Cuando una persona decide migrar, las motivaciones o circunstancias de las que parten son diversa. La apuesta por dar un paso y alejarte de todo lo que conoces, en ocasiones, ni siquiera es una opción. Fue el caso de Marianella quien llegó con su hija de diez años desde Venezuela. Las condiciones de las expropiaciones que afectaron a su familia que se encargaba de una finca, así como la inseguridad y la falta de mecanismos estatales óptimos que atajen la delincuencia, el clientelismo y controlen de forma efectiva a aquellos que deben velar por la seguridad de sus ciudadanos se vuelven unas condiciones que expulsa a sus nacionales de una forma violenta. Para Marianella, el trauma migratorio se vive de diferentes maneras. A ella le tocó simplemente dar gracias por haber llegado, negando el recuerdo sobre su propio país. Un país que los últimos años vio cómo a su hijo de 19 años lo asesinaron de dos disparos y cómo ella y su hija se escondían durante nueve meses sin salir de una habitación, con temor a cualquier movimiento o ruido. Primero llegó su marido a Murcia donde se cobijó con un conocido español que había residido en Venezuela durante un tiempo. La pandemia lo sostuvo en América y el matrimonio le ofreció cobijo allí. Sin embargo, la respuesta en el proceso de su marido hacia España, no estaría marcada por la misma suerte. Esa mano tendida tiempo atrás, despreció el agradecimiento del que un día sería presa. Esa mano tendida llegó a negar unas condiciones dignas y forzaron un encierro que el venezolano tuvo que soportar hasta acudir a una Iglesia cercana donde le hablaron del CETI. Mientras él pasaba penurias en España, Marianella y su hija permanecían en Venezuela hasta lograr llegar dejando lo poco que quedaba atrás. Su vida ha cambiado totalmente, pero la seguridad marca sus ruegos y plegarias; estar viva junto a su pequeña, permitiéndola tener esperanza.
“Yo pienso que depende del motivo que tú tengas para salir de tu país, encaras la realidad que te viene de frente”, sostiene esta madre. Quien, además, recalca que el idílico proceso migratorio no existe, esa ventana a un mundo lleno de oportunidades donde todo es fácil, no es real. “Las personas piensa que salir fuera es salir y encontrar el tesoro perdido con el mapa indicando la equis, y no es así”, sostiene Marianella. “Detrás de todo eso hay un proceso que cada quien lo vive a su manera”, añade. Un duelo, un hacer frente a las nuevas realidades, unos recuerdos y experiencias que marcan y describen la actitud y las dificultades emocionales que pesan sobre las personas.
Ella reside en el CETI desde hace unos meses, donde vive en una habitación compartida con su hija y otras mujeres en un espacio de cuatro literas. Su marido permanece en otras estancias de las instalaciones y son en las zonas públicas del centro y en la calle donde pueden hacer vida familiar. Para Marianella lo más complicado de vivir allí son los conflictos entre residentes. La intimidad de un hogar se borra, las rutinas, las costumbres, los comportamientos generan choques y situaciones de conflicto que tienen que manejar. En su caso, migrar ha sido un proceso familiar. Están juntos y apoyándose. Pilar Leiva, llegó desde Perú hace seis años, encarando un viaje sin retorno hasta la fecha. Una migración, que no había sido la primera puesto que ya Argentina, doce años atrás, fue destino para ella. El origen de su migración es diferente. Madre de cuatro hijos, las condiciones materiales dificultaban las condiciones de vida y subsistencia. Ella llegó a España, pero, a diferencia de Marianella, lo hizo sola.
“Yo vengo de la familia de inmigrantes. Mi padre, que en paz descanse, se fue para Estados Unidos a trabajar, tuve un hermano también que se fue para allá. Digo tuve porque los dos murieron. Siempre hemos salido personas trabajadoras”, resalta Leiva quien trabaja con una familia de señores mayores en Melilla en la actualidad, aunque ha trabajado en Málaga y Menorca con anterioridad. “Es muy duro acá, pero yo ya sabía a lo que venía”, sostiene esta madre. Ella trataba de informarse en Internet antes de venir a España y comprender cómo es la situación administrativa aquí y cómo son los procesos para la obtención de la nacionalidad. “Yo me puse a pensar ´madre mía tres años sin poder ver a mis hijos´, tres años … La mayoría lo hace por necesidad, para poder ayudar a nuestra familia”, describe Leiva, madre de cuatro hijos que permanecen en su país de origen.
