Hay historias que empiezan con una decisión. Y otras, como la de Lourdes Carballa, empiezan casi sin querer. Una tarde de 1979 entró en la sede de UCD porque unos amigos la habían invitado a cenar después de una reunión. Ella no pertenecía al partido, ni siquiera tenía intención de entrar en política. Solo esperaba a sus amigos. Pero se quedó dentro para no pasar frío.
Mientras esperaba, los militantes votaban los nombres de quienes podían formar parte de la candidatura a las elecciones municipales. Lourdes estaba allí, tranquilamente, sin imaginar lo que estaba pasando. Y la votaron.
Al día siguiente recibió una llamada. Podía incorporarse como independiente. Lo pensó. Se lo consultó a su marido. Y dijo que sí.
Así, casi de casualidad, Lourdes Carballa se convirtió en la primera mujer concejala de Melilla. Era 1979. La democracia daba sus primeros pasos y ella estaba a punto de entrar en una historia que tampoco había buscado.
Pero para entender a Lourdes hay que ir mucho más atrás. A su infancia. A la calle General Prim. A sus padres. Nació en Melilla y también lo hizo su madre. Su familia lleva ligada a la ciudad desde finales del siglo XIX. Después llegaron sus hijos y sus nietos. Todos nacidos aquí. "Somos melillenses de pura cepa".
Su infancia fue feliz, aunque quedó marcada demasiado pronto por la muerte de su padre. Juan Carballa, profesor de instituto, murió cuando Lourdes tenía solo 13 años. Lo recuerda como un hombre bueno y muy querido en Melilla.
Su madre, Emilia Melús, también dejó huella en la ciudad. Era maestra y, tras quedarse viuda, tuvo que ponerse a trabajar para sacar adelante a su hija. Lourdes recuerda aquella pensión como "miserable y pequeñaja". Fue la primera directora de la escuela infantil del barrio de la Victoria y puso en marcha aquel centro.
En casa aprendió el valor del esfuerzo. También una idea que, para la época, no era tan habitual. Su madre quería que estudiara, que tuviera una profesión y que pudiera valerse por sí misma. "Que tú seas independiente, que quieras estar con un hombre, pero porque lo quieras, no porque necesites de él para nada", le decía.
Lourdes estudió piano, Magisterio y después Derecho en la UNED. Pero también se casó muy joven. Tenía 18 años. Había conocido a Juan cuando tenía 16. Él era teniente, recién salido de la academia militar, y le llevaba once años. Ella recuerda aquel primer encuentro y cómo llamaba la atención con su uniforme.
Su madre intentó que Lourdes no dejara sus estudios. Quería que se marchara un año a Madrid para continuar formándose. Quizá pensaba que la distancia podía cambiar las cosas. No ocurrió. Se casaron y tuvieron cinco hijos.
Y entonces comenzó una carrera contrarreloj que hoy recuerda con una mezcla de ternura y asombro. Mientras criaba a sus hijos, Lourdes estudió, sacó unas oposiciones y comenzó a trabajar en Hacienda. Después llegó el Ayuntamiento.
Pero hay algo que Lourdes recuerda con especial cariño de aquellos primeros años. La manera de relacionarse entre quienes pensaban diferente.
En 1979, la democracia estaba empezando a andar. UCD ganó las elecciones con 15 concejales y Rafael Ginés fue alcalde. Las distintas áreas municipales se repartieron entre las fuerzas políticas. Se discutía. Se votaba. Cada uno defendía sus ideas. "No tiene nada que ver cómo se hacía política en aquel momento a lo que hay ahora".
Según recuerda Lourdes había respeto. Se podía discrepar de una persona durante una reunión y, cuando terminaba, seguir hablando con ella con normalidad. No había, cuenta, "ninguna acritud". Incluso podían marcharse juntos a tomar una caña después de los plenos.
"La democracia había que tratarla con cariño, con cuidado. Ahora ya todo eso se ha perdido. Y a mí me da mucha pena cuando lo veo porque no tiene por qué ser así. Yo puedo pensar distinto a ti y respetar tus ideas. Y luego ponerlas, sacar lo que podamos de uno y de otro y que sea válido".
Y ahí está una de las grandes diferencias que Lourdes encuentra entre aquella etapa y la actual. No dice que entonces todo fuera perfecto. Tampoco que ahora todo sea peor. Habla de una forma de entender el debate que, a su juicio, se ha ido perdiendo. Le da pena ver cómo las diferencias políticas pueden convertirse hoy en enfrentamientos personales.
Su paso por el Ayuntamiento duró cuatro años. El último, reconoce, le sobró. No por falta de interés, sino por la dificultad de mantenerlo todo en pie. Trabajaba en Hacienda, tenía cinco hijos y por las tardes acudía a las reuniones municipales y del partido. La más pequeña aún no tenía un año cuando fue elegida.
Los hombres lo tenían más fácil, recuerda. "La conciliación no existía, no sabíamos ni qué era". Mientras que sus compañeros se quedaban tomando un cerveza ella tenía que volver a casa. "Había que coser un botón, ver cómo les había ido el día a los niños, los deberes, todo eso", recuerda.
También tuvo que enfrentarse a situaciones de desigualdad en su trabajo por ser mujer. En una ocasión, una sección que le correspondía terminó en manos de un hombre con menos antigüedad y perteneciente a un cuerpo inferior. La explicación que recibió fue que aquella área era "muy desagradable para una mujer".
Lo cuenta ahora sin dramatismo. Como parte de una época en la que muchas mujeres todavía tenían que abrirse camino en espacios que no estaban pensados para ellas. Y Lourdes lo hizo.
Después llegaron muchos años de trabajo, familia y también tiempo para ella. Ha practicado yoga durante décadas. Ahora hace tai chi y nada al menos dos veces por semana. "Todo lo que sea moverse es bueno", dice.
Su vida actual es más tranquila, aunque sigue teniendo una agenda. Va a conferencias, hace cursos cuando encuentra alguno que le interesa y se reúne con sus amigas para jugar a las cartas. Pero hay un día especialmente importante. El de la familia. Sus hijos que viven en Melilla van a casa y se reúnen todos. "La familia es lo mejor, lo más importante". Ahora, además, está a punto de convertirse en bisabuela. La noticia le hace una ilusión enorme.
Su nombre sigue ligado a Melilla a través del premio Lourdes Carballa. Cuando la Ciudad Autónoma decidió ponerle su nombre, le pareció un gesto "muy generoso". Sin embargo, no considera que sea ella quien ha dado prestigio al reconocimiento. "El prestigio que pueda tener no es por mi nombre, es por las personas a las que se les va dando porque todas son unas mujeres con muchos valores y que verdaderamente están haciendo cosas por los demás".
Quizá por eso, cuando habla de aquella Melilla, no recuerda únicamente los plenos ni las reuniones. Recuerda también a las personas. A quienes estaban en el otro lado de la mesa. A los compañeros con los que podía discrepar y, después, compartir una conversación. Esa es la política que Lourdes Carballa lleva en la memoria. Una política con desacuerdos, sí. Pero también con espacio para escucharse.
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