Categorías: Opinión

La paciencia de Sabrina Moh mata

Señora delegada del Gobierno, Sabrina Moh:

El cáncer no entiende de traslados, ni de festivos, ni de paciencia. Mientras usted pedía en prensa a los melillenses “paciencia para el perfecto funcionamiento del Hospital Universitario”, un adenocarcinoma invadía mi cuerpo y el diagnóstico, firmado y sellado, dormía el sueño de los justos en un cajón de la administración que usted representa. Esa es la realidad de su gestión: pedir paciencia a la ciudadanía mientras sus biopsias se pudren en el olvido. Paciencia tras haber tardado más de 20 años en construir un hospital. ¿No hemos tenido ya los melillenses suficiente paciencia? ¿Cómo se le pide paciencia al cáncer, señora Moh? Espero que no me diga que este relato alarma a la ciudadanía.

Hoy tomo una decisión difícil: desnudar mi intimidad. Lo hago porque el silencio se ha convertido en el cómplice necesario de su negligencia. Renuncio a mi intimidad por una causa mayor: evitar que el sistema público de salud en Melilla se cobre más vidas.

Permítame que le cuente. El miedo comenzó a finales de agosto, cuando noté sangre en las heces. Ante un síntoma que paraliza a cualquiera, intenté hacer lo que la lógica del siglo XXI dicta: pedir cita con mi médico de cabecera a través de la aplicación del INGESA. Fue imposible. El sistema digital, ese del que tanto presumen, no funcionaba. Tuve que someterme a la humillación que sufren a diario miles de melillenses: acudir al amanecer a mi centro de salud y hacer cola física en la calle para mendigar un número. Los detalles los puede ver usted en la reclamación que puse ante el INGESA. ¿La respuesta de su administración?, buenas palabras y nada más. A día de hoy, sigo sin poder pedir cita a través de su aplicación, al igual que muchas personas cercanas con las que he contactado.

Logré entrar en el circuito sanitario y, el 4 de diciembre, lo que debía ser una solución se convirtió en una pesadilla. Me sometí a una colonoscopia en el Hospital Comarcal y allí apareció un maldito pólipo. El resultado fue una carnicería. El informe médico reconoce que sufrí una “microperforación asociada” que tuvieron que cerrar a la desesperada colocando cinco clips metálicos dentro de mi intestino. Se trata de una complicación conocida, pero nada habitual. Rara vez se perfora en una colonoscopia.

El propio informe admite que, debido a la perforación, no pudieron extirpar el pólipo que encontraron y quedaron "restos en escara". A simple vista, aquello tenía muy mala pinta; sabían que dejaban algo feo dentro, pero la prioridad, lógicamente, fue tapar el agujero.

Tras la perforación, me ingresaron durante 24 horas de puro terror. Me dejaron allí tumbado, cruzando los dedos para que ese ‘apaño’ —una "guarrería", como secundaría mis palabras más tarde un prestigioso cirujano en Barcelona— aguantara y no reventara. Fue una noche de miedo agravada por su caos administrativo: descubrí que, por algún motivo que nadie supo explicarme, había dos historias clínicas abiertas a mi nombre. La confusión fue tal que me dejaron toda la noche angustiado, haciéndome creer que a la mañana siguiente me harían una segunda colonoscopia. Pensé que querían volver a entrar porque no estaban seguros de lo que habían hecho, que la chapuza era irreparable, ¡qué sé yo! La realidad es que simplemente se habían confundido con la orden de la primera prueba: no había segunda colonoscopia, pero a mí me regalaron una noche de insomnio pensando que volvían a entrar. Nadie se disculpó.

Y entonces llegó su arma más letal: la desidia. Me dieron el alta pendientes de una biopsia, dado que no habían podido quitar todo el pólipo y su aspecto visual y tamaño eran preocupantes. Mientras usted brindaba por la Navidad, se ponía las medallas por el traslado al nuevo hospital y pedía paciencia ante los medios, un patólogo firmó mi sentencia el 23 de diciembre. El diagnóstico era aterrador: "Adenocarcinoma intramucoso con invasión puntual microscópica de muscularis". El cáncer estaba confirmado y escrito en un papel en sus oficinas. Listo en la casilla de salida para incorporarse a las autovías biológicas que llevan a la metástasis de hígado y pulmones. Pero nadie me llamó. Su sistema, señora Moh, se fue de vacaciones y estaba ocupado en el traslado del hospital. Nadie levantó el teléfono para decirme: “Oye, tienes cáncer”.

