Alejandra Nogales (Melilla, 1986) es, sin duda, pese a su juventud, una de las directoras locales más reputadas. Durante su trayectoria tiene anécdotas para dar y tomar. En esta entrevista desvela algunas de ellas y habla de muchas otras cosas.
-Con intensidad, como a mí me gusta. El teatro no permite treguas, pero me mantiene viva, alerta y conectada con el mundo. Mucho arte y pocas horas de sueño, pero no me quejo: sigo haciendo lo que amo, que es contar historias, remover conciencias y llenar teatros.
-Con fuerza telúrica, como diría Lorca. Estamos en un momento precioso, con gira nacional e internacional. ¿Qué más se puede pedir? Lorquianas es un homenaje vivo a la voz de las mujeres en la obra de Lorca, pero también una manera de actualizar su legado desde nuestra mirada feminista. Estamos teniendo una acogida impresionante, especialmente del público joven, y eso me llena de energía para seguir.
-¡Siempre hay varios a fuego lento y alguno a punto de explotar! Seguimos con las visitas teatralizadas sobre Annual en el cementerio de La Purísima Concepción, todos los sábados a las 11 horas. Estaremos presente en la Semana del libro, ya que nuestro alumno egresado Narayan Cortés presenta su primer poemario y estamos muy orgullosas. En junio visitaremos los distintos centros escolares con las aventuras de Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta. Además ya estamos con la preproducción de la obra con la que participaremos en el ciclo de teatro del Hospital del Rey. Y hasta aquí puedo leer.
-Lo que más: la posibilidad de aportar a la sociedad, transformar conciencias y emocionar, los procesos y el directo. Lo que menos: la burocracia.
-Tengo millones. El teatro está vivo y nos pasan muchas cosas a diario.
Recuerdo la primera vez que llevé mi trabajo a mi tierra. Actuábamos en el PEC (ya que el Kursaal se encontraba en obras) los días 6 y 7 de marzo de 2009 con la obra 8 Mujeres, para celebrar el 8M. Nos pasó de todo. Un temporal azotaba Melilla, el techo de la estación marítima, que había sido inaugurada recientemente salió volando. El miércoles debían llegar el equipo y la escenografía a Melilla. Llegó el equipo, pero la escenografía no. Se suspendieron las conexiones con la península durante tres días. En este espectáculo la escenografía tenía mucho peso, ya que la obra se ambientaba en un salón francés de los años 50 con un doble piso y una escalera enorme y preciosa. Me puse en contacto con las compañías locales a ver qué podían prestarme por si finalmente no llegaba el barco. Recuerdo ir a las tantas de la noche a un almacén del director de Bombalurina con éste y Paco Gámez, que me dieron todas las facilidades del mundo. También a la iglesia de El Pueblo a pedirles jarrones y sillas, a Muebles Carmona para que nos prestara una cómoda. A mi abuela le desmonté el salón y me llevé su tresillo y dos sillones. El jueves, durante la comida, una de las actrices se partió un incisivo, tuvimos que buscar un dentista corriendo para que le hiciera un apaño porque a las 17 horas. nos entrevistaba RTVE. Tuvimos que suspender la función del viernes y hacer doblete el sábado. El barco llegó a las 12 de la noche del viernes, tuvimos que convencer al personal de seguridad del PEC para que nos dejara descargar y montar. Cuando empezamos a montar, el escenógrafo no encuentra la llave del candado de la maleta de herramientas; se le olvidó en Málaga. Recuerdo a mi padre salir corriendo a buscar una cizalla a la una de la madrugada. Terminamos de montar a las cuatro de la mañana, y gracias a la colaboración de todo el personal del PEC y de familiares y amigos que hicieron todo lo posible porque la obra saliera adelante. Era mi primera función como directora egresada y tenía 22 años. El sábado hicimos doblete con entradas agotadas, dos funciones seguidas de una obra de una hora y media de duración. No sé cómo lo hicimos, pero lo hicimos. También recuerdo que le echamos tanta laca a una de las actrices que después no había manera de separarle el pelo de la cabeza y se puso a llorar la pobre. Y muchas cosas más que no puedo contar, pero siempre bromeamos con que en esa primera función cogimos todas las tablas del mundo.
