Categorías: Sociedad

Pepe España, el hombre a dulces pegado

Se llama José España Catalá, Pepe España para los amigos, y es uno de los confiteros pata negra de Melilla, los tradicionales, los de toda la vida. No le queda mucho de ejercicio profesional, afortunadamente, porque tiene su edad y está extraordinariamente joven y jovial pero sigue levantándose a las 06.30 para comenzar la elaboración de los pasteles del día. Son pasteles, confituras, hechos con muchísimo esmero y muchísimo cariño.
España tiene muchos secretos que jamás desvela ni a su amada Ángela Guerrero, madre de dos hermosas criaturas, Cristina y José. Entre los susodichos secretos están los huesos de santo. Son tan tremendos como variados. ¿Fresas, limón, calabaza, yema?. Que nadie se complique la vida; lo mejor es ir a la Confitería España y comprar una selección de todos los huesos santificados. Es mejor comprar dos kilos que uno porque uno solo se queda en lo que ve la suegra, en nada.
Hay aspectos que superan lo eminentemente material y desemboca o atraca en lo personal. Los sentimientos no son de balde y ellos, Ángela y Pepe, los regalan, aunque no vendan ni un solo buñuelo de crema o nata que confitan como seguramente dará Dios de comer a sus más blancos ángeles del Cielo.
En una sociedad absolutamente deshumanizada, aspirar el aroma del corazón es todo un lujo, un privilegio que sólo disfrutan los clientes -¿clientes?, no, más bien amigos- de la Confitería España. Es una superficie recoleta pero con esencia de camaradería, buen tono, melillismo, españolismo y ganas de vivir. ¿Quién podría entender esas vociferantes mañanas sin Antonia,  Mimuntz, Xien  o la propia  Angelines, dándole patadas al escueto, aunque feliz, aire compartido en tan encorsetada superficie vital.
Lo de menos es hacer caja, darle pasta a diario al banco –cuya directora está contentísima con los España Guerrero-  lo importante es mantener ese ambiente que integra el buen humor y las ganas de vivir de cristianos, musulmanes o hebreos que se pegan una ‘pechá’ de reír a diario en ese mágico establecimiento de la calle de Arturo Reyes o Sidi Abdelkader, que da igual.
Los pueblos tienen que vivir a costa –y gracias a Dios- de sus signos de identidad y la Confitería España es uno de los símbolos del mejor melillensismo (¿está bien escrito?, creo que sí), una de las señas de referencia de una ciudad sometida a los peores avatares en los últimos años que ha sabido emerger de sus propios miserias y contratiempos. Melilla no sólo es ejércitos  triunfales, laureados generales u oprobiosas derrotas. Melilla, como todos los pueblos, es también ser humano.
Por el amor de Dios, no dejen de probar esos huesos de santo o esos buñuelos que está confitando Pepe España. Dicen que, cuando el destino marca que hay que ahuecar el ala para siempre y si se ha comido un hueso de Pepe España o degustado un buñuelo, el camino hacia el Cielo está garantizado. Claro, a Dios le da envidia.

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