Durante años, la música local en Melilla ha vivido en una especie de limbo cultural. Mientras las agrupaciones teatrales encontraban acomodo en festivales y espacios municipales, nuestros músicos -esos que ensayan en garajes, locales prestados y estudios improvisados- se las arreglaban como podían para encontrar un hueco en la Programación Oficial de la ciudad.
Esa injusticia histórica parece haber llegado a su fin. La decisión de la Ciudad de habilitar la explanada de la subida a la Alcazaba para los grupos locales no es solo un gesto simbólico: es el reconocimiento de que la cultura se construye desde abajo, desde lo cercano, desde lo que late en los barrios.
Que cerca de 20 agrupaciones musicales hayan decidido organizarse en asociación dice mucho del músculo creativo que existe en Melilla. No hablamos de aficionados domingueros, sino de proyectos serios que merecían una oportunidad. El problema era que esa oportunidad nunca llegaba. Aún así, la consejera de Cultura, Patrimonio Cultural y del Mayor asegura que aún queda pendiente algún trámite para que este espacio se consolide. “Ya se han pedido todos los permisos desde la delegación del gobierno para poder hacer un uso efímero de esta zona, de esta maravillosa plaza, en la que se van a instalar a la caída del sol los pequeños escenarios, teatro, pequeña iluminación y ya están también programados una serie de conciertos de los grupos locales para ofrecerlos en esta maravillosa explanada a la caída del sol.” Asegura Fadela Mohatar
Y es que el cambio de mentalidad que supone destinar un espacio patrimonial a la música local envía un mensaje claro: la administración entiende que la cultura no es solo entretenimiento, sino identidad. Y la identidad se forja con lo propio, con lo que nace aquí.
La elección del enclave no es casual. Esa explanada junto a la Alcazaba, con vistas privilegiadas y el marco incomparable del atardecer melillense, convierte cada concierto en una experiencia única. No es sólo un escenario, es una declaración de intenciones sobre el valor de lo local.
Además, el formato elegido -conciertos al atardecer- democratiza el acceso. No compite con la gran programación nocturna, sino que la complementa. Crea un momento específico para la música nuestra, sin ruidos ni interferencias.
Esta iniciativa sienta un precedente importante. Por primera vez, los grupos locales no tienen que mendigar espacios ni conformarse con horarios imposibles. Tienen su momento, su lugar, su reconocimiento oficial.
El mensaje para las nuevas generaciones de músicos es esperanzador: en Melilla sí hay sitio para tu proyecto, sí hay quien apuesta por lo que haces, sí merece la pena formar una banda y trabajar por ella.
Los cerca de 20 grupos que forman la asociación han demostrado capacidad organizativa y seriedad. Han respondido cuando se les ha dado la oportunidad. Ahora toca que la administración responda también, convirtiendo este verano en el inicio de algo más grande.
La música local melillense tiene talento, tiene ganas y, por fin, tiene escenario. Solo falta que el público responda y que esta apuesta se convierta en tradición.
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