El verano, esa temporada tan ansiada por muchos... sobre todo por los hosteleros, que vienen frotándose las manos desde primeros de mayo por saber que las mesas de sus terrazas, por fin, van a estar todas ocupadas. Verano siempre es sinónimo de descanso y vacaciones. De esto último sí, pero de descanso... seguro seguro que quien no descansa es el estómago.
Porque mientras nosotros nos mentalizamos para "desconectar", nuestro pobre sistema digestivo se prepara para el maratón más duro del año. Y es que, por algún extraño fenómeno vacacional, creemos que nuestro cuerpo debe convertirse en un cubo de basura con patas, capaz de procesar cualquier cosa que se nos ponga por delante. "Total, estoy de vacaciones", nos decimos, como si el estómago también hubiera firmado un contrato temporal de inmunidad.
El verano. Esa maravillosa estación en la que los días se alargan, los bikinis se acortan, y los buenos hábitos... desaparecen como cubito de hielo al sol. Porque sí, mientras tú te relajas en la tumbona con un mojito en la mano, tu estómago está en modo guerra.
No nos engañemos. Tú, que el resto del año desayunas avena, bebes agua con limón en ayunas y juras por los probióticos... llegas a julio y te conviertes en una mezcla entre turista gastronómico extremo y concursante de "Come lo que puedas antes de que se caliente".
Bravas, salsas misteriosas, calamares rebozados en aceite de 5 usos, tartares y sushis con más riesgo que emoción. Porque, claro, si en la carta pone "exótico", hay que pedirlo. ¿Hielo en el vaso de agua en Tailandia? Claro que sí, what could go wrong? (qué podría ir peor?).
Y no hablemos del agua. "Beber mucha agua", repite tu yo consciente. Pero terminas con tres latas de refresco azucarado encima de la mesa, un Aquarius (que "rehidrata", dices tú) y ni rastro de lo que de verdad hace falta: agua y, si hace falta, un buen suero oral (aunque no tenga burbujas ni venga con promoción).
Luego llegan los síntomas. Pero claro, es "la calor". Diarreas, vómitos, náuseas, dolor abdominal, gases… y esa escena clásica de Google en plena madrugada: "cuánto tiempo dura una intoxicación alimentaria".
La nutricionista melillense, Rocío Campos, es clara: "Dos de cada diez personas sufren al menos un episodio de intoxicación alimentaria al año, y más de la mitad ocurren en casa. Esto demuestra que no es solo un problema de restaurantes: son los pequeños descuidos los que nos pasan factura."
Porque sí, lector querido: todo esto es culpa tuya. O al menos, de tu versión veraniega que piensa que los microbios también se van de vacaciones.
Rocío Campos, con esa paciencia infinita que solo tienen los profesionales sanitarios, nos recuerda lo obvio que preferimos no ver. Empezando por lo básico, "mantener una buena higiene de manos e instrumental de cocina". Sí, esas manos que tocaron el pasamanos del metro, el móvil sucio y después fueron directas al aperitivo. También insiste en "mantenerse hidratado tomando agua y evitando las bebidas azucaradas". O sea, agua. No Fanta de limón. No cocktails "hidratantes". Agua. Esa cosa transparente y aburrida.
¿Y qué hay de lavar bien los alimentos? "Sobre todo si se consumen crudos", advierte la nutricionista. Porque ese tomate de la ensalada no se lava solo, por muy ecológico que sea. Luego está el tema de "consumir alimentos frescos y bien conservados, evitando que pasen mucho tiempo a la intemperie". Esa tortilla española que lleva tres horas al sol no está "templada", está en peligro de extinción.
Por último, Campos recomienda "mantener tu rutina alimentaria, sin grandes cantidades y evitando alimentos de mala calidad". Porque "estoy de vacaciones" no es una excusa válida para tu sistema digestivo.
"Muchos de los alimentos que consumimos en verano (crudos, poco cocinados o mal conservados) son una trampa si no cuidamos la higiene o la cadena de frío", explica Campos. "Y los síntomas digestivos son el primer aviso".
También recomienda masticar bien, comer despacio, evitar el alcohol y las bebidas gaseosas, y realizar ejercicio físico. Básicamente, todo lo contrario a lo que planeas hacer en tus vacaciones.
Porque no solo es lo que comes, sino cómo lo comes. Los cambios de rutina, el estrés vacacional las comidas a deshoras y esa tendencia veraniega a experimentar con todo lo que tenga aspecto de "auténtico" o "local" sin pensar en las consecuencias.
Y cuando los síntomas aparecen, Campos es tajante: "Es importante ir al médico cuando se den algunos de los siguientes casos: fiebre alta, dolor abdominal intenso, vómitos recurrentes, heces con sangre, deshidratación severa o diarrea. En caso de duda con síntomas persistentes, asistir al profesional de la salud correspondiente."
Así que, antes de pedir otro plato de marisco sospechoso o de dejar la ensaladilla al sol "solo un ratito", recuerda que tu sistema digestivo no tiene botón de reinicio. Hazle un favor: cuídalo. O al menos, no lo tortures.
Porque no hay peor recuerdo de vacaciones que un viaje de ensueño... en el cuarto de baño.
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