Memoria y desgarro: María Terremoto y Diego del Morao incendian la noche flamenca de Melilla

La cantaora jerezana y el maestro de la guitarra compartieron escenario este jueves en la III Muestra Flamenca de Melilla

La III Muestra Flamenca de Melilla abrió de nuevo sus puertas este jueves en el salón de actos de la UNED con una de esas citas capaces de transformar un escenario en un refugio para el arte jondo. A las ocho de la tarde comenzaron a sonar las primeras palmas secas, el tacón golpeando el suelo y ese silencio expectante que solo aparece cuando el flamenco está a punto de romper el aire. Entonces apareció María Terremoto. Y con ella entró también Jerez.

La presencia de la cantaora gaditana supuso además la continuidad de una semana marcada por grandes nombres del flamenco en la ciudad. Si Diego del Morao había sido el encargado de inaugurar la III Muestra Flamenca este miércoles desde la maestría de su guitarra, este jueves regresaba al escenario melillense para unirse a la voz de María Terremoto en una propuesta cargada de memoria, complicidad y herencia flamenca.

No hizo falta demasiado para entender que la noche iba a sostenerse sobre algo más profundo que la música. A capella deslumbró María con su entrada al escenario. Sin micrófonos, de pié, entre "sus niños guapos", como ella los llama; los palmeros que pusieron la atmósfera inicial, marcando el pulso de la voz. Durante la noche, bastaron unas palabras dichas con cercanía y agradecimiento para que el público sintiera la dimensión de lo que tenía delante. "Muy buenas tardes a todos. Es un placer estar aquí, en este pedazo de festival, con esta pedazo de programación", destacó la artista cogiendo asiento sobre el escenario.

A su espalda, todavía entre las telas del escenario, esperaba Diego del Morao. Y así, en ese momento se produjo un encuentro histórico. El músico entró con la guitarra descansando entre sus manos como una extensión natural de su cuerpo hasta ocupar su asiento a la vera de María. Y en cuanto María habló de él, habló también de memoria, de escenarios compartidos entre Del Morao y su familia, de herencias compartidas. En el fondo, de ese flamenco que pasa de generación en generación, que se lleva dentro desde niño y que permite conectar trayectorias y momentos.

Porque María Terremoto no llega al flamenco desde fuera. Nació rodeada de él. Creció escuchándolo en el barrio de Santiago de Jerez. Su apellido pesa en la historia del género. Nieta de Terremoto de Jerez e hija de Fernando Terremoto, María pertenece a una estirpe marcada por el compás y el desgarro, por voces que dejaron huella en el flamenco y que todavía sobreviven en la memoria colectiva. Pero lejos de quedarse atrapada bajo el peso de ese legado, la cantaora ha sabido encontrar una voz propia, poderosa y visceral, capaz de sostener por sí sola todo un escenario.

"Cantar con la guitarra del genio Diego del Morao es un honor y un lujazo", destacó ante el público melillense. Con estas palabras, María evocó sobre el escenario la estrecha relación artística y personal que durante años unió al guitarrista jerezano con su familia, especialmente con su padre, Fernando Terremoto.

Las palabras todavía flotaban en el salón cuando Diego atacó las primeras notas. La guitarra abrió camino lentamente, con ese sonido limpio y profundo que parece tantear el ambiente antes de romperlo. Los palmeros entraron detrás, sosteniendo el compás con precisión milimétrica. Eran el pulso invisible de la actuación. El motor que mantenía viva la tensión del escenario. Subían la intensidad cuando el cante se desgarraba y reducían el volumen casi hasta el susurro cuando la canción se recogía hacia dentro. No acompañaban únicamente: respiraban junto a María y Diego.

Entonces apareció la voz. Primero quebrada. Después inmensa. La soleá abrió la noche antes de dar paso a bulerías, tangos y fandangos. María Terremoto canta con todo el cuerpo. No permanece quieta sobre la silla. Sus extremidades superiores depuran el grueso de la historia que estremece con su voz. Sus manos aprietan el aire, los brazos se abren con fuerza y vuelven a cerrarse sobre el pecho, como si intentara contener físicamente todo lo que la garganta necesita expulsar. A veces inclina la cabeza y fija la mirada en un punto lejano. Otras, gira de golpe hacia Diego buscando la entrada exacta del compás y la sintonía, la complicidad natural de dos artistas que se desnudan en su propio arte. Cada gesto parece nacido de la propia letra, de la capacidad de contar y exprimir lo que uno siente en ese relato.