Las condiciones económicas que Marianella vivía previamente a su marcha forzada, no eran de necesidad. Su marido era veterinario de caballos, y durante 10 años esta familia estuvo a cargo de una finca propiedad de un español en Venezuela. Con las políticas del presidente Chávez comenzó “una ola de expropiaciones”. Su familia veía por los medios de comunicación lo que estaba sucediendo en su propio país, pero lo sentían lejano, “como una realidad ajena, que no nos iba a tocar. Mientras no estás en los zapatos, tú no sabes lo que es vivir algo así”, recuerda la mujer venezolana. Ella no quería salir de forma voluntaria “nosotros sufrimos desalojos, tuvimos que salir de la propiedad; salir huyendo porque te involucran en cualquier cosa para apartarte del camino. Te acusan. El gobierno trabaja así, o sea, tú no sabes quién es el gobierno ni quiénes son los delincuentes porque el gobierno está corrompido y entonces te acusan y ¿qué prefieres tú?, dejar tus bienes y alejarte” expresa Marianella recordando aquellos momentos en los que el sentido de la huida era la única garantía de supervivencia. No importó el trabajo, ni los coches, ni las casas que tuviesen. Se marcharon y todo aquello, esa vida, “quedó atrás”.
“Cuando tú sales a otras fronteras es totalmente un choque, porque son nuevas costumbres, todo es nuevo, todo es diferente”, resalta la mujer. “La gente pensaba que si viajaba a Europa o salía a Estados Unidos venía al paraíso, que ya lo tenías todo, tenías tu vida hecha, porque la gente tenía esa creencia de la facilidad, de que traspasar fronteras era verdad y no es así, no es tan fácil, ciertamente los países más desarrollados tienen una facilidad, porque la Unión Europea con esos programas de ayuda para los inmigrantes nos han tendido la mano a muchos necesitados de verdad, pero por ejemplo en mi caso particularmente yo no salí porque quisiera salir de mi país, yo salí forzada”, reflexiona Marianell.
Ella recuerda cómo llegaron aquí “anémicas”, no comían, no dormían. “Entonces llegamos acá y encontramos esa paz y esa tranquilidad que te da la libertad. La seguridad”, sostiene Marianella. Ella borró Venezuela, borro lo ocurrido y “después de tantos meses, vengo a extrañar algo de mi país, porque yo no extrañaba absolutamente nada”, explica con emoción. En el CETI ella observa diferentes circunstancias, diferentes sufrimientos y depresiones, para ella llegar al CETI “fue como llegar al paraíso”. Cuando observa a su alrededor y sentía el sufrimiento “yo decía, Dios mío, ¿pero por qué estos sufren tanto? Porque sí, he visto personas allá en el CETI que sufren, porque dejaron a su familia, dejaron sus bienes, dejaron todo”, dijo Marianella. Pilar Leiva comprende ese dolor, ella no tuvo la oportunidad de venir con sus hijos “y dejar a los hijos tiene un precio muy grande”, concreta Leiva. Una decisión que ha marcado su vida y que resuena en su cabeza, condiciona un peso del que no se puede desprender y que traslada a sus allegados. Para ella, algunos comentarios que sus hijos han mandado son puñales clavados con los que tiene que subsistir y aprender a vivir. Son palabras de angustia y de recelo de unos hijos que no tuvieron a su madre cerca, pero cuyas condiciones materiales del esfuerzo de ella y de su expareja han permitido que obtengan estudios superiores. Sin embargo, ese daño, ese dolor, ese echar la vista atrás condiciona sus emociones. “Por experiencia propia, dejar a un hijo pequeño es lo peor que puedes hacer, porque el precio es tan duro, y eso está siempre. Tengo cuatro hijos, de los cuales solo dos me hablan. Esos niños crecen con resentimiento”, verbaliza mientras sus emociones afloran en la conversación explicando sus sentimientos y los hechos que motivaron ese distanciamiento. “Cuando yo me fui por primera vez a Argentina, los dejé pequeñísimos, y yo siempre me voy a arrepentir de eso, toda mi vida me voy a arrepentir de eso. Pero yo siempre les digo, ahora que son grandes, yo nunca me fui para formar otra familia”. “El papá trabajaba, pero para cuatro niños no alcanza, ya no éramos cuatro, éramos seis”. Pilar aborda de una forma humana, sin tapujos, sin vacíos, conceptos y preceptos sociales, frases hechas como “el amor todo lo puede. No mentira, el amor lo puede cuando eres dos y no hay niños, tú puedes estar donde sea sin niños. El dinero no da la felicidad. Para mí el dinero sí da la felicidad, el 90%, porque cuando tú no tienes, estás triste, no sabes qué vas a mandar a tus hijos, sufren los niños”, apunta Leiva
Ellas expresan dos realidades de las muchas que existen entre las muchas madres que deciden emigrar de sus países. Ellas sufren y padecen, pero se levantan y continúan. Ellas sobreviven y tratan de lograr una seguridad negada, física y material que las ha empujado a tener que cambiar el lugar de residencia, adaptarse a nuevas formas de vida, nuevas costumbres, a percibir el tiempo con paciencia para lograr solventar su situación. Marianella permanecerá a expensas de un papel de status de refugiado, Pilar volverá a encontrarse con sus hijos sin poder volver atrás, pero mirando hacia delante. Dos mujeres, dos madres que emprendieron un camino, el de la migración y que están agradecidas por la acogida, pero son plenamente conscientes de la dificultad del proceso. Encontrar una vida digna con la que mantener a nuestros hijos y segura, que nos permita movernos con libertad y sin miedo.
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