Unos minutos pasadas las 00:00 horas, cuando el recinto ferial parecía entrar en esa hora mágica en la que el bullicio de la feria de noche se mezcla con la nostalgia del día vivido en la feria de día, la Orquesta Mondragón irrumpió en la Caseta Oficial de la Feria de Melilla para recordar que la música, el humor y la irreverencia siguen siendo armas imbatibles contra la rutina. Lo que ocurrió anoche no fue un concierto al uso. Fue una celebración teatral, un revoltijo de rock, sátira y complicidad con el público que quedará grabado en la memoria de los melillenses.
Desde temprano, la gente que iba llenando la Caseta Oficial tenían bastantes expectativas. Familias enteras, grupos de jóvenes y veteranos nostálgicos de los ochenta fueron poblando el recinto con curiosidad.
La espera se condimentaba con risas, brindis y fotos para capturar el momento y poder recordarlo. Se sabía que el reloj marcaría un punto de inflexión a medianoche. Y así fue. Las luces se apagaron, un redoble teatral agitó el silencio, y entonces apareció él.
Javier Gurruchaga, maestro de ceremonias de esta troupe desde hace casi cinco décadas, apareció en escena con el desparpajo de siempre, ataviado con chaqueta estrafalaria y mirada cómplice. “¡Viaje con nosotros!”, exclamó a modo de conjuro, y la caseta estalló en una ovación inmediata. No era solo un saludo. Era una invitación a subirse a una montaña rusa de absurdos, carcajadas y melodías que han marcado generaciones.
El público respondió como un solo cuerpo. Hubo quienes alzaron móviles para captar el instante, otros se entregaron al baile desde el primer acorde, y no faltaron los que, con sonrisa melancólica, evocaron los años en que descubrieron esas canciones por primera vez.
La Orquesta Mondragón desplegó un repertorio que fue un viaje entre clásicos inoxidables y guiños a su esencia. No podían faltar himnos como “Corazón de neón”, “Viaje con nosotros” o “Ellos las prefieren gordas”, coreados a pleno pulmón por una multitud que oscilaba entre la risa y la euforia. Cada tema era acompañado por una puesta en escena que transformaba la música en espectáculo total. Gestos exagerados, coreografías improvisadas y ese sello de cabaret gamberro que convierte cada actuación en un universo paralelo.
En medio del repertorio, Gurruchaga desplegó su faceta más histriónica. Imitó a personajes televisivos, improvisó monólogos sobre la política y la vida cotidiana, y lanzó guiños cómplices al público melillense, consciente de que la feria es, ante todo, un espacio de celebración.
El escenario, engalanado con luces y motivos festivos, se transformó gracias a proyecciones psicodélicas y efectos que evocaban el espíritu irreverente de la banda. Hubo momentos que parecían sacados de un cabaret berlinés, otros de una verbena de barrio, y algunos incluso de una función de circo. Esa mezcla, lejos de desentonar, encajaba perfectamente con el ideario Mondragón. Un carnaval permanente donde nada es lo que parece y todo es posible.
La banda, sólida y entregada, acompañaba con solvencia los vaivenes de su líder. Cada riff de guitarra, cada golpe de batería, cada línea de bajo reforzaba esa sensación de montaña rusa emocional. El público no se limitaba a escuchar. Participaba, gritaba, bailaba, se reía. Era parte del espectáculo.
Si algo define el éxito de una actuación es la reacción de la gente. Y en esta ocasión, la respuesta fue unánime. Melilla se rindió a los pies de la Mondragón. Niños y mayores cantaban al unísono, parejas improvisaban pasos de baile, grupos de amigos se abrazaban en medio del estribillo. La música se convirtió en un catalizador de emociones, en un puente que unía generaciones distintas bajo el mismo manto.
Tras más de una hora y media de música, risas y complicidad, llegó el momento del adiós. Pero la Mondragón no se despide de cualquier manera. Su cierre fue una explosión de energía. Aceleraron el ritmo, hicieron cantar al público una y otra vez, y culminaron con un estallido de luces y serpentinas que tiñó la caseta de colores. Gurruchaga, con su teatralidad habitual, lanzó un último agradecimiento: “Gracias, Melilla, por este viaje. Que la locura nunca falte”.
Los aplausos se prolongaron varios minutos, como si nadie quisiera que la noche terminase. Y aunque el reloj ya había avanzado bien entrada la madrugada, el eco de la fiesta seguía resonando en cada rincón del recinto ferial.
Porque en una feria donde se busca la alegría, la Mondragón demostró que la locura es, en efecto, la mejor banda sonora.
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