De izquierda a derecha: Aurora Pajares, Raquel González y Lara Megía durante el ensayo del teatro inmersivo. -JCF-
La mañana comenzaba en el local de ensayos de Mirrolde Teatro, donde Aurora Pajares, Raquel González y Lara Megía ultimaban los detalles de una propuesta escénica que pronto llegará a los centros educativos de Melilla. Vestidas con el uniforme de Protección Civil y acompañadas de un baúl del que asomaban varias mochilas, las tres intérpretes se metían en la piel del Escuadrón de Rescate, una experiencia inmersiva dirigida al alumnado de sexto de Primaria para enseñar cómo actuar ante una emergencia. Bajo la dirección de Miguel Escutia y con Rubén Abad al frente de la luz y el sonido, la compañía transforma la prevención en un recorrido teatral en el que aprender, participar y tomar decisiones forman parte de una misma aventura.
El ensayo arranca con una bienvenida que introduce a los escolares en su nueva misión: convertirse en integrantes del Escuadrón de Rescate de Protección Civil. Pero antes de afrontar cualquier situación, las intérpretes plantean una primera pregunta: ¿qué significa ser un rescatador? La respuesta espontánea apunta a la valentía y a la idea de salvar a todo el mundo. La escena, sin embargo, sirve para desmontar esa imagen y colocar en el centro una enseñanza fundamental: ayudar no significa correr hacia el peligro, sino saber reconocerlo, protegerse y pedir ayuda. A partir de ahí, el diálogo introduce las cuatro pautas que articulan la experiencia: protegerse, avisar al 112, seguir las indicaciones de los profesionales y ayudar a los demás únicamente cuando hacerlo no implique ponerse en riesgo.
La conversación sobre el teléfono de emergencias permite acercar el aprendizaje a una situación cotidiana. ¿Qué sucede cuando los nervios impiden recordar un número tan importante? Raquel González, Lara Megía y Aurora Pajares convierten esa duda en parte de la representación, recurriendo a la repetición de un movimiento sobre la cara como herramienta para fijar el conocimiento: uno, uno, dos. La regla mnemotécnica se incorpora al juego para que los escolares puedan recordar el número incluso en momentos de tensión. Junto a ella aparece otro elemento esencial del montaje, la mochila de emergencia, que sirve para introducir la necesidad de estar preparados antes de que ocurra cualquier imprevisto. En escena, los objetos dejan de ser simples accesorios y se convierten en recursos para comprender qué hacer y por qué.
La iniciativa nace de la colaboración entre la Consejería de Seguridad Ciudadana de la Ciudad Autónoma de Melilla y la Dirección Provincial de Educación y Formación Profesional, en el marco del Plan de Formación ante Emergencias de Protección Civil en centros educativos no universitarios. El propósito es desarrollar una cultura de la prevención, enseñar a responder de manera adecuada ante diferentes situaciones de emergencia y fomentar actitudes responsables, el respeto al medio ambiente, el pensamiento crítico y la participación ciudadana. Para trasladar esos objetivos a los más jóvenes, la compañía apuesta por una fórmula que combina interpretación, movimiento, interacción y aprendizaje práctico.
Raquel González, responsable también de la dramaturgia, explica que la propuesta surgió de la necesidad de encontrar una forma diferente de transmitir estos conocimientos a los niños y niñas de sexto de Primaria. Una charla puede aportar información, pero no siempre consigue que los contenidos permanezcan en la memoria. La experiencia inmersiva busca precisamente superar esa distancia entre escuchar una recomendación y saber cómo aplicarla. Los participantes no se limitan a observar lo que sucede en escena, sino que se ven implicados en las situaciones, deben responder a las preguntas de las intérpretes y recordar las pautas que se van repitiendo a lo largo del recorrido, formando parte activa de la propuesta.
La dramaturgia ha sido uno de los grandes retos del proyecto. González explica que el trabajo exigía integrar todas las recomendaciones recibidas de los profesionales, señalando especialmente la figura de Antonio Sierras. También, respetar los protocolos de Protección Civil y dar coherencia a una sucesión de situaciones distintas dentro de una sesión de aproximadamente una hora. Para ello, además de contar con las pautas facilitadas por los profesionales y realizar una formación específica junto a sus compañeras, González investigó por su cuenta sobre emergencias y sobre casos en los que los conocimientos adquiridos por niños y niñas habían contribuido a salvar vidas. Entre los ejemplos que despertaron su interés se encuentran los de menores capaces de reconocer señales de peligro y advertir a sus familias, como sucedió durante el tsunami de Tailandia. Esa posibilidad de que un aprendizaje escolar pueda resultar decisivo fuera del aula se convirtió en uno de los motores del trabajo.
La elección del alumnado de sexto de Primaria responde también a esa voluntad de dejar una huella duradera. González considera que se trata de una edad especialmente adecuada, en la que los escolares cuentan con la madurez suficiente para comprender la importancia de las pautas, aunque la actividad se desarrolle desde el juego. La intención es que interioricen las recomendaciones, las recuerden cuando crezcan y puedan compartirlas con sus padres, hermanos y otras personas de su entorno. El aprendizaje, por tanto, no termina cuando se cierra el baúl y concluye la representación: aspira a extenderse a los hogares y a formar parte de la manera en que los niños interpretan los riesgos que los rodean.
