Melilla deja huella en cada visitante

Los guías turísticos Patricia Giles y José Oña no solo muestran una ciudad, sino que cuentan una historia, la hacen sentir y la convierten en memoria

Melilla no es solo una ciudad en el extremo sur de Europa, entre el mar y África. Es una experiencia, un descubrimiento inesperado que, para quien se anima a cruzar el umbral del desconocimiento, deja una huella profunda. Y esa huella tiene mucho que ver con la manera en que los visitantes viven la ciudad a través de los ojos, las palabras y la pasión de sus guías turísticos. Entre ellos, Patricia Giles (de Melilleando Tour) y José Oña representan a una generación de profesionales que no solo muestran una ciudad, sino que cuentan una historia, la hacen sentir y la convierten en memoria.

En una semana especialmente intensa, Patricia Giles ha compartido cómo el trabajo de guía va mucho más allá de recitar fechas y describir monumentos. En los próximos días, su agenda está marcada por un congreso médico que traerá a Melilla a un nutrido grupo de odontólogos. Con ellos recorrerá el centro histórico durante las mañanas del jueves y domingo, desgranando los secretos del modernismo melillense, un patrimonio arquitectónico que sorprende incluso a los viajeros más experimentados.

Pero el momento más esperado para ella llega el próximo sábado. Ese día llevará a cabo una de sus rutas estrella: la de la fortaleza de Melilla. Será un grupo de 25 personas, pero una pareja en particular ha despertado en Patricia una emoción especial. Aunque no ha querido revelar los detalles, deja entrever que este encuentro será significativo y un reto como guía. “Hay veces que me sorprenden las personas que llegan a Melilla… y esta vez no es la excepción”, ha comentado con entusiasmo.

Por la tarde, volverá al modernismo con un grupo más pequeño, en un ambiente más familiar. Este tipo de rutas, más íntimas, permiten un contacto directo y cálido con los visitantes y suelen convertirse en momentos memorables para todos.

Las emociones, de hecho, no faltan en los recorridos. Patricia ha recordado con cariño la visita de hoy de un grupo procedente de Valencia. Tres personas, dos de ellas nacidas en Melilla pero que llevaban décadas viviendo fuera, regresaban con un objetivo claro: reencontrarse con su ciudad. La tercera, un valenciano que había vivido una pérdida reciente, encontró en ese viaje una forma de sanar. “Muy emotivo, la verdad. La vida sigue, hay veces que hay que echar para adelante”, ha reflexionado Patricia Giles, emocionada por la conexión que se ha generado durante la visita. El grupo incluso decidió cruzar a Nador para almorzar, completando así una experiencia de reencuentro y descubrimiento.

José Oña, por su parte, también vive jornadas intensas. Durante el fin de semana ha guiado a visitantes de toda España (Ceuta, Cartagena, Murcia, Madrid) e incluso de México. “He tenido un grupo esta mañana y otro ayer por la tarde; la ciudad está viva de visitantes”, ha comentado. Y no solo él, sus compañeros también se reparten rutas para mostrar los distintos rostros de Melilla.

Una de las visitas recientes más entrañables fue la de un grupo procedente de Huelva. Nueve personas motivadas por dos mujeres, Concha y María Teresa, que trabajaron en Melilla hace décadas y quisieron compartir con sus amigos y familiares el lugar donde vivieron parte de sus vidas. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron la transformación que ha vivido la ciudad. “No habían visto la rehabilitación de Melilla la Vieja, ni lo bien conservado que está el modernismo”, ha contado Patricia. Hacía al menos treinta años que no pisaban Melilla y lo que encontraron superó sus expectativas.

En todas estas historias se entrelazan la emoción, el descubrimiento, la nostalgia y la alegría. Porque Melilla no es un destino turístico al uso. Es una ciudad que despierta curiosidad, que rompe estereotipos y que atrapa a quien se atreve a conocerla. Y esa huella que deja en cada visitante tiene nombre y rostro: el de los guías que la cuentan con pasión.

A través de sus palabras, Melilla habla. Y cuando alguien se va, lo hace con algo más que fotos. Se lleva el eco de una historia que aún vibra entre murallas, fachadas modernistas y callejuelas llenas de vida. Una historia que, gracias a quienes la guían, deja una marca imborrable en el corazón de cada viajero.

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