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Sonia Vaccaro: "El maltratador utiliza todo lo que tiene a mano para seguir dañando y sometiendo a la mujer"

La psicóloga clínica y perita forense señala la importancia de analizar el contexto familiar para identificar la violencia vicaria y proteger a los menores

La violencia de género no siempre termina cuando una mujer consigue separarse de su maltratador. En ocasiones, el vínculo que permanece a través de los hijos se convierte en una vía para prolongar el daño, mantener el control y seguir ejerciendo violencia contra ella. Es una realidad que Sonia Vaccaro conoce desde hace más de 35 años de trabajo con mujeres víctimas de violencia de género y que, a partir de los testimonios escuchados durante su trayectoria profesional, identificó como una modalidad específica de violencia que necesitaba ser nombrada.

Psicóloga clínica, perita forense y especialista en victimología, Vaccaro es una de las principales referentes internacionales en el estudio de la violencia vicaria. En 2012 acuñó este término para identificar y conceptualizar una forma de violencia contra las mujeres en la que los hijos son utilizados como instrumento para causarles daño.  Su trabajo parte de una realidad que aparecía repetidamente en las consultas de las mujeres a las que atendía: "Yo ya me separé de él, pero él ahora sigue dañándome a través de mis hijos", ejemplifica. Aquellos testimonios tenían un elemento común. La separación no había supuesto necesariamente el fin de la violencia. Algunas mujeres contaban que sus exparejas continuaban ejerciendo el maltrato mediante los regímenes de custodia y visitas. Ocurría incluso en situaciones en las que existían órdenes de alejamiento, prohibiciones de contacto o dispositivos telemáticos para impedir que los agresores se acercaran a ellas. "La justicia entregaba custodia y hasta visitas plenas", recuerda.

Fue precisamente al escuchar y reunir aquellas experiencias cuando empezó a reconocer que estaba ante una modalidad de violencia que no podía quedar sin una denominación propia. No eran episodios aislados, sino distintas formas de utilizar a los hijos para continuar haciendo daño a la madre. "Siempre he observado que el maltratador utiliza todo lo que tiene a mano para seguir el daño y el sometimiento de la mujer", explica.

En esos relatos aparecían comportamientos que podían parecer incidentes si se analizaban por separado, pero que Vaccaro escuchaba de manera reiterada. Madres que recibían noticias de que sus hijos habían pasado frío porque su padre los había llevado descalzos en pleno invierno, o que habían sufrido calor porque les había puesto un jersey de lana en verano. También le contaban que los menores permanecían dentro de un coche, con las ventanillas cerradas-, o que un bebé era llevado a los bares que frecuentaba su padre hasta altas horas de la noche, sentado en su sillita.

A estas situaciones se sumaba otro elemento: el agresor se ocupaba de que la madre conociera lo que estaba sucediendo. Los hijos se convertían así en el medio a través del cual continuaba el sufrimiento de la mujer. "Estábamos frente a un tipo de violencia que le tenía que poner un nombre, porque todos los instrumentos y los elementos estaban ahí afuera, pero los tenía que unir en un nombre", relata. Vaccaro explica que recurrió al adjetivo vicario porque significa que alguien ocupa el lugar de otra persona o la sustituye. De ahí la denominación de violencia vicaria, con la que quiso identificar una forma específica de violencia machista en la que el daño se ejerce sobre los hijos para alcanzar a la madre.

Esta violencia puede llegar a su expresión más extrema con el asesinato de los menores, pero su manifestación no se limita a esos casos. También comprende comportamientos y situaciones cotidianas que afectan a los niños y que, en muchas ocasiones, no se reconocen como parte de la violencia de género. Para la especialista, es importante ampliar la mirada y no esperar a que se produzca una agresión de máxima gravedad para identificar que un menor está siendo utilizado dentro de una dinámica de maltrato.