Lara Megía pone el acento en el carácter vivencial de la propuesta. La compañía ha diseñado un recorrido en el que los escolares tendrán que enfrentarse, desde la ficción, a situaciones relacionadas con incendios, inundaciones, terremotos y tsunamis. El objetivo es que no solo escuchen qué deben hacer, sino que puedan situarse ante cada escenario, identificar los riesgos y ensayar las respuestas adecuadas. Para Mejía, la repetición de las pautas y la participación activa permiten que las herramientas se asimilen de una manera más eficaz que mediante una explicación exclusivamente teórica.
Los escenarios se han planteado en espacios distintos para acercar las recomendaciones a las circunstancias en las que puede producirse una emergencia. Un incendio en el colegio no presenta exactamente las mismas condiciones que uno en casa o en un entorno natural. Del mismo modo, una inundación puede estar relacionada con lluvias intensas y crecidas, mientras que la condición costera de Melilla hace pertinente abordar también el riesgo de tsunami. El terremoto se incorpora tanto por las medidas de autoprotección que requiere como por su posible relación con otros fenómenos. La propuesta trata así de mostrar que, aunque existen pautas comunes, cada emergencia exige reconocer sus características y adaptar la respuesta.
Aurora Pajares, por su parte, destaca la dimensión lúdica del montaje como una de sus principales fortalezas. La interpretación y el juego sirven para que los alumnos se sientan cómodos, participen y aprendan sin perder de vista la seriedad de los contenidos. La intención es que la experiencia les permita recordar qué hacer cuando se encuentren ante una situación real y que puedan recurrir a lo aprendido en el colegio. Para Pajares, resulta esencial que los niños comprendan que actuar correctamente no significa exponerse, sino reconocer cuándo deben pedir ayuda, cómo protegerse y por qué es importante escuchar a quienes conocen los protocolos de emergencia.
La parte física de la representación contribuye a convertir esas explicaciones en imágenes fáciles de recordar. Una tela recrea una nube de humo que permite mostrar de manera visual cómo puede afectar a las personas durante un incendio y por qué es importante evitar inhalarlo. Las intérpretes utilizan este recurso para explicar que el humo puede resultar incluso más peligroso que las llamas y que es necesario conocer las pautas de actuación adecuadas. A través de escenas y ejemplos concretos, el alumnado también puede reflexionar sobre decisiones cotidianas que, en una emergencia, adquieren especial relevancia, como utilizar el ascensor o recurrir a fuentes de luz que puedan aumentar el riesgo.
Además, Megía explica que el diseño también tiene en cuenta las diferentes reacciones que pueden aparecer ante el miedo. Algunos niños pueden quedarse paralizados; otros, movidos por el deseo de ayudar, podrían precipitarse y exponerse innecesariamente. Por eso, la experiencia incluye situaciones que permiten trabajar ambas respuestas y recordar que la prioridad siempre es protegerse y seguir las indicaciones de los profesionales. No se trata de fomentar una reacción heroica ni de exigir que todos respondan de la misma manera, sino de ofrecer herramientas sencillas que ayuden a mantener la calma, reconocer el peligro y tomar decisiones más seguras.
El trabajo de Mirrolde Teatro se apoya en un equipo que va más allá de las tres actrices que aparecen en escena. Miguel Escutia dirige el proyecto y acompaña el desarrollo de la propuesta desde su experiencia al frente de la compañía, mientras que Rubén Abad se ocupa de la luz y el sonido, dos elementos que contribuyen a construir los ambientes de la experiencia. González, Megía y Pajares reconocen la importancia del trabajo colectivo y, especialmente, la complejidad de convertir los conocimientos técnicos en una dramaturgia que resulte comprensible y atractiva sin perder rigor. La documentación, la preparación previa y la coordinación entre los integrantes del equipo han sido esenciales para dar forma al resultado.
La propuesta tendrá una duración aproximada de una hora y está prevista para todos los centros educativos de Melilla. El calendario contempla el comienzo de las sesiones a finales de octubre, su continuidad durante noviembre y la previsión de finalizar a finales de ese mes. La organización incluye dos sesiones en aquellos colegios que cuentan con varios grupos de sexto de Primaria, de manera que el alumnado pueda participar en condiciones adecuadas. González, que también ha asumido el contacto con los centros para coordinar la actividad, señala que la iniciativa ha despertado interés entre los equipos educativos, que encuentran en este formato una herramienta útil para trabajar contenidos que forman parte de la formación escolar.
En el local de ensayos, mientras las intérpretes repasan sus intervenciones y dan forma a las distintas situaciones, el baúl y las mochilas de emergencias resumen el espíritu de una propuesta que pretende dejar algo más que una experiencia entretenida. El Escuadrón de Rescate busca que los escolares se lleven consigo conocimientos concretos: reconocer un peligro, protegerse, llamar al 112, seguir las instrucciones de los profesionales y ayudar solo cuando sea seguro. A través del teatro, Mirrolde convierte la prevención en una vivencia compartida y acerca a los más jóvenes a una realidad que quizá nunca tengan que afrontar, pero para la que conviene estar preparados. Porque, llegado el momento, recordar una pauta sencilla y actuar con calma puede marcar la diferencia para uno mismo y para quienes están alrededor.
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