La obesidad infantil no se queda en la báscula. El exceso de peso durante la infancia puede tener consecuencias sobre la salud física, pero también sobre la autoestima, las relaciones sociales y el bienestar emocional de los menores. El estigma, el rechazo o el bullying relacionados con el peso pueden convertirse en una carga añadida para niños que todavía están construyendo su propia imagen y su relación con los demás.
Así lo explica Sara García Serrano, profesora del Grado en Biomedicina de la Universidad Europea e investigadora biomédica especializada en obesidad, diabetes y enfermedades metabólicas asociadas. La experta insiste en que este problema de salud debe abordarse desde una perspectiva más amplia y no centrada únicamente en los kilos del menor.
“El estigma y el bullying asociados al peso pueden afectar a la autoestima y al bienestar emocional de los menores”, señala García Serrano. Estas situaciones pueden hacer que el niño se sienta diferente o rechazado por sus compañeros y afectar a la manera en la que percibe su propio cuerpo.
La relación también puede trasladarse al estado de ánimo y a las relaciones sociales. Según la investigadora, estas experiencias “pueden afectar a la autoestima, al estado de ánimo y a la relación del menor con sus compañeros y con su propio cuerpo”. El entorno escolar puede convertirse así en un espacio especialmente importante para detectar posibles problemas y evitar que las burlas o el rechazo se normalicen.
La situación puede tener incluso alguna repercusión sobre el rendimiento académico. Sin embargo, García Serrano pide evitar conclusiones simplistas. “La relación es más compleja y no podemos afirmar que la obesidad sea por sí misma la causa directa de un peor rendimiento”, explica. En el desarrollo escolar intervienen numerosos elementos, desde las circunstancias familiares hasta los factores psicológicos, sociales y educativos.
Por eso, la experta considera fundamental atender al bienestar general del menor. “El bienestar físico y emocional del niño sí es importante para su desarrollo y aprendizaje”, apunta. La salud, en este caso, no puede entenderse únicamente desde una perspectiva física.
La obesidad infantil tampoco afecta por igual a todos los hogares. García Serrano destaca que presenta una mayor prevalencia en entornos socioeconómicamente desfavorecidos y con niveles educativos más bajos. Detrás de esta realidad existen circunstancias que pueden condicionar los hábitos de las familias.
Las condiciones económicas, laborales y sociales pueden dificultar el acceso a una alimentación saludable o a determinadas actividades. También puede resultar complicado disponer del tiempo necesario para mantener rutinas relacionadas con la alimentación, el descanso o el ejercicio físico.
“Las condiciones económicas, laborales y sociales, así como nivel educativo, pueden dificultar el acceso a una alimentación saludable, la práctica de actividad física o disponer del tiempo necesario para mantener determinados hábitos”, explica la profesora.
Por ello, responsabilizar únicamente al menor o a su familia no permite entender la dimensión completa del problema. Las decisiones relacionadas con los hábitos diarios están condicionadas, en muchas ocasiones, por el entorno en el que vive cada niño y por los recursos de los que dispone.
La prevención, por tanto, pasa también por facilitar que las familias puedan mantener hábitos saludables. No se trata solo de pedir a los menores que coman mejor o hagan más ejercicio, sino de favorecer que esas opciones sean realmente posibles en su día a día.
García Serrano defiende precisamente cambiar la manera de abordar la obesidad infantil. “El abordaje de la obesidad infantil debe ir más allá del peso”, afirma. El objetivo debe ser cuidar la salud física sin dejar de lado la salud emocional.
“Debemos cuidar la salud física, pero también la autoestima, el bienestar emocional y el entorno social del menor, evitando culpabilizarlo o estigmatizarlo”, señala la investigadora.
El mensaje también afecta a los adultos que rodean al niño. Familia, colegio y profesionales sanitarios tienen un papel importante a la hora de construir un entorno en el que hablar de salud no implique señalar, avergonzar o juzgar al menor por su aspecto físico.
Las palabras y las actitudes pueden influir en la relación que los niños desarrollan con su cuerpo. Por eso, abordar el exceso de peso desde la infancia requiere cuidar también la forma en la que se habla de él.
La propuesta de la profesora de la Universidad Europea pasa por situar la salud en el centro y dejar atrás el estigma. “Debemos abordar este problema desde un enfoque de salud y no de estigma”, sostiene.
El objetivo final no sería únicamente modificar el peso del menor, sino ayudarle a incorporar hábitos que pueda mantener en el futuro. “Se trata de ayudar a los niños a adquirir hábitos saludables y, al mismo tiempo, de crear entornos que faciliten que puedan mantenerlos a lo largo de su vida, independientemente de su situación social o familiar”, concluye García Serrano.
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