Ruta Explora guiada por José Oña este sábado. -Cedida por Oña-
Cerca de un centenar de personas acompañaron este sábado a José Oña en una nueva ruta Explora dedicada a los rincones menos conocidos de Melilla la Vieja. La propuesta, organizada por Oxígeno Laboratorio Cultural junto a la Consejería de Cultura, se apartó de los recorridos más habituales para detenerse en fosos, túneles, baluartes, explanadas y antiguos accesos por los que muchos melillenses pasan cerca sin haberlos recorrido nunca. Durante algo más de hora y media, Oña fue hilando la historia de la ciudad a partir de esos espacios, pero también de las preguntas que todavía permanecen abiertas sobre ellos.
"El tema eran los rincones olvidados o puntos olvidados de Melilla la Vieja, aquellos lugares a los que casi no se va", explica Oña al recordar la ruta. La asistencia fue mucho mayor de la que esperaba. Calculaba que la coincidencia con otras actividades podía restar público, pero terminaron reuniéndose entre ochenta y cien personas. La mayoría eran melillenses y algunos ya habían participado en otras rutas de Explora. También hubo turistas que habían coincidido con Oña durante la mañana, cuando había guiado a un grupo de cerca de cuarenta visitantes llegados de distintos puntos de España para conocer el modernismo melillense.
Explora lleva funcionando desde 2015 y celebra sus visitas aproximadamente cada dos meses. La iniciativa de Oxígeno Laboratorio Cultural nació con la intención de cuestionar la separación entre el centro y la periferia de una ciudad de apenas doce kilómetros cuadrados y llevar la cultura a lugares que habitualmente quedan alejados de los circuitos culturales. Por sus rutas han pasado Ataque Seco, el barrio del Carmen, Fuerte Victoria Grande, Cañada, Barrio Cuerno, Victoria, Cabrerizas, Batería Jota, el Rastro, Barrio Hebreo, San Francisco o el Tesorillo. En muchas de esas visitas, la historia se mezcla con las conversaciones con vecinos y con la vida cotidiana del barrio. Esta vez, el escenario fue Melilla la Vieja, pero con la misma intención: apartarse de lo evidente.
Oña quiso comenzar por uno de los lugares que mejor encajaba en esa idea. El recorrido arrancó en el entorno del Foso de los Carneros, un espacio que normalmente permanece cerrado por su vinculación con instalaciones militares. Allí empezó a explicar cómo se había desarrollado la ciudad desde la época medieval y cómo las construcciones posteriores fueron aprovechando las estructuras anteriores.
El foso tiene además una historia especialmente cargada. Oña recordó que, durante las epidemias que afectaron a Melilla en el siglo XVII, aquella zona tuvo también una función funeraria. De ahí procede precisamente la denominación de "carnero", utilizada para referirse a lugares donde se enterraba a un conjunto de fallecidos. La explicación llevó al guía a hablar de los diferentes cementerios de la ciudad, del antiguo cementerio interior y de la posterior ubicación del cementerio de San Carlos, además de recordar la existencia de espacios de enterramiento vinculados a las distintas comunidades que habitaron Melilla.
Y entonces apareció una pequeña marca en la piedra que despertó otra de las cuestiones de la ruta. Oña se detuvo ante una cruz incrustada en uno de los muros y explicó que su significado no está completamente determinado. Había consultado previamente al cronista oficial de Melilla, Antonio Bravo, y la respuesta había sido clara: no existía una certeza suficiente para establecer qué representaba. A partir de ahí, Oña planteó su propia interpretación para abrir un espacio de reflexión. Podía estar relacionada con el lugar de enterramiento y con un punto de oración, pero también podía haber señalado un antiguo camino hacia el cementerio de San Carlos. Para él, las rutas Explora también sirven para eso: para mostrar al público aquello que se sabe, pero también aquello que todavía se intenta averiguar.
Desde allí, el grupo se introdujo en el entorno del Hornabeque. Oña fue señalando las estructuras defensivas y las relaciones entre los distintos recintos, mientras conducía a los participantes hacia una parte posterior que, según cuenta, suele pasar completamente desapercibida. Desde aquella zona podía contemplarse el Foso del Hornabeque, el cuarto recinto y la Plaza de las Culturas. "Es un parque precioso, es un sitio al que casi nunca vamos", explica. La reacción de los participantes fue precisamente la que esperaba: sorpresa ante un lugar que estaba allí, dentro de la propia ciudad, pero que muchos no habían visitado nunca.
La tarde avanzó y el grupo subió hacia la parte alta del recinto, donde se encuentra una gran explanada. Oña recuerda la impresión que produjo su amplitud. "La gente decía: '¿Cómo es posible que tengamos aquí una plaza enorme para hacer actividades, teatro, mil cosas?'", cuenta. El espacio adquirió otra dimensión cuando cayó la noche. El tiempo acompañó y las vistas desde aquella parte de Melilla la Vieja permitieron disfrutar de uno de los momentos que el guía considera más especiales de la ruta.