Contexto y observación del menor

En la violencia vicaria no existe un patrón de comportamiento idéntico en todos los niños. Cada uno puede reaccionar de una manera distinta ante las situaciones que está viviendo. Por eso, Vaccaro sitúa en los cambios de conducta la primera señal a la que deben prestar atención los adultos. "Lo primero que vemos es un cambio en la conducta", afirma. Un menor puede comenzar a mostrarse distraído y tener dificultades para estudiar, mientras que otro puede dejar de jugar y concentrarse exclusivamente en sus tareas escolares. No hay una respuesta única ni un indicador que se repita necesariamente en todos los casos. "Cada niño va a responder con su propia naturaleza", explica.

Lo importante es advertir que algo ha cambiado y dedicar tiempo a averiguar qué está ocurriendo. En ese proceso, la especialista considera necesario que los profesionales incorporen la violencia vicaria entre las posibles situaciones que deben explorar cuando atienden a un menor. Especialmente cuando sus padres están separados y existen antecedentes o indicios de violencia contra la madre, aunque esta no haya llegado a denunciarse.

Vaccaro plantea la necesidad de analizar el contexto familiar y preguntarse qué papel está desempeñando el niño dentro de esa relación. También propone observar cómo se presenta cada progenitor ante el menor y si el padre está utilizando su posición para construir una imagen negativa de la madre. ""¿ Está siendo utilizado como un objeto para ir contra la madre? ¿Está auto-victimizándose para que el niño piense que la madre es una maldita que le quiere dañar?", se pregunta. No considera suficiente analizar un comportamiento concreto o quedarse con la información que ofrece una sola persona. Es necesario reunir elementos, contrastar observaciones y comprender qué está sucediendo alrededor del menor. "Todas esas son preguntas que nos tenemos que hacer como profesionales y comenzar a indagar y saber que tenemos que hacer un análisis de contexto, no solamente de un solo factor", señala.

La especialista también rechaza que los niños no sean conscientes de los mensajes que reciben o de los comportamientos que se producen en su entorno. Pueden verbalizar lo que escuchan y contar las situaciones que viven. Durante la entrevista recuerda ejemplos de menores que dicen que su abuela ha llamado "zorra" a su madre o que cuentan que su padre les ha pegado después de que le recriminaran haber hablado mal de ella. "Hay conciencia", responde Vaccaro ante la posibilidad de que los niños no identifiquen esas situaciones. Para ella, lo fundamental es que encuentren adultos que les permitan expresarse y que no resten importancia a lo que cuentan. "Lo importante es que le tenemos que dar espacio, creer y aparte considerar que eso tiene una gravedad".

La responsabilidad de detectar lo que está ocurriendo no puede recaer únicamente sobre los menores. Tampoco se debe esperar a que sean capaces de explicar verbalmente todo lo que están viviendo. Vaccaro insiste en que los adultos deben permanecer atentos a los cambios, escuchar sus manifestaciones y prestar atención a las señales que aparecen en su comportamiento.

La responsabilidad de los profesionales

En esa detección intervienen distintos ámbitos. La escuela, los servicios sociales y los profesionales sanitarios pueden observar aspectos diferentes de la vida de un mismo niño y aportar información relevante para comprender su situación. Vaccaro considera que la coordinación entre ellos no debería entenderse como una dificultad añadida, sino como parte de las responsabilidades propias de cada profesión. "Si todas y todos ejerciésemos de verdad el rol profesional para el que nos hemos formado, esto no sería complicado", sostiene. Una psicóloga debe poder hablar con la tutora del menor para conocer si ha observado algún cambio en el aula; una médica debe interesarse por las observaciones de otros profesionales que están interviniendo.

