Los melillenses no son un "problema demográfico" que requiera redistribución electoral. Son un activo económico estratégico infrautilizado que podría revolucionar las relaciones comerciales hispano-marroquíes. Si Marruecos dimensionara esto, en lugar de reclamar Melilla, invertiría masivamente en potenciar las capacidades melillenses como su puerta de entrada al mercado europeo. La ironía: Melilla podría ser más valiosa para Marruecos manteniéndose española, con acceso privilegiado a mercados europeos, que siendo marroquí.
Mientras el BOME del viernes nos habla de secciones electorales que se redistribuyen por presión demográfica e Imbroda reclama nueva jerarquía autonómica, la realidad es que Melilla posee algo que ningún territorio en el mundo tiene: traductores comerciales naturales entre África y Europa. En cambio, los melillenses dominan códigos, regulaciones y gustos tanto del mercado español como del marroquí. Conocen exactamente qué productos africanos triunfarían en España y cómo posicionarlos. Tienen redes comerciales consolidadas durante décadas en toda la Península y relaciones familiares transfronterizas que ningún intermediario puede replicar.
Son expertos en logística fronteriza, capaces de "traducir" productos entre mercados diferentes. Con ciudadanía española, ofrecen acceso directo a 47 millones de consumidores españoles y 450 millones de europeos. Una vez posicionado un producto marroquí en España, la expansión europea está servida.
Aquí está el dato que ningún político quiere mencionar: cada melillense genera una renta per cápita de 22.053 dólares, superando la media española en muchos sectores. Mientras Marruecos lucha por alcanzar los 3.456 dólares per cápita, los melillenses ya viven en una economía desarrollada seis veces más próspera que la marroquí.
Esta no es una cifra abstracta. Es la demostración empírica de que la fórmula melillense funciona: población africana, administración española, acceso europeo. ¿Qué país destruiría voluntariamente un modelo que multiplica por seis la prosperidad de su población?
Marruecos ve Melilla como territorio que "recuperar". Debería verla como su mejor embajada comercial en Europa. Los melillenses podrían convertir a Marruecos en proveedor preferente de España en alimentación, artesanía, servicios. Pero marcos político-administrativos rígidos y desconfianza mutua frenan este potencial.
La bomba de relojería demográfica está marcando: Melilla tiene la tasa de natalidad más alta de España y la menor edad media del país.
Mientras Europa envejece, Melilla se rejuvenece.
En una década (¿tarde?), estos 86.000 habitantes podrían ser 120.000, todos con pasaporte español, todos con conexiones familiares transfronterizas, todos bilingües en árabe y español.
Marruecos tiene dos opciones: o reclama un territorio que perderá su principal ventaja económica, o invierte en convertir a estos futuros 120.000 melillenses en la red comercial más sofisticada entre África y Europa.
El acuerdo bilateral emergente entre Nador y Melilla no es solo cooperación fronteriza, es el embrión de lo que podría ser la zona económica transfronteriza más innovadora del Mediterráneo. Nador, con su puerto en expansión y conexiones con el hinterland africano, y Melilla, con su acceso privilegiado al mercado europeo, conforman una complementariedad económica natural que trasciende disputas territoriales.
y aquí entra la figura de Mustafa Aberchán.
Líder desde su fundación de Coalición por Melilla, quien durante décadas ha sido el arquitecto silencioso de la buena vecindad entre ambas orillas. Aberchán, más allá de controversias judiciales, entendió algo que las cancillerías aún no captan: la prosperidad compartida trasciende las fronteras administrativas. Sus acuerdos de cooperación transfronteriza fueron el laboratorio.
Laboratorio.
Sí.
Fueron el laboratorio donde se demostró que Nador y Melilla podían funcionar como una unidad económica bicéfala.
Imaginen esta ecuación: Puerto Nador + redes melillenses + mercado europeo = la primera autopista comercial directa África-Europa sin intermediarios. Los melillenses podrían ser los arquitectos de una nueva ruta comercial que conecte directamente los mercados emergentes africanos con los consolidados europeos. (¿estamos?)
La visión Aberchán se adelantó a su tiempo: mientras Madrid y Rabat discutían soberanías, él construía puentes comerciales. Sus acuerdos de buena vecindad no eran diplomacia, eran ingeniería económica. Productos del Atlas marroquí posicionados en El Corte Inglés gracias al expertise melillense. Startups tecnológicas africanas accediendo a inversión europea a través de redes comerciales forjadas en los cafés de la Plaza de España. (por no hablar del boom en Deportes y la posición de Melilla como epicentro) Es el capitalismo del futuro: local, cultural, ‘authentically global’.
La realidad que ni Rabat ni Madrid quieren asumir: Melilla ya funciona como zona económica especial de facto. Su PIB per cápita supera al de muchas regiones españolas, su crecimiento demográfico es único en Europa, su población es culturalmente bicéfala y económicamente sofisticada.
Desde los '90 ya se sabía: cuando se firmó el tratado de amistad, buena vecindad y cooperación en 1991, él ya visualizaba lo que hoy llamamos zona económica transfronteriza. Sus políticas de cooperación local fueron el 'prototipo beta' de lo que ahora economistas internacionales proponen como modelo a gran escala.
¿Qué pasaría si, en lugar de discutir soberanía, ambos países compitieran por potenciar Melilla? ¿Si Madrid ...
¿Si Madrid invirtiera en convertirla en el hub tecnológico del Mediterráneo y Rabat en su puerto natural hacia África?
Quizás sea el momento de mirar por uno mismo, pero también de asumir las realidades jurídico-territoriales que las cancillerías ya conocen. Melilla, en cualquier documento oficial internacional, figura como territorio africano bajo administración española. Esta no es una provocación política, sino una realidad cartográfica y jurídica que el Derecho Internacional reconoce desde 1960.
Los políticos harían bien en asentar política territorial no desde las redistribuciones de la Junta Electoral Central, sino desde la aceptación de esta africanidad como activo estratégico. El derecho de autodeterminación, consagrado en la Carta de la ONU , y el principio de integridad territorial, establecido en las resoluciones sobre descolonización, crean un marco jurídico complejo que requiere soluciones innovadoras más que posturas maximalistas.
La verdadera política territorial para Melilla no debería consistir en redistribuir electores en 12 kilómetros cuadrados, sino en convertir esos 12 kilómetros en el laboratorio geopolítico donde Europa y África experimenten nuevas formas de convivencia económica, cultural y jurídica.
Melilla podría ser el Hong Kong del Mediterráneo.
El Singapur del Estrecho.
El Mónaco de África... pero para eso se necesita visión estratégica que trascienda el cortoplacismo electoral.
Mientras se publican decretos sobre secciones electorales, se ignora que 86.000 melillenses podrían ser los protagonistas de la transformación geoeconómica del Mediterráneo occidental, si existiera la lucidez política de entender que en el siglo XXI, los territorios no se administran, se potencian.
La pregunta que nadie se atreve a hacer: ¿Y si Melilla fuera el experimento más exitoso de integración África-Europa de la historia moderna, y nadie se hubiera dado cuenta?
La respuesta que aterra a las cancillerías: Ya lo es.
He aquí mi opinión, todo lo expuesto sugiere que la mejor política para territorios complejos es no tener política. Que Melilla prospera precisamente porque ha funcionado en una zona gris administrativa donde las grandes estrategias nacionales, ahora no llegan.
Es decir: el éxito melillense desafía la ortodoxia de la planificación estatal.
Y todo parte de considerar viabilidades atendiendo a Melilla como Territorio africano.
(Derecho Internacional)
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