La petalá a los sagrados titulares de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima del Rocío se convirtió, en la tarde del Jueves Santo, en uno de los momentos más emotivos del discurrir procesional. Sobre las 17:00 horas, los pétalos blancos y rojos preparados durante la jornada previa comenzaron a desplegarse desde uno de los puntos habituales del recorrido, envolviendo a las imágenes en una lluvia floral preciosa.
El instante no fue improvisado. Detrás de esa estampa breve, que el público contempla en apenas segundos, se encuentra el trabajo desarrollado durante el tradicional “Miércoles de las flores”, organizado por el grupo joven de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima del Rocío. Bajo el lema “Flores de oración”, la Casa de Hermandad el día de antes de la procesión se convirtió en el centro neurálgico de una intensa jornada de preparación en la que participaron hermanos, fieles y devotos.
Desde primeras horas de la mañana y hasta última hora de la tarde, un flujo constante de personas acudió con ramos de claveles. La actividad se desarrolló en dos franjas horarias, lo que permitió mantener un ritmo continuo de recepción y clasificación de flores. Los claveles rojos y blancos fueron los protagonistas de la jornada, cada uno con un destino específico dentro de la organización procesional.
Los claveles rojos se reservaron para el exorno del trono de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli, integrándose en la composición floral que viste la base del paso. Mientras tanto, los claveles blancos fueron destinados a la petalá, y su preparación requirió un proceso minucioso de deshojado, pétalo a pétalo, hasta obtener el material que posteriormente sería utilizado durante el recorrido del Jueves Santo.
Los pétalos blancos se acumularon en cajas, listos para su traslado, mientras los rojos aguardaban su incorporación al montaje del trono. Las manos del grupo joven coordinaron cada fase del proceso, en una dinámica que combinó esfuerzo, orden y continuidad.
Una vez preparados, los pétalos destinados a la petalá fueron trasladados a una vivienda situada en el barrio de barrio Calvo Sotelo, cedida por hermanos y devotos. Desde ese enclave, estratégicamente situado en el itinerario procesional, se organizó el dispositivo para que, en el momento oportuno, los pétalos fueran lanzados al paso de los titulares.
Durante la procesión del Jueves Santo, ese trabajo previo se materializó en uno de los momentos más esperados por los fieles. A su llegada al punto previsto, el cortejo avanzó con solemnidad hasta que, al paso de las imágenes, comenzó a caer la lluvia de pétalos blancos sobre María Santísima del Rocío y sobre el Cautivo, generando una estampa cargada de simbolismo que fue recibida con emoción por los presentes.
La petalá, breve en duración pero intensa en significado, constituye una de las expresiones más visuales de la devoción popular. Su impacto no reside únicamente en el efecto estético, sino en todo el proceso previo que la hace posible. Horas de preparación, organización y participación colectiva se concentran en unos segundos en los que la flor se convierte en ofrenda y acompañamiento.
Esta práctica, que se ha ido consolidando en los últimos años dentro de la cofradía, tiene su origen en la observación de tradiciones similares en otras localidades andaluzas. Su incorporación inicial se produjo en un traslado de los titulares, y desde entonces ha evolucionado hasta integrarse plenamente en el discurrir procesional, especialmente en momentos clave del recorrido.
En paralelo al montaje del trono, el trabajo con los pétalos se desarrolla de manera silenciosa pero constante. La clasificación, el almacenamiento y el traslado posterior forman parte de una cadena organizada que culmina en el momento de la petalá. Ese engranaje, apenas visible para el espectador, es el que permite que, durante la procesión, la lluvia de flores caiga con precisión y en el instante adecuado.
Cuando los titulares avanzan por las calles y los pétalos blancos caen sobre ellos, se completa un ciclo que comenzó días antes en la Casa de Hermandad, con la llegada de flores, el trabajo del grupo joven y la colaboración de numerosos devotos.
Un instante que, aunque efímero, permanece en la memoria de quienes lo presencian como uno de los signos más reconocibles de la Semana Santa.
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