La expectación por el Black Friday, que este año se celebrará el 28 de noviembre, vuelve a sentirse en Melilla. Una fecha que en teoría moviliza el consumo, llena las tiendas y genera la sensación de que, por un día, los precios se relajan. Sin embargo, la realidad no siempre coincide con la percepción promocional, y los melillenses se acercan a esta jornada con mezcla de ilusión, estrategia, prudencia y, en muchos casos, un escepticismo que crece de año en año.
Para comprobarlo, El Faro de Melilla ha salido a la calle y ha conversado de primera mano con ciudadanos de diferentes edades, perfiles y hábitos de compra. Desde quienes ven en este día la oportunidad de hacerse con productos caros hasta quienes aseguran que no se dejan engañar por un marketing “cada vez más evidente”, pasando por aquellos que simplemente aprovechan para adelantar los regalos de Navidad o Reyes.
El resultado es un retrato complejo y representativo del consumidor melillense actual: informado, crítico, condicionado por los precios, pero también deseoso de encontrar oportunidades en un momento económico difícil.
La primera impresión la ofrece un joven melillense, Ayub, cuyo entusiasmo deja claro que para muchos la llegada del Black Friday es algo parecido a una fiesta privada, una oportunidad para renovar el armario y darse algún capricho antes de que empiece el ajetreo navideño. Cuando se le pregunta cómo afronta ese día, su respuesta fluye sin pensarlo: “Sí, la verdad que sí, tengo pensado comprar muchas cosas, tenis, calzado, ropa también”.
Su forma de contarlo transmite una mezcla de emoción y certeza, como si este viernes de descuentos marcara un pequeño ritual anual. Ayub asegura que nota los descuentos “bastante” y lo dice con la convicción de quien ha comparado precios en distintas ocasiones: “Ese 20% o así se nota mucho”.
Lo curioso es que, a diferencia de quienes ven en este día un aliado para las compras familiares, él deja claro que lo suyo es un gesto propio, íntimo: “No, siempre compro para mí”. Su sinceridad resume una tendencia generacional: el Black Friday como día del “autoregalo”.
Una perspectiva completamente distinta aporta Antonio, un comprador experimentado que transmite una calma pragmática, casi filosófica, ante el bombardeo comercial de estas fechas.
Cuando se le pregunta si comprará algo este año, lo dice sin rodeos: “Por supuesto, claro. Ropa, cositas para la mujer, algún detalle, para aprovechar”.
Su manera de describirlo destila costumbre, no entusiasmo.
Lo más interesante es cómo explica que él no vive pendiente del calendario: “No, no me reservo. Si veo algo que me gusta, da igual que sea Black Friday, lo compro”. Sin embargo, reconoce abiertamente que las rebajas se notan: “Sí, claro, siempre tiramos a las rebajas, a lo más barato”.
Pero donde más se detiene es en una realidad que ya es casi un clamor local: la necesidad de anticiparse. “Un mes antes, dos meses antes, voy comprando ya las cositas”, confiesa. Y añade algo que resume el sentir general ante el encarecimiento actual: “Porque después está todo carísimo, ya no queda nada… así que hay que aprovechar esos momentos”. Antonio ofrece, sin proponérselo, la radiografía perfecta de la inflación y de cómo obliga a reorganizar las tradiciones de compra familiar.
En un registro muy distinto se mueve Magda, cuya sinceridad contundente rompe cualquier narrativa complaciente sobre la jornada de descuentos. Ella nunca ha comprado en Black Friday, y su postura se ha construido a base de observación y desconfianza: “Me parece un poco tongo”, afirma.
Su convicción nace de algo que repite con firmeza: “Creo que los precios los suben antes para después ponerlos al mismo precio”. Y aunque este año ha decidido echar un vistazo, no lo hace por convertirse en creyente repentina, sino porque tiene un objetivo claro: “Quiero comprar el secador Dyson”.
Es un artículo caro, de esos que justifican una revisión más minuciosa del precio. Además, quiere aprovechar para los regalos de Reyes. Pero incluso al hablar de esto, se mantiene fiel a su postura: reconoce que no le gusta el bullicio de esos días, que prefiere pagar sin prisas aunque cueste un poco más: “Esos días me parecen de mucho bullicio. Prefiero pagar el precio normal sin gente”. Su desgana revela otro debate ligado al Black Friday: el de la experiencia de compra y el cansancio que provocan las aglomeraciones y la presión del “cómpralo ya”.
Muy similar, aunque desde una posición más suave, se expresa una melillense que prefiere mantener el anonimato, pero cuya visión es compartida por muchos consumidores. Ella también comprará “alguna cosa”, seguramente electrónica, pero no con gran convicción.
Cuando se le pregunta si percibe las bajadas de precio, su respuesta es un gesto casi universal: “Regular, regular”. Y repite la sospecha extendida: “Muchas veces lo suben para después bajarlo”. Lo que resulta significativo es que, pese a su desconfianza, sí realizará alguna compra, pero no adelantará las de Reyes, porque no cree que el ahorro compense: “Un poquito más tarde… sin tener en cuenta los descuentos”.
Es una compradora que acepta las reglas del mercado, pero que no cambia su ritmo natural por una campaña promocional.
En el lado opuesto, María representa a las familias que sí utilizan el Black Friday como un trampolín para las fiestas. Con naturalidad asegura: “Sí, siempre aprovechamos para las compras de Navidad”.
Su objetivo este año está claro: “Algún chaquetón, algún abrigo de cara al invierno”. La clave no está en la magnitud del descuento, sino en la oportunidad de aliviar un gasto que —nos recuerda— será inevitable: “Si hay un descuento, pues aprovechamos”. María forma parte de ese segmento que ha integrado la jornada en su planificación familiar, donde cada euro recuperado marca la diferencia entre una Navidad llevadera y una demasiado cuesta arriba.
A esa lógica también se adhiere Alejandro, quien se mueve en el terreno de la tecnología y habla desde la experiencia.
Él sí espera el Black Friday para comprar, comparar y decidir. Lo explica con claridad: “Solemos aprovechar para adelantar cosas de Navidad, regalos de Reyes y sobre todo tecnología”. El artículo más caro que ha comprado demuestra que, en su caso, el ahorro puede ser significativo: “Lo más caro que he comprado ha sido un iPad”. Y lo dice sin duda: “Sí, se notan diferencias, por eso intento aprovechar este fin de semana”. Su perfil encarna el Black Friday en su versión más racional: el comprador que investiga precios durante semanas, compara, revisa y finalmente compra en el momento exacto.
La última voz que recoge este diario es la de Laura, quien explica su situación con una honestidad que resuena en muchas familias melillenses: “Alguna cosa habrá que comprar, aunque no hay mucho presupuesto”. Ella sí utiliza este día para adelantar regalos y busca artículos tecnológicamente relevantes: “Algún móvil o algo de informática, que suelen tener buen descuento”. Sin embargo, no se deja arrastrar por el entusiasmo promocional: “A veces hacen un poco de trampa y es más un reclamo de marketing que un descuento real”. Su mirada combina necesidad y prudencia, ilusión y vigilancia.
De la suma de estas voces nace un retrato honesto y profundamente melillense del Black Friday de este año.
Para algunos es ilusión; para otros, una estrategia; para muchos, una obligación económica; y para no pocos, un engaño repetido.
Pero todos coinciden en algo: el 28 de noviembre, Melilla saldrá a comprar —con más o menos convicción— buscando ese equilibrio entre lo que se desea, lo que se necesita y lo que realmente se puede pagar.
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