En la calle General Prim, la Navidad tiene una puerta propia. No es una metáfora: es la Casa de Papá Noel, un lugar al que los niños llegan con la emoción a flor de piel, con la carta apretada entre las manos o con la lista de deseos bien memorizada, como si temieran que un despiste les hiciera perder la oportunidad de contárselo todo al personaje que, año tras año, se convierte en el gran confidente de diciembre.
El Faro de Melilla ha estado presente en esta visita cargada de ambiente festivo, con ese murmullo típico de las fechas —el de las familias organizándose, el de los pequeños que se animan entre ellos, el de las risas nerviosas antes de hablar— y ha podido conversar tanto con Santa Claus como con varios niños que se acercaron a depositar su carta y a ponerle voz a sus regalos soñados.
Aquí, el tiempo parece transcurrir con otra lógica: la de la espera del 24 de diciembre, la de una cuenta atrás en la que la ilusión pesa más que el calendario. Papá Noel escucha, pregunta, se interesa, responde con calma. Y los niños, cuando se sienten seguros, despliegan su mundo entero en tres frases: lo que les gusta, lo que imaginan, lo que desean.
La escena tiene algo de rito moderno. Papa Noel, con su presencia inconfundible, se presta a charlar con este periódico en un tono cercano, casi como si estuviera hablando con viejos conocidos. A una pregunta sobre cuántos niños han pasado por la Casa y qué regalitos han pedido para que pueda repartirlos el 24 de diciembre, responde con una mezcla de alegría y oficio: está acostumbrado a que le pidan mucho, a que las listas crezcan, a que el entusiasmo no tenga límites.
A la pregunta de cómo está viviendo estos días, contesta con sencillez: “Muy bien, un poquito el tiempo malo, pero los niños se están comportando y son muy buenos”. La frase retrata a la perfección el espíritu de la Casa: pase lo que pase fuera —frío, lluvia o prisas—, dentro manda el entusiasmo de los pequeños.
Y cuando llega la pregunta inevitable, la que se repite en cada conversación navideña —si se han portado bien—, Papá Noel responde sin dudar: “Sí, me han pedido muchos regalos. Un bebé reborn, juguetitos, de todo”. En esa enumeración espontánea cabe todo: la confusión graciosa del término infantil, la variedad de gustos y ese “de todo” que resume la infancia mejor que cualquier análisis.
Si hay una fecha que ordena todo este relato es el 24 de diciembre. No solo porque sea la noche en la que Papá Noel reparte regalos, sino porque funciona como un horizonte emocional. Las semanas anteriores se convierten en preparación: escribir la carta, pensar qué pedir, portarse bien “por si acaso”, imaginar el trineo, fantasear con el momento de abrir paquetes.
La Casa de Papá Noel, en este sentido, es mucho más que una visita: es el puente entre el deseo y la espera. Los niños vienen para asegurarse de que su petición llega a tiempo, de que Santa la escucha, de que “queda registrada”. Lo dicen de mil maneras: “ya está todo en la carta”, “lo he echado”, “ya lo ha entregado”. En el fondo, buscan una certeza: que aquello que han imaginado tiene un lugar real donde depositarse.
Y Papá Noel, consciente del tamaño de esa expectativa, responde a la pregunta de si tendrá tiempo de repartir tantos regalos con una tranquilidad que parece deliberada: “Sí, sí”. No promete imposibles, pero transmite confianza. Es el tipo de respuesta que calma a un niño: la seguridad de que, aunque el mundo sea grande, él llegará.
La conversación, en un giro muy de diciembre, termina rozando también el tema del sorteo navideño. Se menciona que ya ha salido “el gordo”, el 79.432, y se le pregunta directamente si le ha tocado algo.
La respuesta de Papá Noel encaja como un guion escrito por la propia Navidad: “No, no me ha tocado nada. Yo lo que hago es repartir suerte. En una sola frase se mezcla el humor con el personaje: no es alguien que espera recibir, sino alguien que llega para dar. Incluso cuando se habla de dinero o de fortuna, su papel se mantiene: repartir.
En tiempos en los que la prisa y el ruido lo llenan todo, esa idea —la de repartir suerte, repartir ilusión— devuelve el foco a lo esencial: el valor emocional de estas fechas para los más pequeños.
Si algo convierte esta visita en un reportaje es escuchar, una por una, las peticiones. Porque cada niño revela su personalidad en la forma de pedir. Algunos van al grano; otros construyen una pequeña historia; otros mezclan juguetes y deseos como si fueran capítulos distintos del mismo sueño.
Uno de los niños lo resume con una frase que podría ser titular por sí sola: “Me gustan los superhéroes”. Y a partir de ahí, el listado cobra vida. Ante la pregunta de si le ha pedido algo a Papá Noel, responde: “Sí, el reloj le pedí y un coche que es un tiranosaurio. Y también un superhéroe que le pones aquí un diamante y lo tienes que cargar el diamante”.
En su forma de explicarlo hay un detalle precioso: no se limita a nombrar el juguete, sino que describe cómo funciona, qué hay que hacer para “cargar el diamante”. La infancia no solo pide objetos; pide mundos, mecanismos, aventuras.
