El sector turístico de Melilla afronta un momento de transformación decisivo, con la necesidad urgente de adaptarse a la nueva competencia de las conexiones directas península-Marruecos y de modernizar un sistema fronterizo que presenta esperas -de hasta ocho horas- que alejan a los visitantes. La Ciudad debe responder al desafío competitivo que supone que viajar desde la península a Nador resulte más económico y cómodo que llegar a la propia Melilla.
Ildefonso Menéndez, responsable de las agencias de viaje de la ciudad, reconoce la complejidad del reto: "Es muy difícil competir con el Gobierno de Marruecos, porque ten en cuenta que tienen las clases por el banco, ellos en un momento dado, en vez de tardar tres horas, tardan seis, y nadie les dice nada".
Los números son demoledores. Mientras que una familia de cuatro personas con vehículo paga "cerca de mil euros" para llegar a Melilla en la OPE, el mismo trayecto hasta Beni Enzar desde Almería cuesta "600 euros", según detalla Menéndez. Una diferencia de 400 euros que marca la diferencia entre elegir Melilla o su vecina marroquí.
"La OPE, yo la veo más floja, también las noticias y los comentarios que están mucho más flojas que otro año", admite el experto del sector, quien identifica las causas de esta debacle: "Después cuando llegas a Melilla, primero que es más caro, y después llegas a Melilla y tienes que cruzar la frontera de Beni Enzar, y también en las mínimas dos horas, o incluso tres, no te la quita nadie".
Las colas fronterizas se han convertido en el mayor enemigo del turismo melillense. "El año pasado hubo días que había ocho horas de cola, y eso se comenta entre la operación Paso del Estrecho, y ya te piensan muy mucho venir desde la península a Melilla o desde la península a Beni Enzar", denuncia Menéndez.
La alternativa marroquí ofrece ventajas inalcanzables para Melilla: "En la península de Beni Enzar, pues no tienen las colas, las dos o tres horas de cola, el billete es más barato, no tienes que preocuparte del tema del pasaporte, ni del papel de la dueña, porque todo te va a ser en el barco", enumera el responsable de las agencias.
La Operación Paso del Estrecho también sufre una reducción de servicios que agrava la crisis. "Ya hay menos barcos, o sea, antes había Almería, Motril y Málaga, prácticamente todos los días", recuerda Menéndez, quien constata que "ahora hay algunos, en verano sí, con el tema de la OPE, Almería ha incrementado la salida y Motril también", pero de forma insuficiente.
Actualmente, "Almería creo que son cuatro veces a la semana, o incluso cinco, y también hay una más a Málaga los sábados", una frecuencia muy inferior a las necesidades del tráfico turístico hacia la ciudad autónoma.
Ante esta situación límite, Menéndez aboga por una reconversión radical del modelo económico melillense: "Yo pienso que una de las soluciones de Melilla es el turismo. O sea, más que la aduana, aunque le pese a las personas que tienen negocios en la aduana, pero yo pienso que una de las soluciones es el turismo".
Una declaración que supone un cambio de paradigma en una ciudad históricamente dependiente del comercio transfronterizo, y que "como bien ha apostado el gobierno de la ciudad", según reconoce el experto.
El diagnóstico de Menéndez revela la impotencia de Melilla ante un competidor que controla las reglas del juego: "Es que es muy difícil competir con el Gobierno de Marruecos", sentencia, describiendo una situación donde Marruecos puede alargar los tiempos fronterizos "en un momento dado, en vez de tardar tres horas, tardan seis, y nadie les dice nada".
Esta dependencia del ritmo fronterizo impuesto desde Rabat convierte cualquier estrategia turística melillense en un ejercicio de supervivencia más que de competitividad.
La crisis del turismo melillense trasciende las cifras económicas para convertirse en un síntoma de las limitaciones geopolíticas de una ciudad atrapada entre dos Estados. Mientras Marruecos puede ofrecer alternativas más baratas y cómodas controlando sus propias fronteras, Melilla se encuentra en la paradoja de competir contra un rival que tiene todas las cartas. La apuesta por el turismo como alternativa a la economía de la aduana puede ser la única salida, pero requiere de una coordinación entre gobiernos que, por ahora, parece tan lejana como improbable.
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