“Llevamos la ayuda en el ADN”: Los bomberos de Melilla narran su experiencia en los incendios de Zamora

Un operativo de 15 personas que han trabajado durante 4 días, sin apenas descanso, para socorrer a la comunidad de Castilla y León

El humo aún se estaba disipando sobre las montañas de Zamora cuando un grupo de 15 bomberos del Parque de Melilla emprendía el camino de vuelta a casa. Cuatro días de lucha contra las llamas en los pueblos de Moncabril, Vigo de Sanabria, San Cipriano y San Martín de Castañeda les habían dejado exhaustos, pero también con la satisfacción de haber salvado pueblos enteros de ser devorados por el fuego.

El bombero lleva en la sangre ser solidario, está en nuestro ADN ayudar a aquel que lo necesite. Para nosotros ha sido una satisfacción tremenda poder hacerlo y saber que nuestro esfuerzo ha valido para algo”, resume el suboficial Bernardo Castillo, que encabezó el operativo. Su testimonio refleja la entrega de un equipo que viajó desde la ciudad autónoma hasta Castilla y León para reforzar la lucha contra uno de los incendios forestales más devastadores del verano.

La decisión de partir hacia Zamora nació de la propia vocación. “Ya sabes que los medios de comunicación intensifican mucho las cosas, pero es verdad que estaba todo desbordado”, recuerda Castillo. Desde Melilla se percibía que varias comunidades necesitaban personal, y la plantilla no dudó en ofrecerse. “Nos pusimos en contacto a través de la Consejería de Seguridad Ciudadana de Melilla y ofrecimos la disponibilidad de personal y vehículos. Les dijimos: ‘Esto es lo que podemos hacer. No podemos desplazar bombas, pero sí llevar personal, vehículos todoterreno y medios’”.

El viaje comenzó en barco, rumbo a Málaga. Desde allí, recorrieron por carretera los más de 700 kilómetros que los separaban de Zamora. Una travesía que no amilanó a nadie: la urgencia del fuego no dejaba lugar a dudas.

 

Moncabril: La primera misión

El jueves por la tarde, tras llegar al puesto de mando en Ilanes, recibieron su primera encomienda. Proteger la zona de Moncabril, donde se ubica una central hidroeléctrica y un pequeño pueblo con el mismo nombre. Allí el incendio amenazaba con extenderse desde el cañón del Tera.

La función que nos dieron el primer día era vigilancia y enfriamiento de puntos calientes. El día anterior habían hecho un contrafuego cerca del pueblo y quedaban muchos rescoldos sin apagar”, explica Castillo.

Esa primera noche fue interminable. Los bomberos trabajaron de madrugada para que el fuego no rebasara la central ni el casco urbano. Al día siguiente, viernes, repitieron la operación: jornada completa extinguiendo puntos calientes, hombro con hombro con vecinos y brigadistas.

 

Entre Vigo de Sanabria y Los Peces

El tercer día marcó un giro en la operación. El equipo se dividió en dos grupos. Uno se unió a bomberos de Jaén en la zona escarpada de Vigo de Sanabria, donde permanecían puntos calientes con riesgo de reavivarse. El otro continuó en Moncabril, protegiendo la central hidroeléctrica.

Por la tarde, los que estaban en Sanabria se desplazaron a Los Peces, una zona castigada por incendios de pasto. “Estuvimos extinguiendo junto con agentes forestales varios incendios descontrolados”, relata Castillo. Mientras tanto, el otro grupo subía a Las Bañas, en prevención de que las llamas alcanzaran el pueblo de San Cipriano.

 

La noche crítica en San Martín de Castañeda

La jornada más dura llegó el domingo. Tras completar sus tareas en Moncabril y Los Peces, los melillenses estaban verificando que todo estuviera completamente extinguido y vieron al fondo otro incendio descontrolado en San Martín de Castañeda. El fuego avanzaba hacia el pueblo y los medios aéreos ya habían cesado por la caída de la noche.

Vimos que estaban los vigías de los agentes forestales en esa zona y que nos comentaban que no tenían efectivos para acudir, o que tenían muy poco personal. El incendio estaba descontrolado y se dirigía hacia el pueblo”, recuerda Castillo. Sin pensarlo, el grupo se ofreció voluntario.

"Pedimos la colaboración del otro grupo que teníamos en la zona de los peces para que se juntaran con nosotros si todavía tenían fuerza para seguir trabajando y para intentar parar el incendio. Y efectivamente eso fue lo que hicimos".

Lo que siguió fue una intervención de altísimo riesgo. “Fue la actuación más importante que tuvimos porque era un incendio descontrolado de copa, y además ya había alcanzado la parte alta. Teníamos que evitar que siguiera en diagonal hacia el pueblo”.

La estrategia consistió en abrir dos líneas de agua para frenar los frentes que descendían por la ladera. “Tuvimos que hacer unos tendidos de mangueras brutales y meternos entre la maleza y los árboles frondosos, con mucha dificultad, en terreno inclinado y pedregoso”. Mientras un grupo se adentraba para frenar uno de los flancos, el otro permanecía vigilante para que el fuego no les cerrara la retirada.

El operativo, reforzado por agentes forestales, logró controlar las llamas de madrugada. “Fue una intervención complicada, pero que salió perfecta. De estas hay pocas”, reconoce el suboficial.

Los turnos eran agotadores. “El primer día que llegamos estuvimos toda la noche sin parar. Pudimos descansar a eso de las seis de la mañana hasta las nueve, apenas tres horas. A las nueve ya nos íbamos al puesto de mando y nos asignaban nuevas tareas”, recuerda Castillo. La dinámica se repitió durante los cuatro días. La última jornada ni siquiera tuvieron relevo: combatieron el fuego hasta las cinco y media de la mañana, cuando dieron el incendio por extinguido.

A pesar del cansancio y las condiciones extremas, el balance fue positivo. “Nadie ha salido herido, todos hemos venido sanos y salvos. Los cinco vehículos también los hemos traído sin ninguna avería. Todo ha salido muy bien”, celebra el bombero.

 

Reconocimiento en tierra ajena

El trabajo del equipo melillense no pasó desapercibido para los agentes forestales de Castilla y León. “Nos dieron la enhorabuena, nos dijeron que éramos grandes profesionales. Que ellos no hubieran podido con ese incendio”, cuenta Castillo. El suboficial explica que muchas cuadrillas de refuerzo en la zona están compuestas por personal eventual con escasa formación: “Les dan un contrato de cuatro meses, una formación de ocho horas, un batefuego y una mochila de agua. Pero claro, no tienen nuestra preparación”.

La experiencia, sin embargo, no se limitó a la técnica. También dejó una huella emocional. “Para nosotros fue una satisfacción tremenda el saber que hemos sido útiles, que nuestro esfuerzo ha valido para algo”, insiste.

Al repasar lo vivido, Bernardo Castillo no duda en definir lo ocurrido como un ejemplo de la esencia de su oficio. “El bombero lleva a fuego ayudar a aquel que lo necesite. Así nos sentimos útiles”.

Cuatro días sin apenas dormir, varios pueblos protegidos y una comunidad entera agradecida. Los bomberos de Melilla regresan a casa con la certeza de haber hecho honor a su vocación: estar donde más se les necesita.

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