Cuando se le comenta que ya lo ha escrito todo, el niño lo confirma con una seguridad absoluta: “Ya está todo en la carta”. Es el cierre perfecto: la tranquilidad de quien siente que su misión está completada.
Martina representa otra forma de vivir la carta: la de quien combina aficiones muy concretas con sueños abiertos. Cuenta que, como le gusta una serie, le ha pedido a Papá Noel varias cosas muy definidas: “Como me gusta pintar y eso, le he pedido un paquete de rotuladores acrílicos, unas entradas para un evento de una serie que me gusta mucho, The Stranger Thing, que se llama, y un viaje súper chulo, no sé a dónde que elija él”.
En su relato, la Navidad no es solo recibir: también es confiar. Deja el destino del viaje a elección de Papá Noel, como si le diera permiso para sorprenderla. Cuando se le pregunta si le da “rienda suelta”, ella lo confirma: “Sí, sí”. Y la razón es clara: “Porque me gusta viajar mucho”.
Martina, además, amplía la conversación hacia otra tradición: la de los Reyes Magos. Explica que le gusta tocar la batería y que, como en casa no quieren una batería grande, ha pedido “una batería portátil”. Y añade que ya tiene “una mesa de DJ” y “una guitarra”, y que quería más instrumentos. A la pregunta de si le encanta la música, responde con un “sí” rotundo.
Sus palabras dejan una fotografía generacional: niños que mezclan series, creatividad, viajes e instrumentos musicales como parte de un mismo universo. Y también dejan una frase contundente: “Papá Noel ya está finiquitado y todo listo”. Papá Noel, en su caso, ya está; el siguiente capítulo será Reyes.
La Casa de Papá Noel reúne gustos que no siempre coinciden, pero que conviven en un mismo espacio sin competir. Cada carta es distinta, cada petición tiene su porqué, y en ese mosaico se entiende cómo la Navidad se adapta a cada niño.
Aitor lo dice con entusiasmo: “Pues un juego de mesa, el tres en rayas grande para jugar con mi hermano y un viaje a Almería”. La Navidad aparece aquí como una mezcla entre el tiempo compartido —jugar a un juego de mesa— y el deseo de salir, de conocer, de cambiar de escenario con un viaje.
Saulo también pide tres cosas, pero su combinación es diferente: “He pedido tres cosas, un juego de mesa, una máquina gancho mini y un Funko de Stranger Things”. En su lista se juntan el juego tradicional, el objeto divertido y la referencia a una serie que se ha colado en varias cartas: “Stranger Things”.
Henar, por su parte, presenta una carta que mezcla creatividad y diversión: “Unos rotuladores, una caja de maquillaje y slime”. El “slime”, convertido ya en un clásico de la infancia reciente, aparece como ese regalo que no solo se usa: se experimenta, se toca, se estira, se comparte.
Y Jimena, en una frase breve, deja también su deseo: “Y yo he pedido… una máquina de imprimir de juguete y lo que quieran”. En esa última coletilla —“lo que quieran”— se abre un espacio de confianza similar al de Martina: dejar margen a la sorpresa.
Más allá de cada petición, lo que se respira en la Casa de Papá Noel es la emoción de la entrega. Entregar la carta no es un gesto cualquiera: es un acto simbólico. Los niños sienten que, al hacerlo, su deseo se vuelve real. Por eso insisten en que ya está escrito, ya está echado, ya está entregado. Es una manera de asegurar que su mensaje ha llegado.
También se percibe el nervio del momento. Algunos niños hablan deprisa; otros se quedan pensando; otros lo cuentan todo con una seguridad admirable. Y en ese proceso, Papá Noel actúa como anfitrión paciente: escucha, se deja preguntar, responde con calma.
En ese ambiente, la magia se construye con detalles mínimos: la conversación cara a cara, el tono amable, la sensación de que alguien importante les dedica tiempo. Para un niño, que Papá Noel le mire y le escuche es, en sí mismo, parte del regalo.
Papá Noel es un personaje que, en la práctica, representa una idea: la de que los deseos pueden formularse y compartirse. La carta funciona como una especie de pacto simbólico: el niño escribe —o dicta— lo que sueña, y el personaje lo recibe. No siempre se trata de obtener exactamente lo pedido; muchas veces se trata de vivir el proceso, de imaginar, de confiar, de ilusionarse.
La Casa de la calle General Prim encaja perfectamente en esa lógica: convierte el mito en una experiencia cercana. Y ese es, quizá, el secreto de su éxito: que el relato navideño se vuelve tangible.
Entre preguntas sobre regalos y bromas sobre la suerte, Papá Noel termina encarnando lo que él mismo dice que hace: “repartir”. Repartir regalos, sí, pero también repartir calma, conversación, y sobre todo, esperanza para un año mejor.
La diputada local de Coalición por Melilla (CpM), Dunia Almansouri, ha acusado al actual Gobierno…
Coalición por Melilla (CpM) ha expresado su apoyo a la regularización extraordinaria de personas migrantes…
El Comité de Empresa del Centro de Menores de La Purísima ha denunciado públicamente la…
El Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (Ingesa) ha asegurado que Melilla cerró 2025 con indicadores…
A tan sólo un día de que la XII edición de la Carrera Africana de…
El sector aeroespacial europeo ha logrado en los últimos días un nuevo hito tecnológico con…