Rocío Madrid recibiendo el premio en Barakaldo. -Cedida por la artista-
Los miedos se aprenden antes de tener edad para cuestionarlos. Se instalan en la infancia, adquieren la forma de advertencias familiares y terminan dibujando fronteras invisibles alrededor del cuerpo, de los lugares y de las personas. Rocío Madrid ha pasado buena parte de los últimos años tratando de reconocer esas líneas, comprender de dónde proceden y averiguar qué sucede cuando una decide atravesarlas. La fotografía se ha convertido en su herramienta para hacerlo, pero también en una manera de establecer una conversación con aquello que durante mucho tiempo le enseñaron a mantener a distancia y consigo misma. De ese proceso nace "La bestia soy yo", el proyecto con el que esta fotógrafa melillense ha obtenido el premio del BAF Fest Festival de Fotografía, una convocatoria dedicada a las mujeres fotógrafas que reúne en el entorno de Bilbao propuestas artísticas atravesadas por distintas experiencias y miradas.
La noticia llegó después de una convocatoria a la que Madrid decidió presentarse casi por impulso. La encontró en Instagram durante el verano y, al reconocer que tenía un trabajo que podía encajar, resolvió enviarlo. Entre las 175 propuestas recibidas, nueve proyectos alcanzaron la selección final. El suyo terminó por llevarse el premio, dotado con mil euros y una chapela. La fotógrafa habla del reconocimiento con una naturalidad que contrasta con la profundidad del trabajo distinguido. No oculta la satisfacción, pero tampoco se detiene demasiado en la celebración: para ella, el galardón funciona sobre todo como un estímulo para continuar creando y sostener una trayectoria en la que la fotografía ocupa un lugar fundamental.
El jurado, integrado por Rocío Bueno, María Azkarate y Carmen Dalmau, valoró especialmente dos dimensiones de la propuesta: la perspectiva de alguien que habla desde una ciudad fronteriza que conoce desde dentro y la necesidad de incorporar la mirada de las mujeres a la representación de la masculinidad. La selección reunió trabajos de temáticas diversas, todos ellos abordados desde perspectivas femeninas. Para Madrid, compartir ese espacio con otras creadoras y descubrir proyectos que indagaban en múltiples realidades como la memoria de los niños robados durante el franquismo o la historia de la histeria y las mujeres ingresadas en centros de acogida con trastornos supuso también una oportunidad para reconocer la amplitud de las preocupaciones que atraviesan el arte contemporáneo hecho por mujeres.
Sin embargo, el núcleo de su propuesta se encuentra en Melilla, la ciudad donde creció y a la que regresó hace años. Aquí, la frontera no es una abstracción ni un recurso metafórico, sino una presencia cotidiana que condiciona las relaciones, los desplazamientos y las formas de mirar. Madrid sitúa el origen de su proyecto en la educación recibida, marcada por advertencias sobre determinados hombres y perfiles sociales a los que no debía acercarse. Entre ellos estaban los militares y los hombres marroquíes que transitaban por la ciudad. En su memoria, aquellas recomendaciones se mezclan con una educación conservadora y cristiana que le enseñó a asociar ciertos cuerpos con el peligro y a entender la sexualidad como algo que debía mantenerse bajo control.
Su proyecto fotográfico parte de esa contradicción. "Me educaron en el miedo", escribe en el texto que acompaña el trabajo. La frase resume una experiencia personal, pero también abre una reflexión sobre la manera en que los prejuicios se transmiten, se normalizan y acaban incorporándose a la percepción del mundo. En una ciudad de apenas doce kilómetros cuadrados, donde las relaciones entre comunidades y la circulación de personas forman parte de la realidad cotidiana, las fronteras simbólicas pueden adquirir una intensidad particular. Madrid recuerda cómo los hombres militares y los marroquíes que atravesaban la ciudad llegaron a representar, dentro de su imaginario infantil, figuras de las que convenía mantenerse alejada. Con el tiempo, ha comenzado a cuestionar esa asociación automática entre diferencia y amenaza.
"La bestia soy yo" propone invertir la dirección de la mirada. En lugar de reproducir la representación habitual de la mujer como objeto observado, Madrid fotografía a hombres y explora su presencia física, su vulnerabilidad y su capacidad de despertar deseo. La naturaleza aparece también en las imágenes, incorporada a una construcción visual en la que el cuerpo masculino adquiere una dimensión sensual o elementos orgánicos que sugieren. No se trata únicamente de cambiar quién mira y quién es mirado, sino de interrogar las ideas que han determinado históricamente esa relación y de concederse la posibilidad de mirar desde un lugar propio.
