Tres mujeres ceramistas moldean una alternativa artesanal en Melilla

El taller de cerámica de Mil Cien Grados abre sus puertas a propuestas creativas, comunitarias y sociales en beneficio de la ciudadanía desde un enfoque experimental

Entre las naves del Real de Melilla, hay una puerta especial; el número 22 de la Calle Violeta. Tras esa chapa azul, nadie espera encontrar un entorno tan embriagador y acogedor entre sonidos de transporte de mercancías, almacenes y talleres. Sus estanterías están repletas de piezas únicas hechas de barro. Barro gris sin pintar ni cocer, pero con formas suculentas donde puedes apreciar la originalidad de cada pieza y la expresividad de la artista que la ha moldeado. También, piezas utilitarias cerámicas repletas de color y mensajes que han finalizado el proceso de moldeado, pigmentación, secado, cocción y esmaltado, llegando a convertirse en una obra única y distinguida.Tazas, jarras, llaveros, platos, bandejas y otros productos de la vida cotidiana, en los que se observan diferentes técnicas decorativas y la intimidad que cada participante ha dejado plasmada en su obra. Un pequeño espacio que invita a observar con atención cada detalle y te traslada a un tiempo en el que la actividad manual y la arcilla formaban parte de las prácticas habituales del ser humano, pero con toques de diseño como si de un museo se tratase.

Al traspasar esa puerta de chapa azul, nos adentramos en un submundo creativo y manufacturero cuyo horno calienta a Mil Cien Grados. Por este taller, cada semana pasan diferentes personas residentes de la ciudad para encontrar un tiempo de desconexión y desubicación. Y es que en este taller el tiempo se para, y no sólo porque el reloj que está colgado en la pared no funcione a pesar de los intentos de ponerlo en marcha, sino que el tiempo en este entorno funciona de una forma diferente. El trabajo de gestación de una pieza, el horno, la meteorología y las emociones marcan los minutos y las horas, y no al revés. “Aquí hay un agujero negro, hemos abierto una brecha” apunta Rocío, una de las propietarias del taller, refiriéndose al transcurso de las horas, minutos y segundos y la conceptualización del paso del tiempo cuando una persona disfruta de lo está haciendo. “Una forma de rebelarse contra un sistema que te impone una inmediatez”, porque, aunque nuestra vida esté sincronizada con un minutero, el trabajo artesanal con el barro es más lento de lo que podamos imaginar cualquier persona ajena al proceso de elaboración.

Desarrollo de una pieza

La cerámica no es una práctica contemporánea, es “una de las manifestaciones artesanales e industriales más antiguas y características de la especie humana” tal como apunta el Museo Arqueológico Nacional. “Ha estado con el ser humano desde el principio de la civilización y en culturas súper distintas”, sostiene Rocío. Aunque haya variedad en el sustrato que conforman los objetos, en los métodos de cocción o en las herramientas empleadas, podemos observar piezas de diferentes etapas históricas en distintas partes del mundo, cada una con su sello particular. En la actualidad, el barro está presente en nuestro día a día, aunque a veces no nos demos cuenta. “Es un mundo amplio del que estamos desconectados”, señala Mariam, otra de las propietarias del taller. Son los azulejos de la cocina, los váteres de nuestro baño, los jarrones decorativos que dan color a nuestros hogares. Su composición está formada por tierra, sílice y feldespato. Sin embargo, aunque los elementos orgánicos sean los mismos, la cantidad de estos minerales, la temperatura de cocción y los esmaltes que precisen, nos ofrecerán un tipo u otro de acabado y funcionalidad -gres, porcelana, barro de alta temperatura o media temperatura-. El sílice aporta endurecimiento a la pieza; la arena, porosidad. Según su cantidad obtendremos mayor resistencia o mejor capacidad para adherir otros materiales como es el caso del ladrillo.

Algunos ceramistas de las sierras fabrican su propio barro. Sin embargo, Melilla no cuenta con cantera propia de producción de arcilla, por lo que aunque las propietarias, Mariam y Rocío, puedan recolectar algunos días lluviosos al año un poco de barro en la ciudad, dependen del abastecimiento externo para llevar a cabo sus propias colecciones y la realización de talleres abiertos al público. El proceso empieza con la llegada de paquetes de barro, de color gris y otros pigmentados, que disponen al fondo de la nave, tras una cortina situada en la parte trasera de un sofá. Una especie de trastienda, donde se encuentra la materia prima, el horno de cocción y los moldes que utilizan para dar forma a las distintas piezas. Después llega el momento creativo, se corta la arcilla y se empieza a trabajar. Cada persona con su estilo, sus referentes y su trabajo previo e inspiraciones, pero las técnicas para crear las piezas -pellizco, churro o plancha-, son siempre las mismas sin importar la parte del mundo en la que estés, según nos explican ambas propietarias.

