Sociedad

Todos apóstoles, todos discípulos misioneros

En este domingo y en los dos siguientes, la liturgia se centra en el discurso misionero, el segundo discurso de Jesús de los cinco en los que Mateo estructura su evangelio, a modo de nuevo Pentateuco.

La Iglesia de Mateo se vive así en continuidad con la tarea de Jesús que está vivo y presente en la comunidad. Es una Iglesia misionera, “en salida”, diría el Papa Francisco: ‘Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por salir a las calles, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades’ (EG 49).

Jesús se dirige a todos y cada uno de sus discípulos hoy, porque la Iglesia entera es misionera por naturaleza.

En este Domingo podemos escuchar de labios de Jesús: la llamada y el envío, la tarea encomendada, la finalidad y la motivación, y como apéndice la gratuidad.

  • La llamada y el envío: “llamó a sus discípulos y les dio autoridad para…”

El Señor llama a cada uno por su nombre, es una vocación personal. Pero también es una con-vocación, es decir, llama junto a otros, en comunidad, de dos en dos, de manera que seamos testigos de lo que hemos escuchado decir y visto hacer a Jesús.  Sin esta experiencia de encuentro y seguimiento de Jesús no es posible ser testigo ni sentirse enviado. En los doce, grupo simbólico, estamos representado todos y todas. Ellos hacen presente el pueblo reunido que surge de la nueva alianza. Podemos añadir a la lista de los doce el nombre de cada uno. Porque toda la Iglesia es apostólica, enviada. Toda ella ha recibido la potestad y la autoridad para expulsar demonios, curar enfermedades y dolencia.

Esta elección, vocación, no es para sentirnos exclusivos, ni para vanagloria, sino para sabernos propiedad del Señor, a su servicio. La llamada y el envío es para servir, es una responsabilidad, es decir nos pide una respuesta acorde a la tarea confiada. En esta vocación, el Señor no elige a los más capaces, sino que capacita a los que elige.

- La tarea que Jesús confía es la misma que él lleva a cabo: “proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios”.

En el Sermón del monte Jesús ha proclamado el mensaje del Reino, el centro de su pasión, y después ha plasmado ese mensaje en las obras y signos liberadores que devuelven la dignidad a las personas. Porque la presencia del Reino libera y dignifica. Esta es la tarea de la Iglesia realizada de palabra y obras. El Papa León XIV en su visita a España, en su discurso en el congreso y en mucho otros momentos ha hecho hincapié en la dignidad inviolable de la persona humana, donde se construye toda sociedad auténticamente justa y que precede a toda concesión del Estado. Y fundamenta el bien común, en cierto modo, como “la forma social de la dignidad humana”. Así también ha expresado en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria): “Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso”. Cada uno de nosotros estamos llamados a realizar las mismas obras que reflejan el consuelo y la liberación de toda mal que acecha sobre el hombre y la mujer de hoy.

  • La finalidad de la misión es el pueblo, la muchedumbre que pasa calamidad, que se siente excluida, extenuada, abandonada, o caminan maltrechos, en soledad, sin sentido en la vida. Y la motivación no es otra que la misma que Jesús: La compasión que lleva a plasmar el amor del Padre en obras de misericordia. Como diría San Vicente de Paúl a hacer efectivo el amor afectivo.

Toda esta tarea solo se puede llevar a cabo desde la gratuidad de reconocer que todo es don de Dios, fruto de la compasión de Jesús, donde hemos sido reconciliados por pura gracia, sin mérito nuestro. Por eso, ningún servicio puede buscar otros intereses, ni lucrativos, ni de poder, ni de abuso, ni de reconocimientos, ni afectivos, etc. Esta dimensión de la gratuidad es la que nos sitúa en el ámbito del Reino y la que posibilita ser testigos creíbles.

Pidamos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies, y que nos haga disponibles para responder en gratuidad a su llamada para anunciar de palabra y obras el Reino de los Cielos.

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