Santísimo Cristo del Resucitado y María Santísima del Rocío, cara a cara

Miles de personas se congregan en la Plaza de España para presenciar uno de los momentos más significativos del calendario cofrade, donde ambos titulares coinciden frente a frente poniendo broche final a una Semana Santa marcada por la devoción y el fervor de los melillenses

Había una vez una ciudad española en el norte de África junto al mar, llamada Melilla, donde cada primavera ocurría algo muy especial. No era un día cualquiera, sino el Domingo de Resurrección, el último capítulo de una historia que se había ido contando durante toda una semana llena de silencios, música, pasos lentos y arrastrados y corazones llenos de fe.

Desde muy temprano, el sol comenzó a despertar. Primero asomó tímido, como si estuviera estirándose después de un largo sueño, y luego fue llenando de luz las calles, las plazas y los balcones. Parecía que también él sabía que ese día era importante y quería relucir como nunca.

En distintos rincones de la ciudad autónoma, los melillenses se preparaban con ilusión. Algunos caminaban con prisa, otros con calma, pero todos con la misma intención. Encontrar un buen lugar desde donde ver lo que iba a suceder. Padres llevaban a sus hijos de la mano, abuelos sonreían al verlos vestidos de nazarenos, y los niños preguntaban con curiosidad qué era lo que hacía a ese día tan especial.

No muy lejos, desde la Casa Hermandad de la Flagelación, comenzó a salir un grupo de personas que acompañaba a una figura muy importante: Jesús Resucitado. Lo llevaban sobre sus hombros con cuidado, avanzando paso a paso, al ritmo de la música y al grito de Viva Jesús Resucitado.

Al mismo tiempo, desde la Plaza de Toros de Melilla, otro grupo comenzaba también su camino. Era el turno de María Santísima del Rocío, que avanzaba rodeada de flores, cantos y miradas llenas de cariño. Su recorrido era pausado, como si cada paso estuviera contando una parte de la historia que todos esperaban.

Ambos caminos, aunque distintos, se dirigían hacia un mismo lugar: la Plaza de España. Allí, en ese gran espacio abierto, todo parecía preparado para un encuentro muy especial. La gente se fue reuniendo horas antes para coger asiento y verlo en primera fila. Poco a poco, se formó un gran círculo de miradas, sonrisas y expectación.

Cuando Jesús Resucitado llegó primero, se detuvo suavemente. Sus portadores lo colocaron en un punto cercano a la Avenida Juan Carlos I, donde esperó en silencio. No era una espera cualquiera, sino una espera llena de significado, como si estuviera aguardando algo que ya sabía que iba a ocurrir.

Poco a poco, en la distancia, comenzó a aparecer María Santísima del Rocío. Su llegada fue anunciada por el sonido de la música y por el murmullo de la gente que, al verla, no pudo evitar emocionarse. Se acercaba lentamente, paso a paso, hasta que finalmente quedó frente a frente con su hijo.

En ese instante, todo cambió.

El ruido se incremento. Los vivas no paraban de salir de la boca de muchos melillenses. Los portadores emocionados respondían a su pueblo. Las miradas se elevaron. Y los corazones latieron más fuerte.

Los portadores, con un esfuerzo coordinado, levantaron los tronos hacia el cielo, como si quisieran acercar aún más ese momento tan esperado. La Virgen inclinó su paso en señal de reverencia, mientras los que la llevaban hacían un gesto de respeto profundo.

Los dos tronos comenzaron a moverse al mismo ritmo, como si se saludaran sin palabras. La música sonaba fuerte con la intención de emocionar a los espectadores, y entre el público comenzaron a escucharse aplausos, vítores y alguna que otra lágrima que caía sin pedir permiso.

Después del encuentro, los dos tronos comenzaron a avanzar juntos por un pequeño tramo de la avenida, acompañados por la gente que caminaba a su lado o los observaba desde los balcones. Era como si, por un instante, madre e hijo quisieran compartir el mismo camino antes de despedirse.

Más tarde, cada uno siguió su propio destino. Jesús Resucitado continuó hasta el Sagrado Corazón de Jesús donde se recogió, mientras María Santísima del Rocío prosiguió hacia la Plaza de Toros de Melilla, donde descansaría antes de ser trasladada a Santa María Micaela.

El sol seguía brillando en lo alto, como si también quisiera acompañar el final de aquella historia. Y así, poco a poco, la ciudad fue volviendo a su ritmo habitual.

Y es que en Melilla, cada Domingo de Resurrección no es solo un día más. Es un cuento que se repite cada año, pero que siempre se siente nuevo, como si fuera la primera vez. Un cuento que habla de encuentros, de emociones y de esperanza.

Y aunque el día termina, su recuerdo se queda guardado en la memoria de quienes lo vivieron, hasta que vuelva a comenzar otra vez.

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