Y mientras ella descarga el cante, Diego del Morao vive abrazado a la guitarra. Hay momentos en los que parece querer levantarse de la silla impulsado por el ritmo. La pierna marca el compás constantemente, el cuerpo se balancea y la música lo arrastra hacia delante. Hacia un lado. Hacia el otro. Pero segundos después vuelve a recogerse sobre el instrumento, casi acurrucado, observando las cuerdas con mimo, como si hablara con ellas desde muy cerca. Sonríe mientras toca. Una sonrisa sincera, de quien disfruta verdaderamente del momento. No es una actuación cualquiera, es un momento escénico de complicidad y arropo mutuo.

Las miradas recorren continuamente el escenario. Van de María hacia Diego, de Diego hacia los palmeros, de los palmeros hacia la cantaora. Hay una conversación permanente entre los cuatro artistas. Un diálogo hecho de compás, de silencios y de pequeños impulsos espontáneos. ¡Diego! ¡María! ¡Vamos ya! ¡Olé!, se deja escuchar sobre el escenario.

Palabras secas, casi monosílabos lanzados al aire que, dentro del flamenco, significan mucho más de lo que dicen. Significan “ahí es”, “sigue por ahí”, “eso está sonando”. Y el público, mientras tanto, asiste a esa especie de intimidad compartida que por momentos deja de parecer un espectáculo para convertirse en una escena familiar. Como si uno estuviera observando una reunión improvisada nacida en un patio jerezano, donde el cante surge solo y cada uno sostiene al otro cuando le toca tomar el centro.

Había instantes en los que Diego desaparecía dentro de la guitarra y otros en los que María parecía olvidarse completamente del escenario para quedarse sola con la letra; con su letra y su sentido íntimo. Entonces los palmeros reducían el golpe, recortaban fuerza y dejaban espacio al silencio. Y después, poco a poco, volvían a elevar el ritmo hasta hacer crecer otra vez toda la escena.

Los “¡ole!” comenzaron a brotar desde las butacas de forma esporádica. El público acompañaba las subidas del cante y celebraba cada remate de guitarra. Y sobre el escenario seguían cruzándose sonrisas, nombres y pequeños comentarios improvisados que alimentaban todavía más la sensación de cercanía, disfrute y familiaridad.

Había algo especialmente conmovedor en la manera en que todos se entendían. No era únicamente admiración artística. Había historia detrás. Y esa memoria parecía aparecer constantemente entre acorde y acorde, como si el flamenco encontrara también una forma de conservar a quienes ya no están.

La cantaora jerezana, considerada desde hace años una de las figuras jóvenes más importantes del panorama flamenco, posee además esa apreciada capacidad de llevar al público desde la celebración hasta el recogimiento en cuestión de segundos. Cuando el cante hablaba de pérdida o dolor, María se encogía sobre sí misma antes de romper el aire con un quejío desgarrador. Y ahí el salón entero parecía contener la respiración.

Pero el flamenco también tiene fiesta. Tiene encuentro. Tiene celebración. Y eso apareció constantemente durante la actuación. María sonreía hacia los palmeros, celebraba el compás compartido y lanzaba palabras cariñosas entre canción y canción.

Porque lo ocurrido en la UNED no fue simplemente un recital. Fue una reunión flamenca llevada a un escenario. Una noche donde la guitarra, la voz y las palmas se buscaron continuamente hasta convertirse casi en un mismo instrumento. Una noche de memoria, herencia y duende.

Y así, entre soleás, bulerías y tangos, el cuarteto terminó conquistando Melilla con una actuación llena de raza, emoción y verdad. Una de esas noches en las que el flamenco deja de ser música para convertirse en algo que atraviesa por dentro e invita a acelerarte en la fuerza de su ser.

Y así la historia de esta III Muestra continúa este viernes y sábado en la Peña Solera Flamenca con las actuaciones de El Canita y Águeda Saavedra, ambas a las 22 horas.

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