Es, sin duda, una de las procesiones más esperadas por los fieles melillenses por lo que implica de austeridad, recogimiento y oración constante. No en vano, las hermanas de María Inmaculada acompañan a la Soledad cada año con el rezo del Santo Rosario durante todo el recorrido procesional. No hay música, solo el sonido de un tambor que marca el paso; no hay luces en las calles, solo las pequeñas velas que los hermanos de la cofradía reparten entre las personas que se sitúan en la Carrera Oficial para verla pasar.
Es la Virgen que refleja en su propia mirada perdida el dolor por la muerte de su hijo, Jesús. Lo hemos visto crucificado, lo hemos visto en el regazo de la Madre y ahora la contemplamos a ella con la corona de espina en su mano, que va por la calle dejando constancia de su absoluta soledad, de su tristeza infinita, de su desconsuelo. Por eso esta procesión tiene que estar rodeada del máximo silencio posible, de la emoción y el sobrecogimiento. ¡Qué madre no empatiza con esta imagen y con el dolor que refleja!
La procesión salió puntual de su sede canónica, la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, a las once de la noche. Uno de los momentos cumbre de su recorrido fue el paso por el Callejón de la Soledad, cuyo nombre le fue concedido precisamente en honor de esta Virgen, que cada año lo atravesaba en su caminar hacia la Carrera Oficial. En ese callejón y desde la mañana, los jóvenes de la cofradía trabajaron intensamente para elaborar una hermosísima alfombra de flores.
El motivo principal de esta creación, el logotipo de la conmemoración del setenta y cinco aniversario de la constitución de esta hermandad, la primera que volvió a la calle a comienzos de la década de los 80 del siglo pasado tras años en que las procesiones fueron prohibidas en nuestra ciudad. La Soledad cuenta con cientos de fieles devotos y así quedó de manifiesto este Viernes Santo.
Miles de personas abarrotaban la Avenida Juan Carlos I para verla pasar. Ello, a pesar del retraso de una hora que se produjo para la aparición de su Cruz de Guía y cuando ya se entraba de lleno en la madrugada del sábado. Nadie se movía de su sitio y solo apagarse las luces de la Carrera Oficial, cientos y cientos de pequeñas velas fueron encendidas por los asistentes, quienes crearon así un ambiente mágico y señalaron a la Soledad cuál era su camino hacia la estación de penitencia.
Ya antes, decenas de jóvenes de la cofradía habían estado repartiendo esas velas entre el público, que no dudó en colaborar y apoyar este discurrir de la Semana Santa portando esas lucecitas, que tanto caracterizan el cierre de las procesiones del Viernes Santo. Esta cofradía realizó sus dos actos que la caracterizan.
Por un lado, se leyó una oración en la puerta de la iglesia y la correspondiente letanía a la que anima la liturgia, que, una vez finalizada, dio pie a los tres aldabonazos que indican que el trono ya puede salir a la calle. En esta ocasión, ese honor recayó en el comandante general, Luis Cortes.
Por el otro lado, justo después de la estación de penitencia y la lectura del misterio por parte del vicario Eduardo Resa, la joven Alicia Merino pidió perdón a la Virgen mediante un desagravio hermoso, sentido, sobrecogedor, en el que narra y describe sus sentimientos y cómo es la emoción que la embarga cuando siente cerca la presencia de la Soledad.
Nadie movía una pestaña al paso de Nuestra Señora. Eran familias enteras, incluso con niños pequeños, los que permanecían con sus velas encedidas, aún cuando ya pasaba de la una y media de la madrugada y el relente y el frío empezaban a hacer acto de presencia en una jornada que, sin embargo, había sido ideal para las procesiones: un sol imponente y una temperatura más que agradable para estar en la calle.
La Soledad volvió más allá de las dos de la madrugada a su casa, después de haber cumplido su estación de penitencia y de haber compartido su presencia con los innumerables fieles que la esperan cada año. Y así, con ese trono austero, con ese caminar firme, con esos ojos perdidos pero que no pierden la esperanza, Nuestra Señora regresó a su templo, desde donde volverá a salir en la Semana Santa de 2027, cuyas fechas han quedado establecidas ya entre el 21 y el 28 de marzo. Cerrado el Viernes Santo con el dolor de la muerte de Jesús, los cristianos se disponen ya a festejar por todo lo alto este próximo Domingo de Resurrección.
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