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Los docentes necesitan tener autoridad en sus aulas

De poco sirve disponer de un vigilante de seguridad privada si son las propias familias las que protegen a los infractores

Hace algo más de una semana supimos que una profesora del IES Rusadir había sido agredida e increpada por unos alumnos cuando salía del centro y se montaba en su bici. La mujer sufrió un ataque de ansiedad y actualmente se desconoce si necesitó de baja médica o sigue ejerciendo su labor docente. Lo que sí se puede afirmar a ciencia cierta es que le costará trabajo enfrentarse al día a día sabiendo que, en cualquier momento, puede ser objeto de violencia en el aula.

Hay quienes consideran conveniente que se contrate vigilancia privada para dar seguridad a los centros escolares de Melilla. La efectividad de esa medida podría ser, sin embargo, bastante limitada. ¿Qué puede hacer ese vigilante si unos alumnos agreden a un profesor? ¿Acaso tendría la posibilidad de reducirlos hasta que cesen en su actitud o llegue la policía? Estamos hablando de menores de edad en la inmensa mayoría de los casos. Y cuando hablamos de jóvenes que no han cumplido aún los 18 años ya se sabe que no todo vale. Al revés, quienes actuaran en contra de ellos seguro que pueden enfrentarse a responsabilidades en los juzgados.

Para que haya respeto en las aulas lo primero es que la familia sea capaz de saber educar a sus propios hijos, cosa que no siempre ocurre. Son decenas las noticias de padres o madres que le pegan al docente en cuestión porque le ha reñido o incluso le ha puesto un suspenso en las notas. Si partimos de la base de que los progenitores son los primeros que utilizan la violencia, sea física o verbal, ¿qué vamos a esperar de los vástagos si no es una actitud espejo?

Por eso, para que las cosas funcionen como deben en el interior de las aulas, lo fundamental es que el profesor esté revestido de autoridad. Eso se consigue de varias maneras: con normativa que los proteja cuando ejercen su responsabilidad, endureciendo las sanciones a aquellos que se atrevan a agredirlos (sean menores o adultos) y con la educación de los niños desde su más tierna infancia en el seno de la familia.

Un docente no puede ir a su trabajo con temor a ser golpeado o vilipendiado, con las manos atadas no va a ejercer su labor como debe de ser y eso es muy perjudicial para todo el sistema. Si a la laxitud actual de las exigencias de estudios le añadimos la obligación de mantener una actitud pusilánime para que los chicos no se enfaden o las familias puedan venir a reclamar, lo que se obtendrá está claro: fracaso absoluto de la educación en su más amplio sentido.

 

 

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