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La difícil vuelta al cole: cómo afecta a los niños el regreso a la rutina tras las vacaciones

La psicóloga Paola Arrufat, de la clínica Verys, explica por qué cuesta tanto la adaptación, qué señales de ansiedad hay que vigilar y cómo los padres pueden facilitar el proceso

Para muchos niños, septiembre supone una cuesta arriba emocional. Tras semanas de horarios flexibles, juego libre y menos obligaciones, volver al colegio significa un giro de 180 grados. Según Paola Arrufat, psicóloga en la clínica Verys, “volver a la escuela implica un gran esfuerzo cognitivo y emocional: madrugar, cumplir reglas, concentrarse, regular la emoción típica de los primeros días…”.

Ese esfuerzo no siempre puede hacerse de golpe. Como recuerda Arrufat, “el cerebro de los niños tarda unos 21 días en consolidar un nuevo hábito, así que el cambio de ‘modo vacaciones’ a ‘modo escuela’ no puede ocurrir de la noche a la mañana”. De ahí que los primeros días de clase se conviertan en un periodo especialmente delicado.

Las señales del rechazo escolar

El malestar no siempre se expresa con palabras claras. A menudo se manifiesta en forma de síntomas físicos o conductas inesperadas. Arrufat explica: “Algunas señales típicas son quejas físicas —sobre todo dolor de estómago o de cabeza—, irritabilidad manifestada en forma de rabietas, problemas para dormir, o decir frases como ‘no quiero ir al cole’ de manera repetitiva”.

Incluso pueden aparecer conductas regresivas. “A veces piden dormir con los padres o muestran un apego excesivo hacia algún familiar. Son formas indirectas de expresar ansiedad”, añade la psicóloga.

El verano, un respiro emocional

El descanso estival, lejos de ser un problema, es necesario y saludable. “El descanso veraniego es muy positivo: los niños recargan energía, desarrollan creatividad y refuerzan sus vínculos familiares y sociales”, asegura Arrufat.

El contraste surge en septiembre, cuando la relajación del verano se transforma en exigencias escolares. “Durante las vacaciones viven con menos normas y más libertad, y eso les aporta un gran bienestar emocional. El reto aparece cuando llega septiembre: pasar de un ambiente relajado a la exigencia escolar puede generar nervios, resistencia o incluso tristeza”.

La clave, según la especialista, está en anticipar. “Lo más importante es hablar con ellos de la vuelta: recordarles a sus amigos, a los profesores o actividades que les gustan del colegio ayuda a despertar en ellos ilusión en lugar de miedo”.

El reflejo de los padres: cómo influye su actitud

En este proceso, el papel de los padres es crucial. “Los niños son esponjas emocionales: si perciben nerviosismo o estrés en los padres, lo replican. Si los padres transmiten confianza y entusiasmo, el niño lo asimila”, advierte Arrufat.

De hecho, un estudio citado por la psicóloga demuestra que “la ansiedad parental puede aumentar hasta un 30% la ansiedad escolar en los hijos”. La conclusión es clara: los adultos deben cuidar su propio discurso emocional para favorecer la tranquilidad de los pequeños.

Los horarios: un ajuste progresivo

Uno de los elementos más difíciles de retomar es el sueño. “Lo recomendable es hacerlo entre 10 y 15 días antes del inicio del curso. No de golpe, sino de forma progresiva: adelantando la hora de dormir y de levantarse unos 15 minutos cada dos o tres días”, recomienda Arrufat.

Ese ajuste también debe incluir las comidas y rutinas nocturnas. “En breve los días empiezan a acortarse, y esto nos facilita también adelantar la cena, el baño y las rutinas nocturnas”, añade.

Además, implicar a los niños en la organización es un paso clave: “Cuando los niños participan en el proceso, se sienten más motivados y colaboran mejor”.

Rutinas que aportan seguridad

Arrufat señala que los días previos al inicio del curso son ideales para reforzar aquellas rutinas que den seguridad y previsibilidad. “Conviene dedicar un tiempo a la lectura diaria, organizar juntos la mochila y los materiales escolares, y establecer un momento tranquilo antes de dormir, sin pantallas”, recomienda.

Para los más pequeños, incluso un gesto simple como ensayar la ruta al colegio puede ser determinante. “Disminuye la incertidumbre y les genera confianza”, explica.

Asimismo, propone instaurar un espacio para hablar de emociones: “Por ejemplo, antes de leer un cuento, preguntarles qué les ha gustado más del día y qué les ha disgustado. De esta manera, cuando empiece el colegio, ya estarán acostumbrados a expresar sus sentimientos y será natural hablar sobre sus emociones”.

Disciplina equilibrada con ocio

La vuelta a la rutina no significa renunciar al tiempo libre. Arrufat lo aclara: “Es importante recordar que la disciplina no es rigidez, sino estructura. La clave está en establecer una estructura firme para las tareas y responsabilidades, pero incorporando siempre tiempos específicos de ocio”.

Esa combinación hace que los niños comprendan lo que se espera de ellos y, al mismo tiempo, disfruten de espacios para relajarse y divertirse. Así, la transición del verano al colegio resulta más equilibrada y menos conflictiva.

Cuando dicen “no quiero volver al cole”

En algunos casos, el rechazo no se queda en síntomas indirectos, sino que se verbaliza de forma abierta. ¿Qué hacer entonces? Arrufat lo tiene claro: “Lo primero es escuchar y validar lo que sienten: permitirles expresar que están nerviosos, que echan de menos el verano o que no tienen ganas de volver al cole. Hablar de ello con naturalidad, sin minimizarlo, les ayuda a sentirse comprendidos”.

Después, llega el momento de profundizar. “Podemos explorar qué hay detrás de esos sentimientos: miedo a separarse de la familia, preocupación por no tener amigos o ansiedad ante alguna materia difícil”.

La psicóloga también recomienda reforzar lo positivo: “Reencontrarse con amigos, aprender cosas nuevas o recuperar actividades extraescolares que les gustan. Cuando los niños perciben que sus emociones son escuchadas y al mismo tiempo se les ofrecen motivos de ilusión, la adaptación se vuelve mucho más suave”.

Una lección más allá del colegio

La vuelta al cole puede ser dura, pero también tiene un valor formativo. Obliga a los niños a enfrentarse a cambios, superar resistencias y adaptarse a nuevas rutinas. En palabras de Arrufat: “El cambio no se produce de un día para otro, pero poco a poco el hábito se consolida y la rutina se vuelve más llevadera”.

Detrás de las quejas y miedos, muchas veces hay un deseo profundo de prolongar la libertad del verano y el tiempo compartido en familia. Acompañarlos en ese pequeño duelo, con empatía y paciencia, es una de las mejores maneras de enseñarles que adaptarse a los cambios forma parte de la vida.

 

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