Su atracción por las mujeres que han tenido relación con la monarquía histórica de España la llevó a escribir sus novelas. Ella es Magdalena Velasco, doctora en Filología Románica por la Universidad Complutense y catedrática emérita del IES Beatriz Galindo de Madrid. Destaca su labor investigadora en el ámbito de la historia de la literatura y como impulsora de sociedades tan importantes para los profesores de humanidades como el Colegio Oficial de Doctores o la Federación de Asociaciones de Profesores de Español (FASPE).
-¿Qué le llevó a escribir novela histórica?
-Yo he sido profesora de lengua española, he leído y enseñado mucha literatura y mucha historia, y me especialicé en la literatura española de los siglos de oro.
Al empezar a escribir novelas después de mi jubilación, quise aprovechar mis conocimientos y me decidí por trazar de forma novelada las figuras de varias mujeres de la casa de Austria que fueron a la vez buenas políticas y mecenas artísticos. Piense que muchísimos tesoros del Museo del Prado se deben a la protección a las artes de María de Hungría, Juana de Austria o Isabel Clara Eugenia.
-“Las hijas de Carlos V: María y Juana de Austria”, su primera novela, mezcla entre novela histórica y novela de personajes, recrea la vida, los pensamientos y sentimientos de estas dos mujeres, cultas, hermosas y cercanas al poder y a la riqueza. su primera novela. ¿Qué le atrajo de estas damas para decidirse a escribir sobre ellas?
-Había visitado varias veces el monasterio de las Descalzas Reales en Madrid, fundado por doña Juana de Austria y en el que habitó la emperatriz María de Austria durante más de veinte años. Allí están los sepulcros de ambas hermanas, hijas de Carlos V. Su memoria se ha conservado intacta hasta nuestros días como en una cápsula del tiempo. Me pareció una gran oportunidad que no debía desaprovechar.
-Efectivamente, el recuerdo de estas dos princesas se ha perdido en la bruma de la historia mas su memoria se ha conservado hasta nosotros gracias al monasterio madrileño de las Descalzas Reales, la comunidad de religiosas clarisas que fundó Juana y habitó María, y donde ambas están enterradas. ¿Cuánto hay de inventado en sus novelas?
-La historia está respetada fielmente en sus grandes líneas, pero he creado
muchos pequeños detalles: diálogos, escenas, vestidos, viajes... He imaginado escenas y conversaciones, buscando siempre la verosimilitud. En el caso de Isabel Clara Eugenia me han ayudado mucho las abundantes y excelentes pinturas de la época, como las de Brueghel, y las cartas conservadas de la archiduquesa, cosa que no sucedió en el caso de doña Juana, cuyos “papeles” son todos invención mía.
-Tal como recoge su libro, tanto su padre como su hermano Felipe II les dieron responsabilidades de gobierno. ¿Cuáles fueron éstas?
-Como sabe, el emperador Carlos V fue heredero de unos inmensos dominios que abarcaban gran parte de Europa, junto con América. Para gobernarlos, puso a su familia, varones y mujeres, al frente de los diversos territorios, siempre bajo el control último del emperador.
Juana de Austria casó con el príncipe heredero de Portugal y tuvo con él un hijo: don Sebastián. Al quedarse viuda volvió a España a hacerse cargo del gobierno durante las ausencias de su padre, Carlos, y de su hermano, Felipe. Gobernó con acierto cinco años y después ayudó a su hermano en todo lo que este le pidió. Murió a los 37 años.
María fue emperatriz de Austria por su matrimonio con Maximiliano II, al que secundó en todo excepto en su atracción por el protestantismo.
El caso de Isabel Clara Eugenia fue distinto: ayudó a su padre, Felipe II, en el gobierno de su reino; a su muerte casó con el archiduque Alberto de Austria y con él marchó a Flandes, donde gobernaron los Países Bajos con dificultades y aciertos durante más de 30 años.
-En su segunda novela centra su atención en Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II. ¿Qué nos puede decir de ella?
