Malika es vida y esperanza. A ver, se trata de la encargada –magnífica directora de operaciones- de ‘Miramar’, una cafetería propiedad de don Mohamed Ouasani que, eso, mira al mar, a la Dársena de Pescadores pero que aglutina muchas otras inquietudes al margen de las pesqueras. Es un proyecto de integración social y convivencia sin complejos.
Malika es una luchadora perfecta contra cualquier revés y tira de un carro plúmbeo al que no le pierde de la cara. ¿Qué hay que sacar a una familia adelante?, se saca y punto. ¿Qué hay que defender un negocio a capa y espada?, se defiende y otro punto y ¿Qué hay que poner buena cara en situaciones adversas?, se pone y tercer punto.
Esta portentosa mujer conoce a cada cual y, en base a ese conocimiento, brinda la mejor de sus actitudes. Basta acudir dos veces al ‘Miramar’ para que no te pregunten qué quieres. Lo sabe ella; lleva en su cabeza las cuentas de cada mesa y, a veces, rinde homenaje al cliente –al amigo o amiga- tomando asiento y charla de lo divino y de lo humano, gesto que agradece el personal de forma muy sincera.
Fue, hace tiempo, la encargada de la sede de Unión del Pueblo Melillense (UPM (¿recuerdan aquel partido?) y mantiene unas perfectas relaciones con los máximos responsables de aquella formación que desembocó en el Partido Popular. Se quieren mutuamente y lo demuestran con tertulias a corazón abierto, por las buenas, como debe ser.
UPM se acabó pero Malika no le perdió la vista al contratiempo porque cinco minutos después ya tenía trabajo. No es madre pero podría definirse como una ‘madre coraje’ de la vida. Comanda un barco –su propia existencia y la de los suyos- que tiene claro el norte: trabajo, profesionalidad, tesón, aguante en los temporales y proa al triunfo. Ella triunfa.
Ouasani tiene suerte el bribón porque sabe que su negocio está en las mejores manos, las de Malika. Compra, vende, administra y torea –es buena torera- con todo tipo de seres humanos que decidan tomarse un cafetito –o lo que sea- en el ‘Miramar’. Y mira que entra gente variopinta en el establecimiento.
Su amiga y, sin embargo, compañera que fue, Nadia, ya no le acompaña. Decidió un destino distinto, allende el Mare Nostrum. Formaban una pareja de profesionales admirables. Suelen hablar a diario y, cuando Nadia puede, se acerca a Melilla para visitar a Malika y ésta lo agradece.
En estos tiempos en los que se reclama calidad en el servicio hostelero, no miren a Malika porque ella lo presta desde hace años con una envidiable pulcritud. ‘Malika, un bote de cerveza’.
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