Cultura y Tradiciones

Natalia Díaz (Nana): "El arte nos permite descubrir quiénes somos y expresar lo que necesitamos decir al mundo"

La Asociación Nana compartirá en el XXI Congreso Estatal de Cooperativas de Enseñanza su metodología de trabajo a través de las artes escénicas

Acudir una tarde entre semana a la Granja Escuela es pasearse entre niños, niñas, adolescentes, voluntarios y trabajadores que acuden cada día y llenan el espacio de viveza. En uno de los locales, la actividad de la Asociación Nana se hace especialmente visible. Su música, sus movimientos, sus calcetines deslizándose por el suelo. El ritmo avanza a golpe de uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho; las palmas marcan el pulso, las carreras atraviesan el espacio, los pañuelos dibujan trayectorias en el aire. Hay gestos clavados, miradas fijas, sonrisas que se escapan y expresiones que parecen contener un mensaje. Todo compone un relato colectivo, una pieza escénica que no se construye únicamente a base de ensayos, sino también de escucha, acompañamiento y diálogo. Detrás de esa aparente espontaneidad existe una metodología trabajada durante años, con avances, errores y autocrítica, que busca fortalecer la confianza, estrechar vínculos y abrir espacios para que cada persona encuentre su propia forma de expresarse.

Esas herramientas, cultivadas a lo largo de trece años de trayectoria de Nana, se compartirán en Melilla durante el XXI Congreso Estatal de Cooperativas de Enseñanza, que reunirá a docentes, directores y representantes de centros educativos de diferentes puntos del país. La Asociación Nana participará con un taller de teatro inclusivo destinado a ofrecer recursos que los profesionales puedan adaptar y reproducir en sus respectivos centros. La propuesta, prevista para el jueves 22 a las 13.00 horas en el Hospital del Rey, parte de una convicción que Natalia Díaz, presidenta de la entidad, ha aprendido a sostener con la experiencia: el arte puede abrir caminos de comunicación allí donde las palabras no llegan.

El vínculo con el Colegio Enrique Soler, organizador del congreso en la ciudad, tiene también su propia historia. Díaz recuerda que ambas entidades coincidieron en los comienzos del proyecto de Nana, cuando el centro educativo se implicó en un acto social de homenaje a un niño que formaba parte de la asociación y que había sufrido un cáncer que obligó a amputarle una pierna. Aquella experiencia creó un canal de comunicación que permaneció abierto, aunque el ritmo de los proyectos y las obligaciones cotidianas fueran aplazando nuevos encuentros. La invitación al congreso recupera ahora esa relación y reconoce el trabajo desarrollado con la infancia y la juventud melillenses. "Les pareció interesante poder organizar un taller de teatro inclusivo para enseñar herramientas, compartir más que enseñar", explica Díaz. En ese matiz, en la voluntad de compartir antes que impartir una lección, se encuentra buena parte del sentido de su propuesta.

La metodología de Nana nació de una necesidad concreta. Durante años, la asociación trabajó con niñas y niños de centros de protección de menores procedentes de otros países, cuya lengua materna no era el castellano. Algunos se expresaban en árabe o amazigh, y la comunicación verbal resultaba difícil. Fue entonces cuando la música, especialmente aquella vinculada a sus culturas, sus raíces y sus recuerdos, comenzó a funcionar como un puente. Díaz descubrió que, antes de comprender las palabras, aquellos menores necesitaban percibir algo esencial: que importaban, que alguien estaba dispuesto a acercarse a ellos y a escucharles. "El hecho de poder pertenecer a un espacio donde sí importan, hizo que conectásemos", relata.

A partir de esa conexión, la música encontró su continuidad natural en la expresión corporal, ese lenguaje compartido que permite comunicar emociones incluso cuando las palabras faltan. Los movimientos, los ritmos y los gestos fueron abriendo paso a la dimensión teatral sin que esta tuviera que imponerse desde fuera. El escenario surgió de una relación que ya existía, de la posibilidad de expresarse y ser comprendido desde otros códigos. Pero aquel descubrimiento inicial no convirtió el camino en algo sencillo. Díaz recuerda que desarrollar una metodología exigió años de trabajo, tropiezos y revisiones constantes. Aunque contaba con experiencia en educación primaria, secundaria, universidad y conservatorios de música, pronto comprendió que el trabajo con niñas y niños siempre requiere nuevas formas de adaptarse y acercarse. Había que profundizar, escuchar, entender. Sobre todo, había que abandonar la idea de que la experiencia acumulada bastaba para saber qué necesitaba cada persona.

"Todos tenemos una mochila llena de experiencias, llena de historias", afirma. Sin embargo, cuando esa mochila está cargada de dificultades y vivencias dolorosas en personas todavía muy jóvenes, su peso conmueve de una manera particular. El propósito, explica, no consiste en forzar a nadie a contar su historia, sino en encontrar un nexo de unión y construir un espacio en el que sea posible confiar. El arte ofrece esa oportunidad de apartarse durante unos instantes de las circunstancias que condicionan la vida cotidiana, sin negar lo vivido ni exigir explicaciones inmediatas. Permite descubrir capacidades que, en otros contextos, pueden permanecer ocultas. "Cada persona tiene tantísimo talento", sostiene Díaz, aunque no siempre encuentre oportunidades para reconocerlo. Por eso considera imprescindible atender primero a cada individuo y, después, favorecer su encuentro con el grupo.

