Los dedos de Carlos Ramírez comienzan a acariciar las cuerdas de dos instrumentos, uno de ellos un laúd, de origen turco, dejando fluir un sonido que trae consigo ecos del pasado. Melodías populares traídas desde las costas de Turquía resuenan en la sala de la Consejería de Cultura de Melilla, mientras el público, en absoluto silencio, se deja llevar por el viaje sonoro. De pronto, la voz de Isabel Martín se alza, profunda y clara, llena de emoción, surcando el espacio como un canto antiguo que renace. La música se vuelve tenue, casi imperceptible, como un acompañamiento respetuoso que deja todo el protagonismo a la hondura, al brillo, de su voz y la fuerza de unas letras que hablan desde la profundidad de la riqueza cultural del Mediterráneo oriental.
La sala está repleta. La atmósfera es íntima. La percusión y la cuerda se funden. Carlos Ramírez cambia de instrumento, puntea, arrastra los dedos por trastes móviles que caracterizan a los cordófonos que lo acompañan. Isabel Martín marca el ritmo con precisión de sus dedos, golpeando con exactitud en el lugar preciso, mientras su voz recorre con emoción cada rincón del lugar. Ambos, toledanos de origen, llegan desde un pequeño pueblo de Cáceres para ofrecer a Melilla un lenguaje musical que se construye entre orillas, entre memorias, entre sonidos que conectan el presente con un pasado compartido bañado por el mar. Cada golpe de tambor, cada nota, cada susurro, cada desgarro vocal, parece contar una historia ancestral. No solo interpretan música: la invocan, la cuidan, la regalan con respeto y amor.
El concierto “Sefarad en el Mediterráneo”, organizado por la asociación Mem Guímel y subvencionado por la Ciudad Autónoma de Melilla a través de su Consejería de Cultura, Patrimonio Cultural y del Mayor, no es una actuación más en la agenda cultural de la ciudad. Es una experiencia sensorial y emocional que permite al público acercarse a las músicas tradicionales del Mediterráneo desde la raíz, desde el conocimiento y desde el descubrimiento.
La propuesta de Milo ke Mandarini no es una fusión de estilos, no es una música contemporánea, es una obra que recupera la tradición desde la oferta del diálogo directo entre voz e instrumentos. Es una investigación viva sobre las tradiciones musicales que habitan en el Mediterráneo, que han viajado de generación en generación y que aún laten con entre las falanges de los dedos de artistas musicales. Su repertorio abarca piezas sefardíes, griegas, turcas, árabes, castellanas, todas con un punto en común: son canciones que nacieron del pueblo, de sus emociones, sus ritos, sus historias de amor, pérdida, celebración o exilio.
En entrevista exclusiva con El Faro de Melilla, Isabel y Carlos comparten el significado de su proyecto artístico. “Milo ke Mandarini significa manzana y mandarina en griego. Es el título de una canción que interpretábamos en nuestros inicios, y decidimos quedárnoslo como nombre del dúo. Además, representa muy bien nuestra conexión con la cultura mediterránea y con Grecia en particular”, explica la vocalista y percusionista. Un nombre que refleja esa mezcla de dulzura y raíz que impregna su música.
La idea de trabajar sobre la música tradicional del Mediterráneo surgió de una inquietud común: entender y compartir las músicas populares desde su origen. “Hablamos del Mediterráneo como un todo, pero en realidad es un conjunto inmenso de culturas, lenguas y sonoridades. Sin embargo, todas comparten elementos: la música como herramienta de cohesión comunitaria, como expresión del alma de un pueblo”, detallan. En ese sentido, su enfoque no es académico, sino vivencial. Han recorrido países, tomado clases con músicos locales, asistido a talleres, escuchado archivos sonoros, leído cancioneros antiguos. Su trabajo es una mezcla de investigación, pasión y entrega.