Pasó la Navidad, pasaron las uvas, pasaron los Reyes Magos y el teléfono seguía mudo. Tras más de un mes de espera, tuve que recurrir a lo que más detesto: pedir favores. Descubrí que tenía cáncer accediendo de forma extraoficial a mi historia clínica. Al leer que la biopsia era mala y había que tomar cartas inmediatas en el asunto, comprendí que esperar los tiempos de su INGESA era una sentencia de muerte. No sabe cómo me acordé ese día de usted y su “paciencia”. Hice las maletas y huí a Barcelona.

Busqué en la medicina privada los cuidados que usted y sus antecesores, muy a mi pesar, han desmantelado en la sanidad pública. En el Hospital Quirón de Barcelona no hubo colas en la calle, historias clínicas duplicadas, perforaciones o paciencia. El Cirujano Antonio De Lacy me vio de un día para otro, me realizaron un TAC completo de inmediato y programaron una cirugía a los dos días para sacar a ese hijo de puta de mi cuerpo y limpiar el desastre de la colonoscopia.

De forma paralela, y nuevamente pidiendo favores, conseguí una cita con una especialista en Digestivo del INGESA para este 20 de enero. De no ser por ese favor, y esto lo saben los melillenses, no me habrían visto en meses. Quién sabe cuándo me hubieran notificado oficialmente el cáncer. Ya operado y en recuperación, acudí a la consulta en busca de respuestas. Justo antes de que la doctora me notificara oficialmente que tenía cáncer, la interrumpí, la puse al día y le hice la pregunta clave: ¿Cómo es posible que una biopsia con resultado de cáncer no se notifique inmediatamente al paciente?

La doctora admitió, literalmente, que durante el traslado del hospital y la Navidad el servicio de Digestivo se quedó bajo mínimos, con un solo facultativo, que corría “como pollo sin cabeza” por el nuevo hospital.  Confirmó, disculpándose y con una impotencia visible, que la enfermera encargada de revisar las biopsias lleva “un retraso de dos meses” debido al caos administrativo. No se atreva a decir, señora Moh, que lo mío es un caso aislado.

No sé si usted es consciente de que un retraso de dos meses en un cáncer puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Por si acaso, se lo comento para que no vuelva públicamente nunca más a pedir paciencia. Y hablo de dos meses porque es lo que la doctora es capaz de confesar, pero me temo que el tiempo de respuesta sea aún mayor entre que te comunican tu diagnóstico, te hacen un TAC, otras pruebas y programan una cirugía. Vamos…que te mueres.

La doctora reconoció que fallaron todos los filtros de control habituales. Me contó que, cuando un patólogo ve algo grave ("malo"), avisa directamente al médico para adelantar la cita, pero cree que a los patólogos se les pasó por el traslado y no avisaron a nadie. Confesó y cito textualmente: “Se nos ha ido la cosa de las manos hasta el punto de que hay compañeras mirando resultados desde su casa por las tardes para intentar ponerse al día”.

¿Le parece a usted esto normal, señora Moh? ¿Estoy alarmando a la población con el relato de los hechos? Yo creo que lo que estoy haciendo es advertir a la población de su negligente gestión como máxima responsable de la sanidad pública en Melilla. Le estoy diciendo a cualquier melillense que esté esperando una biopsia que no tenga paciencia, que si tiene contactos los utilice, y si no los tiene que vaya al flamante nuevo hospital y monte el pollo más grande que pueda para obtener sus resultados.

Tras la confesión de la doctora, me ha derivado a Oncología para una consulta por si acaso. He ido a pedir la cita y no me la han dado. Han anotado mi teléfono en un papel y me han soltado esa frase que en Melilla equivale a una condena: “Ya le llamaremos”. Incluso ahora, diagnosticado, operado y casi seguro curado, su sistema sigue jugando a la ruleta rusa con mi tiempo.

Yo estoy vivo porque soy periodista, tengo contactos para ‘robar’ mi propia biopsia y mi familia, con mucho esfuerzo, dinero para operarme al margen de la sanidad pública. Pero ¿y el melillense que no tiene 40.000 euros para pagar de forma inmediata? ¿Y el ciudadano anónimo que tiene que hacer cola de madrugada a las puertas de su centro de salud para que luego su biopsia se pudra en un cajón? ¿Quién salva a ese melillense? Ese paciente está sentenciado, señora Moh. Y usted y su paciencia son sus verdugos.

Yo no quiero que pida perdón por sus palabras. Yo quiero que se marche. Tenga algo de dignidad. Dimita. No se atreva a pedirnos más calma cuando su paciencia mata. Váyase de la vida pública y no vuelva jamás.

P.D. Mientras escribía me ha llegado el informe de anatomía patológica del “trozo pocho de intestino” (así lo llama mi hermano) que me quitaron en la cirugía. Solo han tardado cuatro días en hacer la biopsia. Márgenes limpios, 0/15 ganglios cercanos afectados. ¡Estoy limpio!

 

 

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