Esa mirada es también la que quiere trasladar al profesorado que participe en el congreso. Las herramientas del teatro inclusivo no requieren un escenario profesional ni un grupo con características determinadas. Su punto de partida es mucho más sencillo y, a la vez, más exigente: reconocer la vulnerabilidad que compartimos. En un encuentro educativo, donde se suceden ponencias, clases y experiencias, puede faltar precisamente el tiempo para detenerse y mirar a quienes tenemos cerca. Díaz propone invertir esa dinámica y preguntarse qué queda de nosotros cuando desaparecen los títulos académicos, los cargos y los reconocimientos profesionales. "Si quitamos todos estos títulos, ser doctores, maestros, directores, todos los cargos importantísimos que tenemos en la sociedad, ¿quiénes somos?", plantea.

La respuesta no se encuentra en una técnica complicada. A veces, señala, basta con mirarse a los ojos. Reconocer a la persona que se sienta al lado, detener la mirada en alguien a quien apenas conocemos, prestar atención a su presencia. Ese gesto puede inaugurar una comunicación distinta, sostenida por la intención de conocer al otro sin reducirlo a su profesión o a su función dentro de una institución. El trabajo colectivo puede desarrollarse tanto con treinta participantes como con ciento setenta, porque la inclusión no depende únicamente del tamaño del grupo, sino de la disposición a reconocer a quienes lo forman. Se trata de acercarse desde la igualdad, sin que las diferencias se conviertan en barreras.

En el trabajo diario con las niñas y jóvenes de Nana, esa confianza no aparece de inmediato. Requiere meses de presencia, continuidad y acompañamiento. No basta con acudir a una clase y marcharse; es necesario que las participantes perciban que existe un lugar donde pueden sentirse seguras y confiar en las personas que las acompañan. Díaz recuerda que algunas dicen que se van "a baile", una expresión cotidiana que contrasta con la profundidad del proceso que puede desarrollarse en ese espacio. Cuando la confianza se consolida, comienzan a compartir preocupaciones, experiencias pasadas, problemas presentes y miedos relacionados con el futuro. Son historias personales que no siempre se expresan ante el grupo, pero que encuentran una salida cuando cada joven decide qué necesita comunicar.

En ese momento, explica la presidenta de Nana, aparece una verdad que no depende de representar un papel. Fuera de ese espacio, muchas personas sienten que deben construir una imagen para afrontar las exigencias sociales: mostrarse alegres cuando están tristes o fuertes cuando se sienten débiles. Las propias jóvenes lo verbalizan. "Es que a veces yo me encuentro tremendamente triste, pero tengo que salir a la calle y sonreír", recuerda Díaz. Poner nombre a esas emociones permite reconocer cómo se encuentran y, desde ahí, decidir qué quieren expresar al mundo. El teatro ofrece entonces una posibilidad que trasciende el movimiento y la interpretación: convertir una vivencia en un mensaje, una inquietud en una pregunta y una experiencia individual en una invitación a reflexionar.

Nana cuenta con un teatro donde las participantes pueden subir al escenario varias veces al año para compartir aquello que necesitan decir. Para Díaz, ese privilegio tiene un valor que va más allá de la representación artística. "Ojalá a mí me hubiese pasado cuando era una niña o una adolescente, con todas las dudas y con todas las inseguridades que en aquel momento de mi vida tenía", reconoce. Su reflexión no se limita a la infancia y la juventud. En una sociedad que avanza deprisa y apenas deja tiempo para preguntarse cómo estamos de verdad, considera que los adultos también necesitan espacios de confianza, escucha y encuentro.

La asociación mantiene, además, nuevas vías de cooperación educativa. Díaz explica que Nana ha comenzado a trabajar conjuntamente con Osoki, un centro de formación profesional de Tolosa vinculado a la educación a través del trabajo social, con la intención de conectar a sus respectivos alumnos e impulsar un proyecto compartido. Es otra forma de prolongar el mismo principio: crear oportunidades de encuentro entre personas y contextos diferentes.

Al terminar la tarde en la Granja Escuela, los movimientos siguen su curso, las palmas sostienen el ritmo y las miradas se cruzan entre ejercicio y ejercicio. Lo que sucede en ese local no se agota en una coreografía. Es el resultado de años de aprendizaje, de una metodología que continúa revisándose y de una convicción que Díaz repite sin darla por concluida: cada persona necesita tiempo para descubrir quién es, qué lleva dentro y cómo quiere contárselo a los demás. "Siempre aprendiendo, cada día aprendiendo, y cada año como si comenzásemos de nuevo", resume. En esa disposición a empezar otra vez reside quizá una de las enseñanzas más importantes de Nana hacia la sociedad: para incluir al otro, primero hay que estar dispuestos a mirarnos.

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