A lo largo del concierto, el público melillense fue testigo de esa riqueza musical. Las canciones, muchas de ellas cantadas en judeoespañol, trasladaban al oyente a escenarios lejanos en el espacio y el tiempo. Una hablaba de una joven que se enamora de un muchacho sin tierras, que observa en ella las viñas que tanto ambiciona. Parte de su repertorio incluye canciones como un canto de bodas, una música tradicional en algunas comunidades sefardíes de los Balcanes. Otra, un romance compartido entre los pueblos del norte de África y el sur de Italia. Historias universales, envueltas en melodías ancestrales con simbología cultural de cada región y rincón.
Uno de los elementos más distintivos de Milo ke Mandarini es su compromiso con la interpretación de cada pieza. Para ello, utilizan instrumentos tradicionales, algunos de los cuales son poco conocidos en España. Carlos toca diferentes instrumentos de cuerda como el laúd turco o el tambur griego. Isabel domina la percusión de marco y los ritmos que acompañan el canto tradicional, además de una voz que combina técnica, emoción y conocimiento profundo de las ornamentaciones vocales propias de cada tradición. “A veces la gente cree que usamos instrumentos antiguos, pero en realidad todos están vivos. Se siguen utilizando hoy en día en contextos tradicionales. Nosotros nos hemos preocupado por aprender las técnicas originales. No se trata solo de tocar bien, sino de tocar con sentido”, sostiene.
Isabel añade que, en lo vocal, ha estudiado con cantantes griegos, turcos, búlgaros y árabes. “Cada tradición tiene una forma distinta de emitir la voz, de ornamentar, de respirar. Aunque luego adaptemos todo a nuestra propia manera de hacer, intentamos acercarnos con respeto y honestidad a esas técnicas”. De hecho, su repertorio, aunque incluye canciones en diferentes lenguas, suele centrarse en el castellano y en el judeoespañol, lenguas que les permiten también establecer un puente con el público.
La respuesta de los asistentes fue calurosa y emocional. En muchos momentos del concierto se percibía una conexión, una devoción por el lenguaje musical que este dúo toledano ha regalado al público que lo escuchaba en silencio y aplaudía con fuerza. No solo por la calidad interpretativa, sino por la capacidad de ambos de comunicar emoción, belleza, memoria. Las piezas eran presentadas brevemente, contextualizadas con historias que ayudaban a entender su origen y su significado. No era solo un espectáculo musical: era un acto de transmisión cultural.
“Hay muchas conexiones entre las músicas del Mediterráneo. No solo en las escalas o los ritmos, sino en el espíritu. Las canciones hablan de la vida cotidiana, de lo sagrado, de lo íntimo. En el fondo, compartimos una forma de vivir, de celebrar, de llorar”, reflexiona los músicos. Ese espíritu se hizo presente en Melilla, ciudad abierta al mar, al encuentro, al cruce de culturas. El público, principalmente maduro compuesto por hombres y mujeres, se deleitó desde el primer acorde con una oferta presentada sobre el escenario improvisado de la pequeña sala de la Consejería de Cultura, vestida de un lenguaje especial, profundo y evocador.
Mientras Carlos mantenía la mirada fija en sus instrumentos, Isabel cerraba los ojos y dejaba salir la magia. Cada instrumento representaba una región, un sentido. Cada canción, una historia. Cada acorde, un fragmento de memoria colectiva. En la Consejería de Cultura, aquella tarde del 19 de noviembre, el Mediterráneo dejó de ser una línea en el mapa para convertirse en un espacio compartido de identidad y emoción.
La propuesta de Milo ke Mandarini es un acto de resistencia cultural: traer al presente las músicas del pasado sin desvirtuarlas, sin convertirlas en producto, sino en puente. Un trabajo de recuperación, pero también de reinterpretación sensible. Una apuesta por lo esencial en un mundo de ruido. No es folclore, ni academia, sino música que representa el arraigo, la variedad cultural, las tradiciones populares y las conexiones entre culturas más allá de los límites geográficos.
Melilla acogió con respeto y admiración esta propuesta artística. En un mundo acelerado, donde lo inmediato domina, este concierto fue una invitación a detenerse, a escuchar con atención, a dejarse tocar por la belleza de lo sencillo y lo profundo. Fue un encuentro con el alma de los pueblos mediterráneos, desde el sonido y la voz.
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