Psicólogos en alerta permanente: el GIPEC se forma con IA mientras responde a emergencias desde el voluntariado

El Colegio de Psicología y el grupo de intervención celebran este viernes una jornada que refuerza la preparación de sus profesionales y visibiliza las condiciones en las que desarrollan su labor

El Colegio Oficial de la Psicología de Melilla y el Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes (GIPEC) celebran este viernes un curso de especialización centrado en la aplicación de la inteligencia artificial a la formación de psicólogos de emergencias, una iniciativa que, más allá de su contenido técnico, sirve para visibilizar la realidad de un colectivo que interviene en los momentos más críticos y cuya labor, pese a su impacto, continúa desarrollándose en un segundo plano.

La formación, que será impartida por el psicólogo Juan Manuel Fernández Millán, se enmarca en una línea de webinarios con los que el grupo viene reforzando la preparación de estos profesionales, conscientes de que la intervención en emergencias requiere una especialización que no forma parte del itinerario académico habitual. “La intervención en emergencias es una especialidad que no se da en las carreras de Psicología y que necesita de unos conocimientos y unas habilidades”, explica , subrayando la necesidad de una capacitación constante para afrontar escenarios donde la presión emocional y la inmediatez marcan cada decisión.

En este contexto, la incorporación de la inteligencia artificial introduce un nuevo enfoque en el entrenamiento, especialmente a través de simulaciones que permiten recrear situaciones reales con distintos niveles de complejidad. El uso de role-playing, ya consolidado en la formación del grupo, adquiere ahora una dimensión más flexible y precisa. “Puedes plantear un supuesto y la propia inteligencia artificial te propone hacer un role-playing, donde además te da un feedback sobre cómo lo has hecho”, detalla Fernández Millán . Se trata de un avance que permite no solo practicar, sino también analizar y corregir la intervención en tiempo real, algo especialmente relevante en un ámbito donde cada actuación tiene un impacto directo en las personas atendidas.

Sin embargo, el núcleo de esta formación no reside únicamente en la herramienta, sino en la naturaleza de la intervención a la que prepara. Los psicólogos del GIPEC trabajan en escenarios donde la urgencia es absoluta y donde el componente emocional alcanza niveles extremos. Accidentes, incendios, intentos de suicidio o catástrofes forman parte de un contexto en el que la intervención psicológica no puede esperar. “Nos enfrentamos a situaciones de mucho estrés, de una carga emocional tremenda”, afirma , describiendo una realidad en la que el profesional debe actuar en el mismo lugar de los hechos, sin margen para la planificación.

En ese tipo de situaciones, la intervención no se construye únicamente desde el conocimiento teórico, sino desde habilidades profundamente humanas. La escucha activa, la capacidad de acompañar y el manejo del silencio se convierten en herramientas esenciales. “Muchas veces lo que haces es sentarte al lado de la persona y esperar a que empiece a hablar”, relata , evidenciando que, en los primeros momentos, la presencia puede ser más importante que cualquier discurso. La forma en que se interviene —la elección de una palabra, el tono, incluso la decisión de no intervenir verbalmente— puede resultar determinante para ayudar a una persona a afrontar una situación límite.

De ahí que la preparación de estos profesionales no sea puntual, sino permanente. La intervención en emergencias exige mantener activas habilidades que, si no se practican, se deterioran con el tiempo. “Esto es como la reanimación cardiopulmonar, hay que hacerlo todos los años porque si no se te olvida”, apunta , estableciendo un paralelismo que refleja la necesidad de entrenamiento continuo.

El GIPEC desarrolla su labor integrado en el sistema de emergencias, en coordinación con otros servicios y bajo el marco del Plan Territorial de Emergencias, lo que implica una disponibilidad constante. Sin embargo, esa disponibilidad se sostiene sobre una estructura particular: la de un grupo de psicólogos voluntarios que no se dedican en exclusiva a esta actividad, sino que la compatibilizan con sus profesiones habituales, de las que dependen económicamente.

Esta circunstancia introduce una tensión permanente entre la vocación de servicio y la realidad laboral. Los integrantes del grupo pueden ser activados en cualquier momento, a cualquier hora, pero no siempre pueden abandonar de forma inmediata sus responsabilidades profesionales. Esa falta de integración estructural dentro del sistema de emergencias condiciona tanto su disponibilidad como la continuidad de algunos profesionales en el programa.

A pesar de ello, el funcionamiento del grupo se sostiene gracias a una organización interna basada en la responsabilidad compartida. Los psicólogos se coordinan para garantizar que siempre haya respuesta ante una activación. Siempre hay alguien que acude, siempre hay un profesional que llega al lugar de la intervención. Y una vez allí, la implicación es total: permanecen en el escenario el tiempo necesario, acompañando a las personas afectadas hasta que la situación lo permite.

“Cuando te llaman y te dicen que hay que ir, vas”, resume Fernández Millán , en una frase que condensa el compromiso de estos profesionales y que explica, en gran medida, el funcionamiento del grupo. Una vocación que impulsa, pero que desde dentro se insiste en que no puede ser el único pilar sobre el que se sostenga este servicio.

La falta de reconocimiento institucional es una de las principales reivindicaciones del colectivo. “Somos requeridos en la tragedia, olvidados en la calma” , señala el psicólogo, evidenciando una situación en la que su intervención resulta imprescindible en momentos críticos, pero no siempre encuentra respaldo en el día a día.

A esta falta de visibilidad contribuye también la naturaleza de su trabajo. La confidencialidad es un elemento esencial en sus intervenciones, lo que impide que muchos de los casos en los que participan trasciendan públicamente. “No podemos contar los casos porque se sabría quién es la persona”, explica . Esta discreción, necesaria desde el punto de vista ético, refuerza el carácter silencioso de una labor cuyo impacto, sin embargo, es profundo.

El curso que se celebra este viernes, abierto a profesionales de ámbito local, nacional e internacional, representa un paso más en la mejora de la formación de estos psicólogos, incorporando herramientas que permiten entrenar con mayor precisión y realismo. Pero, al mismo tiempo, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que trasciende lo formativo: la necesidad de reconocer e integrar plenamente a un colectivo que actúa en primera línea cuando la emergencia se produce.

Porque en esos momentos en los que todo se detiene, en los que la urgencia rompe cualquier estructura y la emoción desborda, los psicólogos del GIPEC están ahí. Desde el voluntariado, desde la organización interna y desde una implicación que, pese a las limitaciones, no falla

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