La Semana de Cine de Melilla: dieciocho años sosteniendo la magia colectiva del séptimo arte

El evento cultural ha sabido evolucionar sin perder su esencia: reunir al público en torno a la pantalla y mantener viva la experiencia compartida del cine

“El cine, como la música, es una de las artes más populares”. La reflexión de Moisés Salama, codirector de la Semana de Cine de Melilla, no es una frase aislada, sino el punto de partida de un proyecto cultural que ha crecido durante casi dos décadas con la idea de acercar el cine a la ciudadanía y devolverle su dimensión compartida. En una época en la que el consumo audiovisual se ha desplazado en gran medida al ámbito doméstico, la persistencia de este evento encuentra sentido precisamente en aquello que no ha cambiado: la emoción colectiva que se genera en una sala.

La historia de la Semana de Cine se remonta a un momento en el que Melilla contaba con una oferta cinematográfica limitada, condicionada por la existencia de un único cine comercial y una programación centrada en grandes producciones. Fue entonces cuando, desde el entorno de la Uned, comenzó a gestarse una iniciativa impulsada por el propio Salama junto a Miguel Ángel Oeste y Ángel Castro. Aquella propuesta inicial no partía únicamente de una carencia o un grupo de amantes del séptimo arte, sino de la vocación de llevar a la ciudad un cine distinto, ampliar la mirada del espectador y ofrecer acceso a películas que, de otro modo, no llegaban.

Los ciclos de cine organizados en la Uned funcionaron como germen de una idea que pronto desbordó ese espacio. La Semana de Cine, comenta Salama, nació como una extensión de esa actividad, pero adquiriendo progresivamente una identidad propia, más ambiciosa, en continua evolución. Lo que en un principio se concebía como una muestra de películas fue transformándose en un evento que buscaba algo más que la proyección: generar un encuentro, construir un ambiente, dotar al cine de una dimensión cercana y festiva.

Esa evolución se hizo visible en la incorporación de actores, actrices, directores y profesionales del sector que comenzaron a participar activamente en la programación a través de actividades paralelas como las mesas redondas y las presentaciones. La presencia de estos invitados no respondía únicamente a un criterio de visibilidad, sino a la voluntad de acercar el proceso creativo al público. Las películas dejaban de ser una creación visionada para convertirse en una experiencia que continuaba más allá de la pantalla, en conversaciones, en preguntas, en el intercambio directo entre quienes hacen cine y quienes lo reciben.

En ese proceso de crecimiento, los premios fueron surgiendo de manera casi natural, como una extensión de las vivencias acumuladas en cada edición. El caso del galardón José Sacristán resulta especialmente revelador. La visita del actor a Melilla estuvo marcada por una carga emocional profunda, vinculada a su paso por la ciudad durante el servicio militar. Ese regreso a la ciudad dejó una huella que trascendió el momento puntual del reconocimiento. La organización decidió entonces convertir aquel gesto en un símbolo permanente, dando nombre al premio destinado a reconocer trayectorias consolidadas dentro del cine que hoy se mantiene.

Poco a poco, la estructura del evento fue incorporando nuevos reconocimientos que ampliaban su alcance. El premio internacional, surgido en ediciones recientes, refleja la apertura hacia figuras con proyección global, mientras que iniciativas como el premio Amlega, Falda Tul Roja, introducen una dimensión social que conecta el cine con realidades y colectivos diversos. Estas incorporaciones no solo enriquecen la programación, sino que consolidan una identidad basada en la pluralidad y el enriquecimiento del evento.

Sin embargo, uno de los aspectos más complejos en la trayectoria de la Semana de Cine ha sido su adaptación a los cambios en el consumo audiovisual. En dieciocho años, la relación del público con el cine ha experimentado una transformación profunda. La irrupción de las plataformas digitales ha modificado los hábitos, acortando los tiempos de acceso y trasladando buena parte del visionado al ámbito doméstico. En ese contexto, la continuidad del evento ha exigido una reflexión constante sobre su sentido.

La respuesta ha sido reforzar aquello que diferencia a la Semana de Cine: la experiencia colectiva. La sala se convierte en el centro de todo, en ese espacio donde las emociones se amplifican al ser compartidas y reconocidas en la butaca de al lado. La risa, el silencio, la tensión o la emoción adquieren otra dimensión cuando se viven en compañía. Recuperar al aficionado al cine, devolverle el hábito de acudir a la sala, se convierte así en uno de los grandes retos del evento, y de las salas de cine en general.

La programación juega un papel decisivo en ese objetivo. Su construcción implica un ejercicio de equilibrio en el que los gustos personales quedan en segundo plano frente a la necesidad de conectar con el público. El resultado es una propuesta ecléctica, abierta, que integra distintos tipos de cine y distintas sensibilidades. Cine comercial y cine de autor conviven en una misma estructura, reflejando la diversidad de una industria que oscila entre lo masivo y lo íntimo.

A esa diversidad se suman las actividades paralelas, que han ido ganando protagonismo con el paso de los años. Los cinefórums, dirigidos especialmente a colegios e institutos, introducen el cine como herramienta de reflexión, generando espacios de debate y de encuentro. Esta dimensión educativa no solo amplía el alcance del evento, sino que contribuye a formar nuevos públicos, asegurando la continuidad de esa relación con la sala de proyecciones.

El cortometraje ocupa también un lugar central dentro de la Semana. Lejos de ser un formato secundario, se concibe como una cantera de talento, un espacio desde el que emergen nuevas voces, que, en muchas ocasiones, terminan trabajando el largometraje. El certamen nacional ha llegado a reunir cientos de trabajos, con una selección final que, también, visibiliza a los creadores melillenses. Esta apuesta refuerza el vínculo con la ciudad, integrando a sus artistas, sus creadores, sus escuelas y su público diverso en el desarrollo del evento.

La presencia de invitados a lo largo de estos años ha contribuido a construir una historia paralela, tejida a partir de nombres y experiencias. Figuras como Mario Casas, Dani Rovira, Ana Belén, Maribel Verdú o Aitana Sánchez-Gijón han pasado por Melilla, formando parte de un recorrido que va más allá de la programación. Esa relación genera una dinámica de ida y vuelta, sostiene Salama. Quienes visitan la ciudad descubren un entorno que, en muchos casos, desconocían, y se convierten en portavoces de esa experiencia, y ciudad, fuera de ella.

Tras dieciocho años de recorrido, la Semana de Cine de Melilla se sitúa en un punto de madurez que no implica inmovilidad. Ha sabido evolucionar, adaptarse a los cambios y ampliar su estructura sin perder de vista su objetivo inicial. En un momento en el que el cine se enfrenta a nuevas tensiones —entre lo comercial y lo autoral, entre la sala y la plataforma—, este evento continúa defendiendo la convivencia de miradas.

Y, sobre todo, mantiene viva una idea que atraviesa toda su historia: que el cine encuentra una de sus formas más completas cuando se comparte. Una experiencia que, dieciocho años después, sigue convocando a los espectadores a reunirse frente a una pantalla y dejarse llevar, juntos, por una historia.

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