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Residencia de escritores

No hay nada mejor que el consejo, la opinión natural e improvisada, de un desconocido para hacerte entender que tu ombligo, todos tenemos uno, es solo la cicatriz del comienzo, de un bello recuerdo

Estoy inmerso en una bonita, enriquecedora y motivadora experiencia que ya desde su planteamiento me pareció maravillosa, la II Residencia de Literatura y Medio Ambiente que estamos viviendo en los montes segovianos de Valsaín, en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

A diez escritores de toda España se nos ha dado la oportunidad de poder trabajar, durante nueve días, en nuestro próximo proyecto literario relacionado con la naturaleza, poniendo a nuestra disposición toda la documentación y archivos de la biblioteca del Centro Nacional de Educación Ambiental, CENEAM.

Para poder estar aquí, pasamos un proceso de selección para el que presentamos un proyecto, la idea que queríamos desarrollar y nuestra motivación personal. El mío es un nuevo cuento del mar de Alborán, donde mezclaré posidonia, dunas de Punta Entinas y tres Reyes Magos muy marineros.

Solo tenemos que sentarnos a escribir y, tengo que reconocerles, está siendo lo más difícil. Era consciente, y también lo son los organizadores, de que a pesar de ser un sitio idílico, en una estación del año preciosa, con todas las necesidades cubiertas, la inspiración es caprichosa y las rutinas y espacios de escritura de cada uno son complicadas de cambiar y sustituir.

Además, son tantos los estímulos que estamos recibiendo, a base de charlas, visitas, talleres, cafés a media mañana, paseos por el bosque y actividades conjuntas con la población de la comarca, que la cabeza no tiene tiempo de asimilarlos. Así que cuando nos quedamos a solas con el folio en blanco, el interés, por lo menos el mío, es ordenar las ideas para no saturar la memoria, guardar lo esencial y recordar los pequeños detalles.

Ya habrá tiempo de escribir, y estoy seguro de que ocurrirá muy pronto, porque la idea, la semilla, sobre la que trabajo, está germinada y su fruto está en el momento idóneo de maduración. Si no lo recolecto ahora, se pudrirá en los cajones del olvido o sobre la tierra de mi huerto literario, aunque no sería preocupante, porque los frutos que se descomponen en el suelo terminan germinando de nuevo, con otro color, forma y sabor.

Lo más interesante, y la razón por la que me postulé, era tener la ocasión de poder convivir, conversar y debatir con los colegas. Conocer sus inquietudes, proyectos, maneras de sacarlos adelante, tanto creativa como editorialmente, y sobre todo, exponer lo que llevo muchos años haciendo para que pase por el tamiz de la crítica constructiva y experimentada de observadores ajenos y objetivos.

No hay nada mejor que el consejo, la opinión natural e improvisada, de un desconocido para hacerte entender que tu ombligo, todos tenemos uno, es solo la cicatriz del comienzo, de un bello recuerdo y la señal inequívoca de que otros caminaron y labraron la tierra que pisamos.

Si germinamos siempre las mismas semillas, obtendremos los mismos frutos. Por eso es bueno sumergirte en un océano de humildad para reconocer tus limitaciones, los errores que considerabas aciertos y las herramientas que pensabas afiladas y no lo están. Además, de aprender a reconocer las huellas grabadas en senderos que creíste inexplorados, en ecos atrapados en barrancos que imaginabas intransitables o en las pinturas que cubren las paredes de cuevas que te convenciste eran inaccesibles.

Salir al camino significa confundir águilas reales con buitres, recitar haikus junto a los búnkeres de la guerra civil o pasear por los pasillos por donde vivieron reyes para hibridar las ideas, las experiencias, descubrir otros colores del otoño, otros refugios en los que recomponerse de las inclemencias y de las caídas, aprender nuevas recetas para cocinar los mismos ingredientes de siempre, y ser conscientes de que cada paso es parte del proceso, individual y colectivo, en el que, por muchas estrellas que brillen en tu solapa, siempre serás aprendiz, si lo que buscas es encontrar la solución a los problemas globales, o al menos una esperanza a la que aferrarse, una ilusión para continuar caminando a pesar de las vicisitudes.

No sé cómo terminará esto, qué posos quedarán en mí de esta experiencia, pero lo que puedo adelantar ahora, es que ha venido a confirmar mi convencimiento de que la educación ambiental y la literatura son dos herramientas que maridan a la perfección y, como decía Celaya de la poesía, están cargadas de futuro.

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