Que Luis Fonsi e Il Divo actúen este verano en Melilla no es simplemente una buena noticia cultural. Es, sobre todo, una declaración con corazón: la afirmación de que la distancia no debe ser condena, y que vivir lejos -al otro lado del charco, en los márgenes no significa vivir al margen de la emoción, de la belleza, de la cultura.
Durante años, la política cultural se ha movido bajo una lógica de jerarquías. Arriba, lo considerado “alta cultura”: el teatro más vanguardista, la música clásica, el arte conceptual. Abajo, todo aquello que emociona a las mayorías: conciertos masivos, pop, televisión, canciones que todos tarareamos.
Pero esa división es injusta y, sobre todo, falsa. Luis Fonsi, con su "Despacito", logró que el español se escuchara en cada rincón del planeta. Il Divo ha llevado el lirismo de la ópera a gente que jamás habría pisado un auditorio clásico. ¿No es eso también cultura? ¿No es, de hecho, una de las formas más poderosas de construir puentes entre personas?
La apuesta que hace Melilla por traer a estos artistas es una manera de reconocer que la cultura de masas también tiene un valor inmenso. Validarla es validar el derecho emocional y simbólico de miles de personas a sentirse parte de algo grande.
Melilla vive su condición periférica de forma muy particular. No es del todo península ni del todo África. Es un punto intermedio, una mezcla de identidades que le da una riqueza única… pero también ciertos desafíos. En cultura, eso muchas veces ha significado depender del exterior. Para ver grandes espectáculos, hay que cruzar el mar. Para acceder a una oferta más diversa, hay que sumar billetes, tiempo, esfuerzo.
Pero algo está cambiando. Traer a artistas de primer nivel rompe esa lógica de espera y desplazamiento. Es decir: “también aquí merecemos vivir lo extraordinario”.
Que el escenario sea la Plaza de Toros no es un detalle menor. Es un espacio cargado de historia, de simbolismo, que ahora se transforma para recibir nuevas expresiones. Melilla se abre, se reinventa, y en ese gesto dice mucho de sí misma.
Es cierto: todo esto tiene un costo. Y los presupuestos públicos no son infinitos. Cada euro que se invierte en un concierto no va a parar a otras iniciativas como talleres, ayudas a artistas locales o mejoras en la infraestructura cultural.
Pero aquí conviene hacerse preguntas con el corazón, no solo con la calculadora. ¿Qué deja más huella en una comunidad: un curso para unos pocos o una noche mágica que une a miles bajo un mismo cielo, coreando una canción que todos conocen?
No se trata de enfrentar una opción con otra. Ambas son necesarias. Una educa y siembra. La otra emociona y une. Ambas son cultura. Ambas construyen ciudadanía.
La clave de una política cultural verdaderamente no está en elegir entre "alta" o "popular", sino en saber combinarlas, darles espacio a todas. Melilla parece estar entendiendo eso. Porque además de estos conciertos, sigue apostando por sus festivales, por sus artistas locales, por sus espacios formativos.
Y esa es la mejor noticia: que la cultura no es una sola, sino muchas. Que hay lugar para el niño que se enamora del teatro en un taller, y para el abuelo que se emociona hasta las lágrimas escuchando "Amazing Grace" en la voz de Il Divo.
Al final, traer artistas así a Melilla es un gesto profundamente humano. Es decirle a la gente: “Tú también mereces sentir esto. No necesitas irte lejos para vivir algo inolvidable”.
Es, en definitiva, una forma hermosa de hacer justicia emocional. Porque la cultura no es un lujo para unos pocos, sino un derecho para todos.
Que Luis Fonsi e Il Divo vengan a Melilla no soluciona todos los retos, claro. Pero sí lanza un mensaje claro, alto y emocionado: aquí también merecemos lo mejor.
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