Han pasado ocho meses desde la apertura del nuevo Hospital Universitario de Melilla, una infraestructura concebida para convertirse en el pilar central de la sanidad pública en la ciudad autónoma. Su puesta en marcha estuvo acompañada de un fuerte despliegue institucional y de un discurso centrado en la modernización del sistema sanitario local, la ampliación de la cartera de servicios y la reducción de derivaciones a la península.
Sin embargo, el balance que se desprende tras este periodo de funcionamiento evidencia una notable distancia entre las expectativas generadas y la realidad que describen muchos de los profesionales sanitarios.
Desde Ingesa se mantiene que el hospital funciona conforme a lo previsto y que el proceso de traslado desde el antiguo Hospital Comarcal se desarrolló de manera ordenada y progresiva. La administración defiende que los distintos servicios se fueron incorporando por fases y que, en la actualidad, el centro se encuentra a pleno rendimiento. Además, subraya que la actividad asistencial ha experimentado un incremento, especialmente en el ámbito de las consultas externas, lo que, a su juicio, avala el correcto funcionamiento del nuevo hospital.
Sin embargo, esta versión oficial contrasta con las críticas expresadas desde el ámbito sindical y por parte de profesionales que desempeñan su labor en el centro. El sindicato CSIF denunció ya en el primer mes de actividad hospitalaria la existencia de graves deficiencias en la organización y en la dotación de personal, advertencias que, según sostiene, siguen plenamente vigentes ocho meses después. La organización considera que la apertura del hospital no vino acompañada de una planificación adecuada de recursos humanos, teniendo en cuenta que el nuevo centro es considerablemente más grande y complejo que el anterior.
Entre las principales carencias señaladas se encuentra la falta de personal en distintas categorías profesionales. CSIF ha alertado de déficits en enfermería, técnicos en cuidados auxiliares, celadores y otros servicios esenciales como limpieza, mantenimiento o informática. Esta situación, según el sindicato, provoca una sobrecarga constante de trabajo y dificulta el correcto funcionamiento diario del hospital. A ello se suma una gestión de las bolsas de empleo y de los contratos que, a juicio de la organización sindical, no permite cubrir con agilidad las necesidades reales del centro.
Otro de los aspectos más cuestionados es la ausencia de varios servicios y especialidades que estaban previstos con la entrada en funcionamiento del hospital. Profesionales sanitarios recuerdan que unidades como radioterapia, medicina nuclear, hemodinámica u otras áreas de alta complejidad continúan sin estar operativas. Esta circunstancia limita de forma notable la capacidad asistencial del hospital y mantiene la necesidad de derivar pacientes fuera de Melilla, uno de los problemas que precisamente se pretendía reducir con la apertura de la nueva infraestructura.
Asimismo, se ha puesto el foco en el equipamiento tecnológico. Aunque el hospital dispone de instalaciones modernas y de aparatos de última generación, parte de ese equipamiento todavía no se utiliza. Es el caso del robot quirúrgico Da Vinci, anunciado como uno de los grandes avances del centro, que permanece sin entrar en funcionamiento, lo que refuerza la percepción de una planificación incompleta y de un aprovechamiento limitado de los recursos disponibles.
El contexto sanitario de Melilla añade un elemento adicional a este debate. La ciudad está catalogada como zona de difícil cobertura, una condición que dificulta la captación y fidelización de profesionales sanitarios. Aunque se han anunciado medidas para hacer frente a este problema, los sindicatos sostienen que, por el momento, no se han traducido en una mejora efectiva de las plantillas ni en una mayor estabilidad laboral.
El cierre del antiguo Hospital Comarcal y el traslado definitivo de la actividad al nuevo centro han concentrado toda la asistencia hospitalaria en una única infraestructura. Para los profesionales críticos, esta circunstancia incrementa los riesgos cuando persisten carencias de personal y servicios, y obliga a trabajar en un escenario de presión constante.
Ocho meses después de su inauguración, el Hospital Universitario de Melilla sigue siendo objeto de un balance desigual. Mientras Ingesa defiende el cumplimiento de los plazos y el avance progresivo del proyecto, sindicatos y profesionales reclaman soluciones concretas que permitan que el hospital funcione plenamente y cumpla con las promesas que acompañaron su apertura. El debate, lejos de cerrarse, continúa abierto.