A partir del modelado, se disponen los elementos decorativos que aportan el carácter singular a cada pieza. Es el momento en el que cada artesano deja volar su imaginación. Cuando se trata de crear, hay espacio para todo. Rocío por ejemplo, conecta diferentes expresiones artísticas que posteriormente traslada a bocetos previos para, a continuación, plasmarlos en el barro. Mariam, por su parte, prefiere dejar los sentidos abiertos y nutrirse de la inspiración de su día a día. En cuanto a los participantes de los talleres, cada uno incorpora al barro su mundo interior, sus gustos o sus réplicas de los paneles de Pinterest. Una vez finalizada la obra, los botes de esmalte se abren y el horno se enciende, es el trabajo de fondo de las ceramistas. Ellas acompañan, enseñan y experimentan, buscando siempre que el proceso sea lo más técnico posible para evitar futuros problemas que afecten a la usabilidad de la pieza.

El desarrollo para obtener una pieza es semejante a la “alquimia”, sostiene Mariam, pues a partir de un elemento blando, que amasas y moldeas, para posteriormente introducir en el horno, logras variar su estado. “Gracias al calor, estamos dándole unas propiedades a un material que antes no tenía, provocando el cambio en la composición química del estado de la materia prima”, añade la ceramista. Esta fase de cocción es la que modifica completamente la percepción del tiempo y el valor del trabajo de las talleristas y creadoras. Para completar la elaboración, el barro de temperatura media que utilizan en el taller, necesita dos sesiones de 12 horas de cocción, a una temperatura de 1.100 grados, así como 24 horas de enfriamiento. Es decir, “en total unas 60 u 80 horas solo el proceso del horno”, apunta Mariam. Tras ello, el objeto estará listo para su uso práctico o decorativo.

Del salón al taller

El inicio de este proyecto comienza en la etapa pospandemia. Dentro del salón de su hogar, Mariam recibía y colocaba los utensilios que su hermana Sajara, especializada en bellas artes y ceramista, iba enviándole desde su taller en Bañola. Poco a poco, Mariam descubriría la práctica mediante videotutoriales y las enseñanzas de su hermana que, desde la distancia, le trasladaba. Del juego de la experimentación, de la insistencia en base a la práctica de prueba y error, pronto su habilidad adquirida se convirtió en profesión. Era 2022 y Sajara decidió trasladarse por un tiempo a Melilla para hacer realidad el proyecto junto a Mariam y a Rocío. Tres mujeres que encontraron, en un vacío de actividad artesanal en la ciudad, una oportunidad para contribuir al ocio artístico de los habitantes melillenses. Un pasatiempo y habilidad manual que comparten muchos otros vecinos y vecinas, pues aunque su proyecto como taller ceramista es original en la ciudad, ambas se sorprenden cuando en sus participaciones en espacios públicos, aparecen ciudadanos que también practican esta artesanía desde el espacio íntimo de su hogar. “El objetivo del taller también es reunir a esas personas”, sostiene Mariam, crear una comunidad artística donde “podamos retroalimentarnos, nutriéndonos de todo el conocimiento que hay en Melilla a través de la cerámica”, resalta.

Marca de identidad

Aunque la actividad de su taller propone diferentes cursos y talleres monográficos privados en los que se enseña a los participantes la técnica de la práctica cerámica, las propietarias apuntan más lejos. Ellas trabajan sus propias piezas y gestionan encargos, pero dentro de sus anhelos en su percepción de la aportación que puede tener su taller en esta ciudad, ambas apuestan por la generación de una marca de identidad de Melilla sostenida en el barro. Una carrera de fondo para lograr plasmar visualmente elementos artísticos y culturales de la urbe en pedazos de arcilla a través de la enseñanza mutua y el trabajo colectivo. “El objetivo es crear una denominación de origen cerámica en Melilla que, a día de hoy, no existe, fusionando la mezcla cultural de la ciudad”, expresa Mariam. Una propuesta que precisa de un intenso trabajo de campo, estudio de estilos y redes asociativas que rescaten influencias del pasado y aporten formas de comunicación del presente, dando como resultado una imagen o estilo visual con personalidad propia que nazca desde el interior de la sociedad melillense y se convierta en un elemento distintivo de la ciudad.

Aunque esta intencionalidad requiere tiempo, las talleristas están dispuestas “a dejar huella a través de la cerámica”. Y es que, dentro del mundo globalizado, la singularidad tiene cabida. Una forma de resaltar las particularidades existentes de las sociedades en convivencia, a través del trabajo colectivo, de los resortes culturales heredados y de las influencias artísticas e históricas que se asientan en lugares como Melilla. La cerámica integra un “componente de acompañamiento, ritualístico, y está muy ligada a la tierra y el discurso de la identidad”, sostiene Rocío. Es así, como observamos el potencial que pueda ofrecer una plancha de barro, la cual quebranta la mera utilidad y nos ofrece un soporte que nos ayuda a dialogar, recuperar, expresar, resignificar y sintetizar mensajes o imaginarios.