-Isabel Clara Eugenia me atrajo por su inteligencia, belleza y rectitud moral. Pudo ser reina de España por la mala salud de su hermanastro Felipe. Pudo ser reina de Portugal, pero la muerte prematura del rey don Sebastián cerró esa vía. Pudo ser reina de Francia, pero la ley sálica ofreció la corona a Enrique IV de Navarra, que cambió la Casa de Valois por la de Borbón. Pudo ser emperatriz de Austria, pero Rodolfo el de las artes oscuras, no mostró interés alguno. Finalmente, cuando ya tenía treinta años, se prometió con el hombre que realmente amaba: el serio y discreto Archiduque Alberto, su querido primo, y recibió con él la herencia de su padre, el rey Felipe II: los Países Bajos. Tras su boda en Valencia al poco de la muerte del rey, los archiduques partieron para Flandes por el camino español, atravesando los Alpes en verano. Lo que realmente encontraron fue una tierra devastada por la guerra y dividida por la religión y la política. Los palacios e iglesias estaban destruidos, los campos sin cultivar, la economía rota y los soldados vagaban robando la poca comida que quedaba, pues llevaban tiempo sin recibir su soldada.
-Fueron tiempos difíciles que los archiduques enfrentaron con fortaleza...
-Con realismo veían que la victoria sobre los príncipes del norte, la futura Holanda, apoyados por Inglaterra y el imperio era imposible, y abogaron por una solución intermedia: permitir la independencia del norte y firmar la paz. El duque de Lerma y el Consejo español se resistían, no querían perder su prestigio que cifraban en una victoria total sobre las provincias rebeldes y el triunfo del catolicismo. Pero finalmente se impuso la solución de los archiduques, y en 1609 se firmó el Edicto Perpetuo, que separaba el norte-la futura Holanda- del sur, la futura Bélgica.
Los Archiduques vieron llegado su momento, e intentaron atraer a la nobleza católica flamenca para iniciar la restauración de la vida en paz. Actualizaron la legislación dispersa; acuñaron moneda y crearon los Montes de Piedad para evitar la usura; repararon caminos y canales, puertos fluviales y marítimos, comunicaciones, palacios e iglesias; fomentaron los gremios y cofradías, las fiestas y peregrinaciones, las industrias y los cultivos. y restauraron sus palacios de Coudenberg, Mariemont y Tervuren; fomentaron las partidas de caza, las fiestas cortesanas y la música, también la religiosa. La corte de Bruselas se puso a la par de otras cortes europeas.
-En especial utilizaron el lenguaje de la pintura para expresar su protección a las artes y a la libertad...
-Efectivamente, creando una gran colección de cuadros y fomentando con su presencia en las Kunstkammers, el coleccionismo. Muchos nombres de pintores nos han llegado del entorno de los archiduques: Jan Brueghel, Denis van Alsloot, Otto van Veen, Adrian Stalbent. Pero su gran colaborador fue Pedro Pablo Rubens.
Muchos de estos cuadros vinieron a la corte española y hoy podemos verlos con asuntos muy variados. La mayor parte son de tema religioso o mitológico. En algunos se pinta a los archiduques de caza, de paseo, en peregrinación a alguna ermita, o también participando en fiestas populares y bodas al aire libre. En otros exponen sus objetos de arte, animales domésticos, joyas, armas y alimentos exquisitos como ofrenda a los cinco sentidos.
-Me parece esta historia maravillosa...
-En sus últimos años, ya viuda, sabiendo que no volvería a España, decidió regalar a sus queridas Descalzas Reales veinte tapices. Tenía el pintor capaz de imaginarlos, Pedro Pablo Rubens; tenía los talleres capaces de tejerlos, y tenía el tema que el Concilio de Trento había destacado: el triunfo de la Eucaristía. Se fueron enviando a España y todavía se exponen en fechas señaladas en los lugares previstos para ellos.
Isabel Clara Eugenia murió a los 67 años en su palacio de Bruselas y fue enterrada en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula. Su recuerdo se ha ido desvaneciendo tanto en su patria de origen como en la de adopción. He querido con mi novela despertar el interés por su figura.
-¿Tiene en mente escribir otra novela?
-Respecto al futuro, he empezado a investigar sobre otra figura femenina de la Casa de Austria, la Reina María de Hungría, hermana de Carlos V, con vistas a cerrar mi trilogía de novelas históricas de damas gobernadoras y mecenas.
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