El historiador fue reconocido por Mem Guímel el pasado mes de enero
Una treintena de personas ha acudido a la conferencia “De Cervantes a Mendizábal: la sorprendente huella de nuestros judeoconversos” organizada por la Asociación Cultural Mem Guímel y dirigida por el historiador y hebraísta Sebastián de la Obra Sierra. En el Real Club Marítimo de Melilla, el jienense, que fundó y dirige la Casa de Sefarad cordobesa, ha abordado el mundo judeoconverso desde temas tan universales como la literatura o la historia. La presentación ha arrancado con la siguiente premisa: “Donde hay atención, no hay olvido”.
Uno de sus principales intereses profesionales ha sido la investigación y divulgación del legado hispanojudío y sefardí, razón por la que fue galardonado el pasado enero con el Premio Mem Guímel. La actividad ha corrido a cargo de la Consejería de Cultura, Patrimonio Cultural y del Mayor. De la Obra ha reconstruido la historia española, que se entiende en gran medida por la influencia de los judíos sefardíes, partiendo de algunos nombres que la marcaron.
“Va a ser una pequeña provocación, porque gran parte de la cultura española a lo largo de los últimos veinte siglos se ha cimentado sobre una tradición judía y judeoconversa, pero no se conoce”. Desde el célebre escritor Cervantes hasta el político Mendizábal, de los siglos XVI y XVII al XIX, es un legado que merece la pena ser revisado. Es “una categoría muy singular y extraña”, dado que un judeoconverso es “alguien que aparenta lo que no es y que no puede mostrar lo que es”, ha explicado.
“Heredero de una tradición silenciada”. El hebraísta inició su intervención con una metáfora de un espejo roto, que por mucho que se quiera, nunca volverá a ser como antes. En este reflejo podrían mirarse los judeoconversos, los judíos hispanos que se convirtieron al cristianismo pero que no dejaron de practicar de forma clandestina su religión original. Sin embargo, en este país, la sospecha y la realidad son casi lo mismo.
Trataban de guardar las apariencias, pero era un secreto a voces que eran “judíos ocultos”. Este repaso por la historia ha partido de los reinos visigodos, en los que hubo conversiones masivas y no precisamente con los mejores métodos. En particular, la época de Recaredo marcó un antes y un después en este aspecto. Al-Ándalus tuvo periodos de convivencia, como el Califato, y otros más duros por la influencia de las tribus bereberes, almohades y almorávides.
Se llegó a ofrecer protección a cambio de pagar ciertas tasas, pero no fue una época fácil para la comunidad judío-sefardí. Pasando por el conflicto de los Trastámara, más conocido como la Primera Guerra Civil Castellana, el final del siglo XIV no hizo más que complicarles la vida. Concretamente, desde 1391. La peste bubónica asoló a Europa, afectó gravemente a la agricultura y a la economía y provocó la muerte de un tercio de la población del continente, ya fuera por hambre o por la propia enfermedad.
Fue un “siglo atormentado” que coincidió con una grave matanza en la judería de Sevilla, en la que quedaban los vestigios de una importante comunidad. El museólogo ha resaltado que este ha sido el grupo que más tiempo ha estado, de manera ininterrumpida, en la Península. Al menos, desde que hay constancia en el siglo I d. C. hasta 1492, cuando los Reyes Católicos ordenaron la expulsión de todos los que no quisieran convertirse al catolicismo de los reinos de Castilla y Aragón.
Y se siguieron sucediendo las conversiones masivas y forzadas de los judíos. Estaban contra las cuerdas, fueron expulsados de sus casas y negocios y esa fue su única salida. Los hubo que se convirtieron con fe, sin fe, y los que huyeron de España para secundar de nuevo sus creencias (la diáspora judía). En cualquier caso, fue una etapa en la que la cultura de la apariencia alcanzó su máximo esplendor en España, en el sentido más negativo de la palabra.
“Este es un país experto en aparentar”, lamentaba Sebastián de la Obra Sierra. Ir a la iglesia, comer públicamente cerdo y darse esos “golpes en el pecho” se convirtió en una costumbre para ellos. Después, “cuando llego a mi casa, intento recordar una oración en hebreo, pero ya no sé hebreo, ya no hay rabino, ya no hay sinagoga”. La alternativa era ser expulsado y perseguido.
Fue complicado, no cabe duda, pero se pudo sacar algo en positivo: “La mejor literatura, el mejor pensamiento, la mejor filosofía, la mejor medicina, la mejor mística que ha habido en la historia cultural de este país”. Y así es como el director de la Casa de Sefarad en Córdoba ha continuado con su conferencia, analizando la sorprendente huella que dejaron los judeoconversos en las raíces de la cultura española.
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