Contribución psicosocial

La conexión entre el barro y los seres humanos ha ido evolucionando desde la necesidad humana de almacenaje hasta utilidades más sofisticadas y la decoración. En el taller de Mil Cien Grados se aprecia el uso cotidiano de los productos, pero el aporte se extiende más allá de la mera utilidad. En un mundo acelerado e hiperconsumista en el que vivimos, de repente, las mentes divagan en un diálogo con sus piezas y conectamos con el niño o la niña que llevamos dentro desde la experimentación, la creatividad y la potencialidad de la imaginación. Se trata casi de una terapia realizada a partir de la manipulación del barro y la expresividad. “La cerámica es una forma de meditar sin realmente darte cuenta, lo que te permite evadirte completamente del mundo, quedándote tú con el barro”, asegura Mariam. Con ella intensificamos el “desarrollo motriz”, apunta Rocío, y “activamos zonas del cerebro que normalmente no están activas”, resalta Mariam. Y es que el trabajo con las manos y las prácticas artísticas, en general, involucran a los cinco sentidos en la realización de una misma actividad.

Ante estos beneficios y el interés de las propietarias por la participación social, estas tres ceramistas han puesto en marcha la Asociación de Ceramistas de Melilla con la que buscan devolver a personas de colectivos vulnerables “autoestima, confianza y ocio saludable”. La cerámica tiene “un poder reconstructivo”, con ella “te das cuenta de que puedes construir cosas, que puedes hacer cosas sólo con tus manos”, recalca Mariam. Además, obtienes un resultado tangible que permite el recuerdo de la experiencia, el cual “toma valor con el tiempo”, asegura Rocío.

Con este proyecto en marcha, Mariam, Sajara y Rocío componen una agenda de trabajo con entidades locales como la Asociación Amazigh de Melilla, con la cual realizarán un mural con 20 mujeres que estará expuesto en el Rastro.

Retos

Mariam y Rocío continúan con su pequeño nido, construido a base de constancia y resistencia, aunque los desafíos que tienen por delante implican una lucha por subsistir, pues no son ajenas a las dificultades que afectan a los empresarios en Melilla: alquiler, gastos de mercancía, impuestos. En estas circunstancias “los talleres privados no dan para vivir dignamente”, asegura Mariam. Señalan que en Melilla, además de los jóvenes estudiantes de la Escuela de Artes Miguel Marmolejo, no existe un target específico como el de otras ciudades que tienen estudios superiores de Bellas Artes y hacen uso de talleres como el suyo para lograr sus colecciones o trabajos personales. Algo que repercute en la posibilidad de un cliente potencial con cierta continuidad.

Su propuesta tiene muy buena acogida e interés entre el público general pero, en la práctica, “no todo el mundo puede permitirse económicamente asistir al taller, o prefieren utilizar su presupuesto en otro tipo de ocio”. En este sentido, es la sociedad ceramista la que ofrece a determinados colectivos sociales la oportunidad de acceder a este tipo de actividades artesanales. Una forma de facilitar que los beneficios y aportes del trabajo manual lleguen a un segmento más amplio de la población. Pues la implicación de las propietarias no es sólo con la cerámica, sino con la sociedad y con la tierra a la que están ligadas.

Llevan tres años en pié y, aunque perciben que quedan más por caminar y algunas adversidades por enfrentar, confían en que su esfuerzo actual y su presencia en los espacios públicos lograrán “cambiar el paradigma y la percepción social” haciéndoles más visibles y necesarias. Ellas apuestan por instaurar una opción creativa dentro de la ciudad e instan a instituciones y otras organizaciones asentadas en Melilla para que conciban su proyecto como un modelo funcional que puede “cubrir necesidades de ancianos, niños, centros de menores, cárceles, intergeneracional, en definitiva, proyectos que aporten a la ciudad en su conjunto”.

Si los resortes artesanales y artísticos de la ciudad se apagan, una parte de la ciudadanía verá mermado su bienestar, otra parte perderá un referente de ocio saludable y la ciudad no verá revitalizada la dinamización del espacio artístico cultural con intervenciones concretas de grupos emprendedores que apuestan por un sector que transgrede lo mercantil. Mariam, Sajara y Rocío siguen trabajando e insistiendo, tratando de llamar a puertas de consejerías y creando redes con otras asociaciones y organizaciones, esperando que una propuesta como la suya sea “un poquito más observada, porque somos las únicas que podemos ofrecer ahora mismo un espacio y una actividad diferente”.

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