A las 04:30 horas del miércoles 13 de agosto, la calma nocturna en Melilla se rompió, aunque no por un estruendo, sino por un fallo invisible pero decisivo: la avería en una cabina de protección de 10 KV de la alimentación eléctrica de la planta desalinizadora de Aguadú. El problema provocó la parada total de la instalación, que constituye la principal fuente de agua potable para la ciudad autónoma.
La planta, inaugurada para garantizar el suministro en un territorio que carece de fuentes de agua dulce naturales, dejó de producir de inmediato. Al no contar con reservas suficientes para cubrir toda la demanda, la Consejería de Medio Ambiente y Naturaleza anunció horas después que desde las 17:00 del mismo día hasta las 06:00 del jueves 14 de agosto se cortaría el suministro en la red de distribución.
Pese a la magnitud de la avería, los equipos técnicos trabajaron sin descanso para reactivar la planta. A las 19:32 horas, la Consejería comunicó que tres de los módulos desaladores volvían a funcionar, aunque el restablecimiento completo no se produciría hasta bien entrada la madrugada.
En Melilla, la reacción ciudadana frente a los cortes de agua varía enormemente según el barrio, el tipo de vivienda y el acceso a sistemas de almacenamiento.
Julio, residente en un edificio con aljibe comunitario, reconoce que apenas nota los cortes: “A no ser que sea un corte muy largo, no nos afecta. Tenemos un aljibe que nos salva. Es normal que las máquinas se estropeen; lo importante es mantenerlas".
Sin embargo, para Rocío, madre de una niña, la historia es muy distinta: “Precisamente ayer por la tarde y hasta la madrugada no tuvimos nada de agua. Es una pena estar así en Melilla. Fastidia mucho, sobre todo a familias con niños o trabajos que requieren agua. Lleno cubos y barreños para aguantar, pero no siempre alcanza.”
En el Rastro, otra vecina casualmente llamada Rocío asegura que la interrupción es diaria: “Aquí cortan el agua todos los días a partir de las 12 de la noche. Lleno garrafas y cubos para lo básico: fregar, bañar a los niños… No tenemos bidón, el edificio es muy antiguo".
Nuria, por su parte, explica que almacena agua en garrafas en su patio, pero subraya un riesgo adicional: “Si el agua que lleno está bajo el sol, no sirve para ducharse. En verano gastamos más, y si no avisan, no da tiempo a llenar. Con tres o cuatro garrafas no haces nada.”
Las temperaturas que superan los 35 ºC en agosto en Melilla convierten cualquier recipiente expuesto al sol en un caldo de cultivo potencial para bacterias como la Legionella. El agua almacenada en condiciones inadecuadas puede deteriorarse rápidamente, perdiendo su potabilidad e incluso suponiendo un riesgo para la piel en duchas.
Cabe destacar que que los cortes recurrentes no solo generan incomodidad, sino que obligan a prácticas domésticas que, sin las precauciones adecuadas, pueden comprometer la salud de los ciudadanos, especialmente niños, ancianos y personas inmunodeprimidas.
El consejero de Medio Ambiente, Daniel Ventura, recordó a El Faro de Melilla que la Ciudad Autónoma mantiene una línea anual de ayudas para instalar depósitos domésticos.
“El año pasado solo se concedieron tres o cuatro ayudas. No hay mucha gente que la solicite, pero ahí está para quien la necesite. Este año vuelve a salir, precisamente porque siempre hay vecinos que dicen no tener depósito", declara.
La subvención, dotada con 30.000 euros, permite cubrir parte de los costes de instalación de depósitos de pequeño tamaño que podrían abastecer un hogar durante cortes de varias horas. Sin embargo, la baja demanda apunta a problemas de información o a la falta de espacio físico en muchas viviendas antiguas.
El corte de agosto no es un caso aislado. Melilla ha vivido en los últimos meses episodios similares, a veces por averías y otras por trabajos de mantenimiento programados. Sin embargo, la acumulación de incidentes alimenta la sensación de que la infraestructura está sometida a una presión para la que no está preparada.
En barrios como el Rastro, donde los cortes nocturnos son casi diarios, la indignación se mezcla con resignación. “Que dejen de gastar en rotondas y pongan mejor el agua”, exige la segunda Rocío entrevistada.
Más allá del impacto en los hogares, los cortes de agua también repercuten en numerosos negocios que dependen del suministro durante la noche o la madrugada, como panaderías, cafeterías, bares y alguna que otra asociación de vecinos.
La ausencia de un calendario claro que anticipe las restricciones complica la planificación diaria de estos establecimientos. Incluso cuando la causa es una avería imprevista, la comunicación suele llegar por canales limitados, como notas de prensa o redes sociales, lo que retrasa la capacidad de reacción y agrava las pérdidas.
El verano incrementa el consumo doméstico de agua por múltiples factores: mayor frecuencia de duchas, riego de plantas, limpieza de terrazas y patios, y uso de sistemas de refrigeración que dependen del agua. Esta demanda extra, unida a un fallo técnico, genera un desequilibrio que no siempre puede compensarse con las reservas disponibles.
Para los hogares sin depósito, cada corte implica reorganizar el día: cocinar antes del cierre del suministro, adelantar lavadoras o acumular utensilios sucios hasta que vuelva el agua.
Julio, el vecino con aljibe, resume una idea que incluso quienes más sufren comparten: "Las máquinas se estropean, eso es inevitable. Pero en una ciudad como esta, dependiente de una sola planta, deberíamos estar mejor preparados para que cuando falle, no se note tanto en la calle".
Esa misma preocupación se repite en las voces de otras vecinas, aunque con matices y peticiones muy concretas. Rocío, que vive con su hija y sufrió el corte de ayer, reclama una actuación rápida y decidida: “Que lo arreglen lo antes posible, porque es un inconveniente que fastidia a todos. No debería ser así, y menos tan a menudo. Las familias con niños lo pasamos muy mal.”
En el Rastro, la segunda Rocío entrevistada va más allá y cuestiona las prioridades de inversión: “Que pare de hacer rotondas y que ponga mejor el agua. El agua es lo primero.”
Por su parte, Nuria insiste en que la clave está en aumentar la disponibilidad y la calidad del suministro, especialmente en verano: “Ojalá haya más agua, que no nos falte. Ahora con el calor gastamos más y es cuando más sufrimos. Si avisan con tiempo, al menos podemos llenar más rápido.”
Todas coinciden en que la solución no pasa únicamente por arreglar la avería de turno, sino por fortalecer el sistema: disponer de depósitos en las viviendas, mejorar el mantenimiento de la desaladora y avisar con antelación suficiente para que los vecinos puedan organizarse.
Mientras la planta de desalinizadora retoma su producción habitual, los melillenses saben que el próximo corte puede llegar en cualquier momento. La diferencia estará en cómo se afronte: improvisando cubos y barreños en una carrera contrarreloj… o con una ciudad que cuente con reservas, infraestructuras y una gestión capaz de garantizar que abrir el grifo no sea una incógnita, sino un gesto cotidiano y seguro.
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