Desde allí llegaron al Torreón de la Alafia, conocido también como Torreón de las Cinco Palabras. Oña explica que le habría gustado poder abrirlo para que el grupo accediera por ese punto y comprendiera mejor cómo funcionaban los antiguos accesos a la ciudad. No fue posible, pero el torreón sirvió para explicar la relación entre la entrada, el foso y las estructuras de vigilancia.
La ruta siguió por los túneles. Uno de ellos estaba iluminado, lo que permitió recorrerlo mientras Oña explicaba las comunicaciones entre distintos puntos del recinto y recordaba otros usos que tuvieron algunas de estas galerías en épocas posteriores. También habló de elementos vinculados a la vida cotidiana de la fortificación, como los antiguos silos y neveras medievales, cuya existencia ayuda a entender que aquella ciudad amurallada no era únicamente un conjunto de defensas, sino también un espacio organizado para vivir, almacenar y abastecerse.
En ese recorrido apareció también la historia anterior a la Melilla española. Oña insiste en que no se puede contar la ciudad únicamente a partir de 1497. La ciudad tiene restos y referencias de épocas anteriores, desde el periodo fenicio hasta la presencia romana, árabe y los siglos medievales, y cada una de esas etapas ha dejado huellas que posteriormente fueron reutilizadas o quedaron ocultas bajo las construcciones posteriores.
La llegada de los castellanos estuvo precedida por un periodo de abandono y destrucción de la ciudad. Oña explicó durante la ruta que, antes de la ocupación de 1497, el enclave había quedado prácticamente arruinado y que parte de sus estructuras fueron destruidas por el sultán de Fez para evitar que pudieran ser aprovechadas por quienes llegaran después. El relato permitió entender mejor por qué los hombres de Pedro de Estopiñán encontraron una ciudad tan deteriorada y por qué las primeras actuaciones castellanas consistieron en reparar y aprovechar parte de las defensas que todavía permanecían en pie. "Se aprovechan los fosos de los Carneros, la muralla del Torreón de las Cinco Palabras, para generar la primera ciudad", resume Oña. La imagen que propone es la de una ciudad que no empieza de cero, sino que vuelve a levantarse sobre las piedras de otra ciudad y otros vestigios.
Desde la Plaza de Armas, el grupo se apartó de nuevo del recorrido convencional. Oña señala que tanto a la izquierda como a la derecha existen zonas que apenas se visitan y que, sin embargo, tienen una importancia considerable para comprender la organización defensiva del recinto. Desde uno de esos sectores explicó el control de las entradas y la función de la zona vinculada a la antigua Puerta de la Marina.
Después llegaron a la Puerta de Santiago y al túnel de Santa Ana. Allí volvió a aparecer una cruz tallada en la piedra, otro elemento que Oña utilizó para hablar de los espacios de oración y de la dimensión religiosa que acompañaba a determinados lugares de tránsito. El recorrido alcanzó finalmente la Plaza de la Maestranza, vinculada históricamente a los almacenes y a la organización de los abastecimientos de la ciudad.
La explicación permitió detenerse en algo tan cotidiano como la necesidad de alimentar y mantener una plaza fortificada. Las cargas y los suministros que llegaban desde el exterior no podían trasladarse directamente a las partes más altas del recinto. Por eso existían almacenes donde se depositaban víveres, pólvora y otros materiales antes de distribuirlos.
Después de más de una hora y media, la ruta terminó entre comentarios y preguntas de los participantes. Para Oña, el interés de este tipo de actividades está precisamente en provocar esa reacción. "Los Explora los profundizo", explica. Algunas de las teorías lanzadas al aire por el guía pueden requerir más investigación y otras pueden acabar encontrando respaldo documental, pero todas tienen una misma finalidad: conseguir que el público mire de otra manera y busque preguntas.
El perfil de los participantes también le confirma que existe interés por conocer una ciudad que muchas veces se cree ya descubierta. "El 90% son gente de Melilla", señala. Algunos repiten y vuelven a escucharlo porque cada recorrido pone el foco en lugares distintos. En esta ocasión, la ruta permitió comprobar que incluso Melilla la Vieja, probablemente el espacio histórico más conocido de la ciudad, conserva todavía rincones capaces de sorprender a quienes viven junto a ellos. Fenicios, romanos, árabes y españoles forman parte de una historia que no puede reducirse a una sola época. Las piedras que quedan, las que fueron reutilizadas y las que todavía permanecen ocultas bajo otras construcciones forman parte de esa misma historia. Y Explora, una vez más, se dedicó a levantar la mirada hacia aquello que normalmente queda al margen.
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