La noche de la Caseta Oficial se tiñó de compás y memoria cuando, pasada la medianoche, Los Manolos tomaron el escenario y el público respondió como si se cruzara con viejos conocidos. El grupo barcelonés se ha hecho amigos para siempre de los melillenses. Una reunión de voces que cantaron a coro, de palmas que marcaron el pulso y de manos alzadas que dibujaron el contorno de una ciudad entregada a su propia Feria.
El arranque fue directo, sin preámbulos. Con una introducción de guitarra que cortó el murmullo, la banda impuso un ritmo inmediato que encontró eco en la pista. La instrumentación, sencilla pero precisa, dejó claro desde los primeros compases que aquello no iba a ser un repaso frío de éxitos, sino una conversación entre artistas y asistentes. La Caseta Oficial se convirtió en un espacio donde se compartían historias a través de canciones.
Hubo en la actuación una energía de fiesta popular, pero también momentos de pausa íntima. La voz principal, rasgada, alternó pasajes en solitario con respuestas corales, y en cada estribillo afloró una sensación de pertenencia. No era solo nostalgia por los noventa. Era la confirmación de que ciertas melodías se han integrado en el imaginario común y funcionan como puntos de encuentro entre generaciones.
Melilla aportó su color a la velada. Entre el público se percibía una mezcla heterogénea. Jóvenes que descubrían la magia de una rumba bien tocada, parejas que bailaban con soltura y mayores que cerraban los ojos y dejaban que la memoria hiciera el resto. El intercambio fue constante. El escenario ofrecía sorpresas y el público respondía con coros, aplausos y algún que otro grito de ánimo que rompía la línea entre artista y espectador.
Los Manolos se movieron con oficio. La dinámica del concierto tuvo variaciones de tempo bien medidas. Canciones rápidas para prender la mecha, temas más reposados para recuperar aliento y piezas con arreglos que mostraban el gusto del grupo por fusionar la rumba con otros ritmos populares. Esa mezcla resultó eficaz. No hubo ni un momento muerto.
La iluminación, contenida, acompañó la lectura musical sin teatralizar en exceso. Tonos cálidos y focos puntuales permitieron que la música fuera el centro. En la caseta se dio una gran reunión familiar en la que la banda era el anfitrión.
Musicalmente, la banda mostró variedad de recursos. Las guitarras asumieron la melodía en muchas ocasiones, pero también hubo espacio para la percusión y para pasajes donde la voz se dejó llevar por la melodía pura. La cohesión del grupo se apreciaba en las transiciones y en la solvencia para encarar cambios de registro sin perder el pulso.
No faltaron guiños ni sonrisas cómplices entre los músicos, ni tampoco llamados directos al público que encendieron la respuesta inmediata de los melillenses. Esa comunicación informal, sin artificios, reforzó la sensación de que el concierto no era un producto enlatado sino un intercambio vivo, con margen para la improvisación y la alegría espontánea.
El cierre fue una conjunto de momentos altos que hicieron imposible no levantarse de la silla. El público respondió con la misma moneda. Más palmas, más voces, más movimiento. El bis no sorprendió por su previsibilidad, sorprendió por la intensidad con la que fue reclamado y por la manera en que cerró un ciclo de complicidad entre la banda y Melilla.
Al final, la Caseta Oficial quedó con el eco de los últimos acordes en el aire y con la sensación de haber asistido a algo más que un simple concierto. Los Manolos ofrecieron una lectura de su repertorio que supo dialogar con el presente de Melilla, y la ciudad contestó entregando su aliento y su aplauso.
La velada confirmó que hay canciones que actúan como puentes entre recuerdos y nuevas experiencias, entre generaciones y barrios. Los Manolos se marcharon dejando una atmósfera cálida, prometiendo que la gente que estuvo allí seguirá tarareando estribillos en los días venideros. Y Melilla, por su parte, añadió una página más a su agenda festiva, una de esas noches que, por su intensidad, se guarda con cariño en la memoria.