Hay personas con una capacidad asombrosa para hacer el ridículo públicamente sin inmutarse. La delegada del Gobierno en Melilla es, sin duda, una de ellas. Lo hace con una insistencia admirable, como si cada intervención fuera una nueva oportunidad para tomar por tontos a los ciudadanos, disfrazar la realidad y repartir culpas ajenas mientras ella esquiva, como puede, cualquier atisbo de responsabilidad.
Melilla no necesita ese tipo de representantes. Melilla necesita políticos con un mínimo de decoro, de respeto por la inteligencia colectiva y, sobre todo, con un compromiso real con los problemas de esta ciudad. No es el caso. Y ya es hora de decirlo claramente: pediríamos, al menos, un poco más de vergüenza.
Sus dos últimas intervenciones públicas son perfectas candidatas a figurar en manuales sobre cómo manipular el discurso institucional para encubrir fallos propios y trasladar la culpa al adversario político. La estrategia es la de siempre: buscar enemigos externos, inventar excusas del pasado y vender medias verdades como si fueran realidades absolutas. Y mientras tanto, los melillenses seguimos esperando soluciones.
El primer caso lo encontramos en su explicación —más bien, excusa— sobre el desastroso estado de la sanidad pública. En lugar de asumir errores o mostrar alguna voluntad real de enmendar el caos, prefiere echar la culpa al Partido Popular por supuestos recortes del pasado y una hipotética paralización de las obras del hospital. ¿Y qué hay de la gestión actual? ¿Qué responsabilidad tiene el Gobierno que representa? ¿Dónde está la autocrítica o, al menos, la intención de buscar soluciones? Brilla por su ausencia.
La situación sanitaria de Melilla es insostenible. Faltan medios, faltan profesionales, y falta, sobre todo, voluntad política para poner el foco donde realmente importa: en los pacientes. No se puede gobernar mirando por el retrovisor, ni gestionar la sanidad pública con discursos vacíos. Es ofensivo que, ante semejante deterioro, la delegada se limite a buscar culpables entre quienes ya no están en el poder. No hay ni un solo gesto de humildad, ni una propuesta concreta. Solo evasivas y culpables ficticios.
Pero si en ese tema resulta preocupante su postura, lo del Cerro de Palma Santa directamente clama al cielo. La delegada intenta culpar a la Ciudad Autónoma de la situación irregular en esa zona, afirmando que la orden de derribo de una vivienda concreta —la número 48— responde a una sentencia de 2016. Sin embargo, los hechos desmontan ese relato: el fallo judicial es de septiembre de 2023. Una mentira así, tan burda, no puede pasarse por alto.
No solo eso. En 2022, cuando el PSOE gobernaba en coalición con CpM en la Ciudad Autónoma, la Consejería de Fomento emitió un informe urbanístico proponiendo la regularización de la zona. ¿Y qué respondió el Ministerio de Defensa? Un rotundo "no". La misma administración del Gobierno de Sánchez, del que ella es representante, cerró la puerta a una solución razonable para unas familias que llevan décadas residiendo en el Cerro. Familias que, por tiempo y arraigo, pueden apelar al derecho adquirido.
¿Movió entonces un solo dedo para interceder ante Margarita Robles o buscar una vía alternativa? Claro que no. Ni ella ni nadie del PSOE en el Ejecutivo local trabajaron para evitar el desenlace que hoy lamentamos. Y ahora, en lugar de asumir esa dejadez, intenta culpar a los jueces, al PP y a quien se cruce por delante, con tal de evitar mirar hacia dentro.
Pero, ¿sabe qué, delegada? Ya no cuela. Este tipo de maniobras, este intento constante de reescribir la realidad, ya no surte efecto. Los melillenses no somos ingenuos. Sabemos perfectamente cómo funciona este juego de culpas, y estamos cansados de él.
Melilla merece algo mejor. Merece una delegada del Gobierno que se tome su papel en serio, que trabaje de verdad y no solo de cara a la galería, que respete a sus ciudadanos y que entienda que el poder se ejerce con responsabilidad, no con propaganda. Ya no estamos para discursos vacíos ni para que nos mientan a la cara.
Si de verdad le preocupa esta ciudad, empiece por respetarla. Hable con honestidad. Asuma responsabilidades. Y, sobre todo, trabaje con seriedad para resolver los problemas. Porque Melilla merece algo mucho mejor que esta política de humo y espejos.
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