La intervención también debe tener en cuenta que los niños pueden tener un vínculo afectivo con sus padres, incluso cuando estos ejercen violencia contra la madre. Vaccaro reconoce que ese vínculo existe y que los menores necesitan una figura paterna, pero distingue entre esa necesidad y el comportamiento de quien no está cumpliendo con su responsabilidad de protegerlos. "Un niño necesita un padre, pero no de un individuo como este que haga lo que hace", explica. Lo que necesita es alguien que lo cuide, que lo proteja y que anteponga su bienestar al propio. Alguien que comprenda que el adulto es él y que no invierta los papeles, colocando al menor en una posición que no le corresponde.

Por eso, la atención a los hijos de las mujeres víctimas de violencia de género ocupa un lugar importante en su planteamiento. Vaccaro considera que los recursos que existen para atender a las madres deben disponer también de espacios destinados a sus hijos. "Todos tendrían que tener sitios para atender a las hijas y los hijos de esas mujeres", afirma. La especialista recuerda que la legislación ya contemplaba esta atención, aunque cuestiona que los dispositivos no se hayan desarrollado de manera suficiente para dar respuesta a las necesidades de los menores. En su explicación señala que uno de los problemas ha sido que estos padres conservaban la patria potestad y podían decidir que sus hijos no acudieran a los recursos de atención.

Vaccaro reclama que los profesionales sanitarios defiendan el derecho de los niños a recibir tratamiento y que su intervención no quede supeditada a la autorización de quien puede estar ejerciendo la violencia. Para explicar su posición recurre a un ejemplo médico: "A ningún médico se le ocurriría hacerle caso a un padre que no deje escayolar una pierna fracturada. Porque prevalece el servicio profesional". A su juicio, los psicólogos deben asumir esa misma responsabilidad. "Yo como profesional sanitario, por el derecho a la salud que tiene una criatura, tengo que hacer prevalecer que tengo que darle tratamiento, no tengo que esperar que el maltratador me autorice", afirma.

Nombrar la violencia sin eufemismos

Al valorar los cambios sociales, jurídicos, educativos y psicológicos producidos durante sus años de trayectoria, Vaccaro reconoce los avances alcanzados en España en materia de violencia machista. "Sería cruel decir que no avanzamos, porque de verdad avanzamos", señala. Destaca el trabajo realizado y la sensibilización que existe en una parte muy amplia de la sociedad, aunque considera que todavía queda camino por recorrer para que la violencia vicaria sea reconocida y abordada de manera más específica. "Con la violencia vicaria como violencia machista tenemos que empezar a hacerlo de forma más puntual", explica. La especialista recuerda que las transformaciones sociales requieren tiempo y que el patriarcado tiene una larga trayectoria histórica. "El patriarcado tiene más de 5.000 años. Nos va a costar un tiempo erradicarlo", afirma.

En ese proceso concede importancia a la educación, la divulgación y los espacios de formación y sensibilización, como las jornadas celebradas en la Universidad de Granada en Melilla. También señala expresamente la responsabilidad de los medios de comunicación, a los que atribuye un papel importante a la hora de trasladar esta realidad a la sociedad. En este sentido, para la psicóloga comunicar bien y utilizar las palabras adecuadas es fundamental. Evitar expresiones que presenten estos hechos como simples desacuerdos entre dos personas que han mantenido una relación. "No hablar de problemas de pareja o conflictos entre la pareja. Aquí hay un tema de violencia vicaria", insiste. Y concreta: "Es un individuo que utilizó a los hijos para dañar a la madre".

Cuando habla de las mujeres que atraviesan estas situaciones, Vaccaro expresa su admiración por ellas. Conoce el desgaste que supone seguir enfrentándose al maltrato cuando la separación no ha conseguido ponerle fin y los hijos continúan siendo utilizados como vía para prolongar el sufrimiento. También se refiere al agotamiento de estas mujeres que padecen esta violencia de manera continuada. "Terminan absolutamente agotadas en todos los sentidos", explica. Frente a esa realidad, su última reflexión es una llamada al apoyo colectivo, a no dejar solas a las mujeres que sufren esta forma de violencia: "Tenemos que apoyarlas entre todas".

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