"Quiero seguir forjando mi identidad, quiero saber más sobre eso que me había sido prohibido", explica al recordar el impulso que la llevó a iniciar el proyecto. La cámara le permite acercarse a aquello que antes contemplaba desde la distancia, observar sin dar por sentadas las categorías estancas del imaginario preconcebido y establecer una comunicación que no dependa de los prejuicios. Su intención, señala, es desarmar los filtros ajenos, tanto los procedentes de su educación como los que encuentra en determinados ambientes culturales y artísticos, donde también existen imágenes construidas sobre la masculinidad, la condición militar o la procedencia social.
En ese sentido, Madrid no plantea su trabajo como una investigación cerrada ni como una conclusión definitiva sobre los hombres de Melilla. Lo entiende como un proceso en transformación, un ejercicio de observación que modifica a quien fotografía tanto como a quienes aparecen delante de la cámara. Comenzó a trabajar en esta línea alrededor de los 32 años y, ahora, a los 37, reconoce que muchas de sus ideas iniciales se han desmoronado. Algunas procedían de la infancia; otras se habían consolidado posteriormente, alimentadas por los discursos y los estereotipos que circulan incluso en entornos que se consideran críticos con la sociedad.
La convivencia con la realidad ha ido complicando aquellas certezas. Madrid insiste en que la experiencia de Melilla obliga a mirar más allá de los clichés, especialmente cuando se trata de comprender las circunstancias que llevan a una persona a ocupar determinado lugar dentro de la sociedad. La observación no pretende borrar las diferencias ni negar los conflictos, sino recordar que detrás de cada perfil social existe una biografía que difícilmente puede reducirse a una imagen previa como un dogma general.
La fotografía, en este recorrido, no funciona como una herramienta para confirmar lo que ya sabe, sino para descubrir aquello que todavía desconoce. "Con la fotografía lo que se expande es la comunicación", afirma. Su proyecto busca precisamente esa apertura: producir imágenes que permitan una aproximación más compleja a los cuerpos, a los deseos y a los contextos, sin renunciar a la dimensión estética ni a la libertad de explorar la atracción física. En el texto que acompaña la serie, la fotógrafa formula esa voluntad como un derecho a mirar "desde la curiosidad, la dulzura y el erotismo".
La transformación que propone tiene una dimensión íntima. Durante años, explica, la percepción del propio cuerpo y de la sexualidad estuvo condicionada por una educación que asociaba determinadas experiencias con lo prohibido. El regreso a Melilla coincidió con el inicio de una revisión de aquellos principios y las experiencias vividas durante la juventud. A partir de entonces, comenzó a explorar fotográficamente los cuerpos que había aprendido a temer, no para sustituir un prejuicio por otro, sino para ensayar una relación diferente con ellos. En esa operación, el erotismo deja de ser una categoría ajena o una amenaza para convertirse en una forma de conocimiento y de afirmación personal.
El proyecto incorpora, además, una dimensión documental que amplía su campo de observación. Madrid utiliza Tinder como una herramienta para investigar las representaciones de la masculinidad en la ciudad. A través de perfiles, gustos y capturas de pantalla, construye un mapa de los hombres de la frontera y examina el imaginario asociado a determinados perfiles, entre ellos el militar. Madrid reconoce que el proceso ha sido confuso y que acercarse a determinados espacios ha implicado enfrentarse a miedos arraigados. Pero no describe esa dificultad como un obstáculo del que deba escapar. La asume como parte de la investigación y como una consecuencia de sus ganas de continuar fotografiando. Hay algo persistente en esa relación con la cámara, una necesidad que permanece incluso cuando el camino se vuelve incierto. El proyecto no tiene, por ahora, una conclusión prevista. Su sentido reside precisamente en seguir avanzando, en permitir que la experiencia modifique las preguntas y que las imágenes acompañen ese desplazamiento.
