Si paseas por las calles de Melilla, especialmente por el Rastro, el Real o los barrios con más vida de la ciudad autónoma, es imposible no darse cuenta de que la moda aquí tiene un sabor muy especial. No hablo de escaparates ni de marcas de lujo, hablo de ropa que es cultura, historia y tradición.
Los trajes marroquíes que se usan en Melilla no son un disfraz para turistas ni un recuerdo de museo. Son prendas que se llevan a diario, que se lucen en celebraciones y que cuentan historias de identidad, raíces y comunidad.
Vamos a hacer un recorrido por los principales tipos de trajes tradicionales marroquíes que se usan en Melilla y descubrir qué los hace tan especiales y llenos de significado.
Chilaba
Empecemos por la chilaba, la prenda más reconocible y, probablemente, la más usada en el día a día. Si alguna vez has visto una túnica larga con capucha, probablemente estabas viendo una chilaba. Hombres y mujeres la llevan por igual, aunque los colores y los tejidos cambian según el género, la edad y la ocasión.
La chilaba, o djellaba como se llama en árabe, tiene un origen profundamente ligado a la historia del Magreb, especialmente a Marruecos y Argelia. Su aparición se remonta varios siglos atrás, probablemente entre los siglos XI y XIII, durante la época de los almorávides y almohades, cuando los pueblos bereberes comenzaron a consolidar un tipo de túnica larga y suelta diseñada para adaptarse al clima y al modo de vida del norte de África.
Para los hombres, la chilaba suele ser sencilla, en colores neutros como gris, marrón o beige. Para las mujeres, en cambio, es un lienzo en el que se pueden lucir tonos vivos: verdes esmeralda, azules intensos, rosas suaves o incluso burdeos.
Lo bonito de la chilaba es que no necesita adornos sofisticados. Su fuerza está en la forma, en la caída de la tela y en lo cómoda que es para moverse por la ciudad. Es práctica, sí, pero también un símbolo de identidad.
Caftán
Si la chilaba es el “traje de diario”, el caftán es el “traje de fiesta”. Aquí es donde la creatividad, el gusto por el detalle y la herencia artesanal se dan la mano. El caftán marroquí suele estar más ajustado, lleno de bordados, pedrería, cintas y detalles que llaman la atención a primera vista.
El caftán marroquí tiene un origen mucho más antiguo y rico que el de la chilaba, con raíces que se remontan a varios siglos y a diferentes culturas del Medio Oriente y el norte de África. La palabra caftán proviene del persa kaftan, que ya en la antigüedad designaba una túnica larga y suelta usada tanto por hombres como por mujeres en Persia, Mesopotamia y Anatolia.
En Marruecos, el caftán se consolidó como prenda femenina entre los siglos XIV y XVI, sobre todo durante el auge de las dinastías meriní y saadí. Se trataba de una túnica más ajustada que la chilaba, con mangas largas y decoraciones que indicaban estatus social y riqueza.
En bodas y celebraciones familiares en Melilla, el caftán es una estrella indiscutible. Las novias, por ejemplo, pueden cambiarse varias veces de caftán durante la velada, cada uno con un color y un estilo distinto, y cada uno contando una historia visual diferente. Bordados dorados, hilos de colores, piedras brillantes y sedas suaves convierten la prenda en algo casi mágico.
Lo curioso es que muchas de estas influencias llegan desde Marruecos, desde ciudades como Fez o Tetuán, famosas por su tradición en el bordado y la confección de caftanes.
Takchita
Si hablamos de sofisticación femenina, no podemos olvidar el takchita. Este traje está compuesto por dos piezas. Una prenda interior más simple y una capa exterior más elaborada, que se ajusta con un cinturón llamado mdamma. Esa superposición crea un efecto elegante y cuidado, que permite jugar con colores, texturas y detalles.
El takchita se ha vuelto especialmente popular entre las mujeres jóvenes de Melilla que quieren mantener la tradición sin renunciar a un toque moderno. Los diseñadores actuales incorporan tejidos ligeros, mangas transparentes, cortes más estilizados y combinaciones de color atrevidas. La tradición se mantiene, pero con un guiño a la moda contemporánea. Es casi como decir “soy parte de mi cultura, pero también del mundo de hoy”.
Jabador
Los hombres también tienen su versión de traje de ceremonia: el jabador. Consta de túnica y pantalón, y suele llevarse en ocasiones formales, bodas o festividades religiosas. Es más estructurado que la chilaba, pero mantiene la comodidad y la identidad cultural. A menudo se confecciona en algodón fino, lino o lana ligera, y puede incorporar bordados discretos en cuello, mangas o parte frontal, dependiendo de la ocasión.
Las babuchas, los bordados sencillos y los colores neutros combinan para crear un look elegante sin perder la esencia de la tradición. El jabador demuestra que la moda masculina marroquí también puede ser sofisticada, pero sin complicarse demasiado.
La mezcla
Lo más interesante de Melilla es cómo conviven todos estos estilos en la misma ciudad. No es raro que en una calle veas a alguien con vaqueros y sudadera, a otra persona con chilaba y a otra con un caftán brillante camino de una boda. No hay conflicto ni choque visual. Hay mezcla, convivencia y respeto por la tradición.
Melilla funciona como un puente entre Europa y Marruecos. Las telas pueden venir de Marruecos o de comercios locales; los bordados combinan técnicas artesanales con acabados modernos; los colores siguen las tendencias de cada temporada. Y todo esto se integra en la vida cotidiana de la ciudad autónoma.
Tradición
A pesar de estar cargados de historia, estos trajes no están anclados en el pasado. Las nuevas generaciones los llevan con orgullo, pero también con creatividad.
En Melilla, los trajes marroquíes son mucho más que ropa. Son historia, identidad, arte y orgullo. Cada chilaba, cada caftán, cada takchita o jabador cuenta una historia. Habla de raíces, de familia, de comunidad y de la capacidad de una ciudad para mezclar culturas sin perder la propia.
Caminar por Melilla es, en cierto modo, pasear por un desfile de tradición que sigue viva. Y si prestas atención, descubrirás que detrás de cada tela hay un pequeño acto de memoria, un guiño a la herencia y una manera de decir sin palabras: “esto es quiénes somos”.