Ni rastro de que la aduana comercial entre Melilla y Marruecos pueda reabrir el próximo 15 de septiembre. Así lo aseguran fuentes del sector aduanero y empresarial consultadas por El Faro, que confirman no tener el más mínimo indicio de que la reapertura se produzca en esa fecha o en un futuro inmediato. La incertidumbre es absoluta y la frustración, creciente.
La infraestructura aduanera de Beni Enzar lleva cerrada desde julio, cuando las autoridades marroquíes decidieron suspender el tráfico de mercancías alegando motivos vinculados a la Operación Paso del Estrecho (OPE). La medida generó perplejidad entre los agentes económicos de la ciudad, que no entienden cómo puede justificarse el cierre con una operación que históricamente ha coexistido sin problemas con el funcionamiento de la aduana.
El argumento oficial del cierre, difundido por el Ministerio de Asuntos Exteriores español y no por Marruecos, señalaba que la OPE dificultaba el desarrollo normal de las operaciones aduaneras. Sin embargo, la historia reciente desmiente esta explicación. Como han recordado asociaciones del sector logístico, durante años la OPE ha compartido espacio con un tráfico de mercancías mucho más intenso que el actual, en tiempos en que el fenómeno del porteo y el paso masivo de migrantes marroquíes era una constante.
Desde la asociación empresarial Activas insisten: “Nunca antes se había cerrado la aduana por este motivo. Se operaba con normalidad, incluso en momentos de mayor presión y sin las infraestructuras que hoy existen”. La impresión generalizada es que la explicación ofrecida no responde a razones técnicas, sino políticas.
La falta de información oficial por parte de Marruecos y la ausencia de respuestas claras del Gobierno español agrava el malestar entre los empresarios melillenses, que denuncian la opacidad absoluta en torno a una infraestructura considerada estratégica para el desarrollo económico de la ciudad.
"Ni desde Rabat ni desde Madrid se nos ha dicho nada. Estamos completamente a ciegas", aseguran exportadores locales, que empiezan a perder la paciencia. En ese contexto, algunos ya se plantean no volver a operar a través de Beni Enzar, incluso si la aduana se reabre en algún momento.
Esta postura, lejos de ser simbólica, tiene un trasfondo práctico: la desconfianza en la continuidad operativa de una frontera que Marruecos ha cerrado y abierto a voluntad en los últimos años, con un alto coste para las empresas locales, que han visto cómo sus planes logísticos y comerciales se veían alterados sin previo aviso.
Como alternativa, algunos empresarios estudian establecer sus rutas de exportación a través de otros puntos fronterizos o puertos peninsulares. Aunque estas opciones suponen un encarecimiento de los costes y una mayor complejidad logística, muchos las consideran más fiables que la volatilidad de Beni Enzar.
“El problema no es solo que esté cerrada, es que nadie puede garantizar que no volverá a cerrarse en cualquier momento. Así no se puede trabajar ni planificar inversiones”, lamenta un empresario del sector agroalimentario.
Esta situación amenaza con vaciar de contenido el anuncio político que en su día celebró la reapertura de la aduana comercial tras años de bloqueo. La decisión del Gobierno marroquí de cerrarla de nuevo, sin explicaciones ni calendario, ha puesto en entredicho la viabilidad de ese proyecto y ha despertado serias dudas sobre la voluntad real de colaboración económica por parte del país vecino.
El cierre actual no es un hecho aislado. La aduana fue cerrada de improviso y por decisión unilateral de Rabat en agosto de 2018. Fue reabierta a medio gas después de 3 años del acuerdo firmado entre Marruecos y España que incluía el restablecimiento del flujo comercial. Eso sí, con las condiciones impuestas por los marroquíes: solo un camión al día, solo mercancías muy concretas y solo en determinado horario, que no incluía los festivos.
La inseguridad jurídica y operativa que rodea al funcionamiento de esta instalación aduanera ha generado un clima de desconfianza que se extiende tanto entre empresarios como entre los propios agentes de aduanas.
El resultado es una situación de bloqueo económico que afecta no solo a quienes exportan, sino también al conjunto del tejido productivo de la ciudad. En palabras de un representante del sector aduanero, “cada semana que pasa con la aduana cerrada es una semana más en la que se pierde competitividad, clientes y credibilidad”.
Mientras tanto, la respuesta institucional brilla por su ausencia. Las autoridades marroquíes no han emitido ningún comunicado oficial nunca sobre este cierre, que ni siquiera conocía la prensa del país, y el Gobierno español tampoco ha ofrecido novedades ni garantías. La Ciudad Autónoma, por su parte, observa con impotencia el deterioro de una infraestructura que en su día fue presentada como un hito histórico para las relaciones hispano-marroquíes.
A día de hoy, esa expectativa ha quedado reducida a una verja cerrada y muchas preguntas sin respuesta. Y, lo que es peor, sin indicios de que vayan a responderse pronto.
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