La dedicatoria del premio devuelve esa trayectoria a un territorio afectivo. Madrid quiso dedicárselo a su tío Antonio, de quien recibió la curiosidad por la fotografía y los libros, y a su pareja, por acompañarla y animarla durante el proceso. El reconocimiento profesional queda así vinculado a dos formas de apoyo que atraviesan su historia: la curiosidad aprendida y la compañía elegida. En un trabajo que cuestiona las fronteras levantadas alrededor del deseo, la identidad y la mirada, ambas aparecen como una manera de sostener el camino.
La estancia en Bilbao, además, tuvo otro escenario para esa exploración personal y artística. El pasado 9 de octubre, Madrid participó junto a la poeta Laura Sam en el recital "No te agobies, algo saldrá", celebrado en la librería Anti, un espacio cultural de referencia en la ciudad. La cita servía de marco para presentar el fanzine de Madrid, titulado "Parece que me da igual, pero no me da igual, aunque ya apenas tenga miedo". El encuentro reunió a dos creadoras con estilos distintos, pero con preocupaciones compartidas, y convirtió la palabra en otra forma de examinar las contradicciones de la vida cotidiana.
La propuesta surgió por iniciativa de Madrid, que quería aprovechar su viaje para hacer algo propio en Bilbao. Se puso en contacto con Sam y le propuso compartir escenario. La conexión entre ambas fue inmediata, según relata. La admiración mutua facilitó un recital construido mediante el intercambio de textos: cada una interpretó poemas de la otra y ambas enlazaron sus voces alrededor de temas comunes. La vivienda y las dificultades para acceder a ella abrieron la sesión; después llegaron el cuerpo de las mujeres, la percepción de la propia imagen, el envejecimiento, las redes sociales y las relaciones sentimentales. La lectura terminó desplazándose hacia una dinámica performativa en la que las artistas repetían la pregunta "¿cómo estás?" al público, que respondía antes de volver a escucharla, hasta convertir una fórmula cotidiana en un bucle de comunicación y extrañeza.
El humor ocupó un lugar importante en aquella conversación escénica. Madrid se mostró especialmente sorprendida por la acogida de un registro que define como muy flamenco y que, en su propia comparación, se acerca al tono de Los Morancos. La respuesta del público bilbaíno le permitió comprobar que una voz marcada por un contexto cultural concreto puede encontrar resonancia en otro lugar sin necesidad de diluir su personalidad. La diversidad de estilos no impidió que los textos dialogaran entre sí; al contrario, hizo posible abordar cuestiones compartidas desde registros diferentes, alternando ironía, vulnerabilidad y crítica.
La presentación del fanzine fue la excusa para organizar el encuentro, pero la posibilidad de recitar junto a Sam tenía para Madrid un valor propio. Admiraba el trabajo de la poeta, cuya trayectoria incluye la organización de un festival de poesía en Bilbao y la impartición de talleres. El intercambio le permitió llevar su escritura a un espacio distinto del que ocupa la fotografía, sin abandonar las inquietudes que atraviesan ambas disciplinas. En las imágenes, la cámara le sirve para aproximarse a los cuerpos; en el recital, la palabra abre una vía para hablar de la precariedad, los afectos y las contradicciones que condicionan la experiencia contemporánea.
La buena acogida del encuentro también llevó a Madrid a pensar en las condiciones que hacen posible la continuidad de los proyectos culturales. Durante la conversación, contrapuso la experiencia vivida en Bilbao con las dificultades que percibe para consolidar redes de colaboración en Melilla. No se trata, a su juicio, de medir una ciudad frente a otra, sino de preguntarse qué estructuras de apoyo pueden construirse desde la proximidad, la amistad y la cooperación entre artistas. La experiencia de Sam, que cuenta con una red de amigas dispuestas a ayudarse mutuamente, le hizo reparar en la importancia de esos vínculos para sostener el trabajo creativo.
"Yo soy artista, yo necesito tener buenas amigas", recuerda Madrid que le dijo Sam. La frase, sencilla y directa, resume una de las lecciones que se lleva de la experiencia: la cultura no se sostiene únicamente mediante convocatorias, premios o espacios de exhibición, sino también a través de relaciones que permiten compartir recursos, resolver necesidades concretas y acompañar los procesos de creación. Para Madrid, esa red debería empezar en el trato vecinal y en la disposición a colaborar, antes de mirar hacia los grandes referentes o esperar que las estructuras aparezcan por sí solas. Su deseo es continuar trabajando en Melilla. No quiere marcharse,
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