Cedida
Sello cilíndrico neo-asirio con la supuesta imagen de Tiamat
En nuestro recorrido por el hilo dorado hemos seguido las huellas de antiguas representaciones de lo sagrado. Nos hemos detenido en Inanna, que descendió al inframundo y regresó transformada; en Enheduanna, cuya voz quedó inscrita en la arcilla hace más de cuatro mil años; y en Isis, que reunió los fragmentos de Osiris para hacer posible una nueva forma de existencia.
En todos estos relatos aparece una pregunta que acompaña a la humanidad desde sus orígenes ¿Qué sostiene la vida y qué relación mantenemos con aquello que nos trasciende?
Ahora regresamos a Mesopotamia para encontrarnos con una figura primordial: Tiamat.
Su historia nos llega a través del Enuma Elish, el poema babilónico de la creación, compuesto probablemente a finales del segundo milenio antes de nuestra era. Antes de que existieran el cielo y la tierra, estaban las aguas primordiales: Apsu, las aguas dulces, y Tiamat, las aguas saladas. De su unión surgieron las primeras generaciones de dioses.
Tiamat representa ese océano originario del que emerge la vida, una fuerza primordial anterior al mundo tal como lo conocemos. Sin embargo, el relato pronto toma otro rumbo. Los dioses entran en conflicto y Marduk, una divinidad masculina vinculada a Babilonia, acaba asumiendo el protagonismo.
Marduk se enfrenta a Tiamat y consigue derrotarla. Después divide su cuerpo y utiliza sus partes para organizar el cosmos: de una parte forma el cielo y de otra la tierra. El mundo nace así de los restos de una divinidad primordial vencida.
Hay algo profundamente simbólico en esta escena. El cuerpo que representaba las aguas originarias, la fuerza de la que había surgido la vida, se convierte en la materia sobre la que se establece un nuevo orden.
Al contemplar este mito, no puedo evitar pensar en otras antiguas divinidades femeninas y en el motivo del cuerpo fragmentado que encontramos en distintas tradiciones. En la historia de Isis, la búsqueda de los restos de Osiris y su restauración expresaban la continuidad a través de la transformación. En Tiamat encontramos otro movimiento: su cuerpo no es reunido, sino dividido para dar forma a un nuevo universo.
Dos relatos distintos, dos maneras de imaginar la relación entre destrucción y creación.
Esta reflexión me lleva también a la obra La mujer Shakti, de Vicky Noble. La autora propone una lectura feminista de estos mitos y relaciona la fragmentación de las figuras femeninas con la pérdida de centralidad de lo femenino en determinadas tradiciones religiosas y culturales. Su interpretación nos invita a preguntarnos qué lugar ocuparon las mujeres, sus cuerpos y sus formas de autoridad en las sociedades del pasado.
Es una perspectiva sugerente que nos invita a preguntarnos si existió una civilización universal, pacífica y gobernada por mujeres que fue sustituida por sociedades guerreras y patriarcales.
Podemos observar cómo algunos relatos de creación representan la instauración del orden mediante la victoria de un dios masculino sobre una potencia primordial femenina.
A veces pienso que también nosotros vivimos rodeados de fragmentos. Hemos separado el cuerpo de la mente, la razón de la emoción, al ser humano de la naturaleza y nuestra propia existencia de los demás seres. Hemos aprendido a mirar el mundo como algo exterior que podemos dominar, olvidando que formamos parte de aquello que pretendemos controlar.
En mi recorrido personal, el yoga me ha ofrecido otra manera de comprender esta relación. Yoga significa unión. No se trata únicamente de integrar cuerpo y mente, sino de reconocer que nuestra existencia está vinculada a todo lo que vive. La respiración nos lo recuerda constantemente: recibimos y entregamos, inspiramos y espiramos, participando de un intercambio que nos precede y que continuará después de nosotros.
Desde esta mirada, la no violencia, ahimsa, adquiere un significado que va más allá de nuestras relaciones humanas. Nos invita a reconocer nuestra vulnerabilidad compartida y a ampliar nuestra consideración hacia todos los seres vivos.
Quizá recuperar lo fragmentado no consista en regresar a un pasado idealizado, sino en aprender a mirar de nuevo la vida como una totalidad de relaciones. Comprender que no estamos separados de la naturaleza, que dependemos de otros seres y que ninguna forma de vida puede sostenerse completamente aislada.
Tiamat nos deja una imagen poderosa: la del cuerpo primordial del que nace el mundo. Miles de años después, todavía podemos preguntarnos cómo construimos nuestro propio orden y qué dejamos fuera cuando olvidamos nuestra pertenencia al conjunto.
En nuestro recorrido por el hilo dorado, Isis nos enseñó a reunir los fragmentos. Tiamat nos enfrenta a una totalidad dividida para dar origen a un nuevo cosmos.
Y quizá la pregunta que nos acompaña ahora sea esta ¿Podemos construir un mundo en el que la vida no necesite ser conquistada ni sometida para encontrar su lugar?
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