-Actuar en la plaza de un pueblo de La Rioja llamado Enciso. Es una zona con gran cantidad de rastros en muy buen estado de conservación, de huellas de dinosaurios. El reloj del Ayuntamiento tiene dos puertecitas que se abren en las horas en punto y durante las campanadas sale un dinosaurio terrorífico rugiendo. Con la particularidad de que pasado un minuto vuelve a salir. Actuábamos con mi espectáculo Labios, protagonizado por Belén Cuesta, Maggie Civantos, Celia de Molina y Laura Rio, a las 23 horas en la plaza del Ayuntamiento, pero estuvo lloviendo durante todo el día y la función se retraso a las 23:30 horas, así que nos pillaron las 24 campanadas con el dinosaurio rugiendo y moviendo los bracitos en mitad de la función. Pactamos antes de comenzar que, si eso pasaba, simularíamos las campanadas de fin de año y eso es lo que hicimos. El pueblo no daba crédito, nos contaban que normalmente los artistas paraban y seguían después de las campanadas. Fue muy divertido para todos y guardamos un gran recuerdo de aquella función además del premio del público a Mejor espectáculo.
-Seguir creando desde Melilla sin renunciar a una mirada crítica y de género. También lograr que el teatro llegue a más niños como herramienta educativa y transformadora como llevo haciendo más de ocho años.
-Con esperanza. Somos frontera, pero también somos cruce de caminos, de culturas y de lenguajes. Y en eso hay una riqueza infinita. Sólo hace falta que nos lo creamos.
-Tss. Dice tanto y tan poco a la vez.
-Aguadú. Es mi lugar de pausa, de inspiración y de conexión.
-Crear para vivir, luchar para avanzar, y compartir para no perder el sentido. Me baso mucho en la teoría de los cuatro acuerdos: ser impecable con las palabras, dar lo mejor de mí, no suponer y no tomarse nada personal. También me resuenan muchas frases o enseñanzas inculcadas por mi familia como por ejemplo: “inténtalo, el no ya lo tienes”, “haz el bien y no mires a quien” o “las cosas tienen la importancia que cada uno le quiera dar”.
-A Australia antes de los 40.
-Sólo si me aseguras que la igualdad es una realidad.
-En los locos 20 y haberme cruzado con las sin sombrero, la moda de los 50, la contracultura de los 60.
-No las uso nada. Antes incluso impartía seminarios sobre redes sociales y marketing teatral, pero llegó un momento que me bajé del carro. Muy mal por mi parte, ya que hoy en día o estás activo en redes o no existes, pero no tengo paciencia para ello.
-El rojo.
-Toda, y cuando digo toda es toda: indie, salsa, R&B, fados, rock. Cada momento lleva su música.
-La paella, como decía mi tia Meli, hasta en la cabeza de un tiñoso.
-Un buen mojito en la playa.
-Me encanta la primavera, cuando empieza el calorcito, pero me sienta fatal por la alergia al polen.
-¿Qué es eso?
-Un vestido rojo y uno negro.
-A que nos acostumbremos a la injusticia. Soy bastante kamikaze. Demasiado a veces.
-De los mejores consejos que me han dado es el de mi amigo Jorge Roelas, que siempre me dice “disfruta”.
-No sabría decirte, pero me impacta mucho cuando escucho a mis alumnos repetir algún consejo que les he dado y cómo lo tienen presente. Hace poco les pregunté y me dijeron que siempre les animaba a creer en ellos, en lo que hacen y que cumplan sus sueños.
-Unos de los mejores mis abuelas en mi primer estreno en el Teatro Cánovas de Málaga, reconociendo en la puesta en escena sus pertenencias: abrigos, copas, bolsos. El nacimiento de mi sobrina. El peor, despedirme de personas que creí eternas.
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