. Este enfoque, esta forma de hacer y de involucrarse, recibe respuestas de familias que acaban participando en el proyecto de forma espontánea, otorgando valor al apoyo mutuo vecinal y facilitando el trabajo a las voluntarias implicadas en la asociación.
De cara al futuro, la asociación aspira a consolidar este tipo de iniciativas en el tiempo. Entre las ideas que plantean figura la necesidad de contar con un espacio estable donde puedan mantenerse tanto los talleres infantiles como nuevas iniciativas comunitarias vinculadas a la infancia. La intención es que ese lugar no solo funcione como punto de encuentro para las actividades educativas que ya desarrolla la asociación, sino también como un espacio permanente de donación e intercambio responsable de artículos infantiles, donde las familias puedan aportar ropa, material o equipamiento que ya no utilizan y otras puedan acceder a ellos cuando lo necesiten.
Durante estos días de entrega, esa necesidad ha comenzado también a resonar entre las propias familias del entorno. Algunas han expresado su deseo de que el proyecto pueda consolidarse en el barrio y han planteado incluso la posibilidad de movilizarse para lograr un espacio estable para la asociación. “Queremos una asociación para nosotros, para nuestros niños, para estar con ellos, para que nuestros niños puedan ir a hacer su tarea, puedan jugar”, explica Mesaud.
Para quienes participan en el proyecto, de forma altruista, disponer de un lugar así supondría no solo mejorar la organización de las iniciativas solidarias, sino también crear un punto de referencia para la infancia y las familias del entorno. Un espacio seguro donde los más pequeños puedan encontrarse, aprender y jugar, y donde el tejido comunitario que se ha tejido en torno a iniciativas como esta pueda seguir creciendo.
Mientras tanto, el pequeño local del Mercado Central continúa abriendo sus puertas para las últimas entregas. Entre bolsas cuidadosamente preparadas y el ir y venir de familias, la asociación vuelve a poner rostro a una realidad social que a menudo permanece invisibilizada: la de muchos niños y niñas de Melilla que crecen en contextos de dificultad, pero también rodeados de una red de solidaridad que trata de acompañarlos.
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