Quizá antes había más reglas, heredadas de una sociedad más clasista, aunque actualmente se aprecia más la naturalidad y la informalidad. El desafío actual es ser uno mismo, pero cada vez más conscientes del propio valor, sin abandonarse al mal gusto, a la dejadez, al complejo de “tonto el último”. Este libro está escrito para quien desee aprender las buenas maneras sin agobiarse. No se trata de ser talibanes de la educación, gente fría y formal. Por eso el libro incluye bromas y comentarios divertidos, porque considero que saber reírse de uno mismo es importante para no cansarse de aprender. El Faro de Melilla entrevista a Juan Narbona, autor de El libro joven de la gente con clase. Este libro de buenas maneras ayuda a vivir con más comodidad y elegancia. Juan Narbona es periodista, vive en Italia y es experto en comunicación corporativa y en educación en la adolescencia.
-¡Sí, muchos me dijeron que sería un fracaso! Los adultos pensamos que a los jóvenes no les importan las buenas maneras, pero no es verdad; lo que pasa es que, simplemente, aún las están aprendiendo y, a veces, no tienen quién se las explique. Aunque lógicamente quieren dar una buena impresión, sobre todo les gusta conocerlas porque se dan cuenta de que les da seguridad. Por ejemplo, cuando enseñas a un chico cómo comer con dignidad –no acercando la cabeza al plazo, masticando sin hacer ruido, limpiándose los labios con la servilleta, esperando a que los demás se sirvan antes de comer, usando los cubiertos de manera correcta…– entienden que comer no es simplemente llenar el estómago, sino disfrutar de ese momento con elegancia, sin dejar que el hambre dé rienda suelta al animal que llevamos dentro.
-Ha cambiado la forma, pero no el fondo. El sentido de las buenas maneras es demostrarnos en todo momento que somos capaces de controlar nuestra vida y no ser controlados por las emociones o los impulsos (la ira, la pereza, la envidia, el hambre, el sueño…). Lograrlo, da una gran confianza en uno mismo y en la propia capacidad de hacer las cosas bien, aunque cuesten. Quizá antes había más reglas, heredadas de una sociedad más clasista, aunque actualmente se aprecia más la naturalidad y la informalidad. El desafío actual es ser uno mismo, pero cada vez más conscientes del propio valor, sin abandonarse al mal gusto, a la dejadez, al complejo del “tonto el último”. Ser puntuales, saludar amablemente, sacar adelante una conversación difícil, cuidar la higiene personal o no caer en el ridículo en un momento de ira o cansancio son capacidades que nos ayudan a no perder de vista que estamos hechos para lograr grandes cosas en la vida, aunque no siempre sea fácil.
-El uso del móvil es un reto para todos, jóvenes y mayores, porque genera adicción. Si nos damos unas pocas reglas, limitaremos que sea el teléfono quien absorbe nuestra atención y controle nuestra vida. Por ejemplo, durante las comidas es mejor nunca poner el teléfono sobre la mesa; si alguien nos habla, no mirar el móvil o pedir permiso si tenemos que responder a algún mensaje urgente; eliminar las alertas sonoras si estamos con otras personas (en clase o en el autobús), pues resulta molesto para los demás; usar los auriculares para ver vídeos en lugares públicos; no enviar mensajes vocales excesivamente largos… Quien sabe prestar su atención a los demás y dejar a un lado el teléfono está dando una señal muy fuerte y es: “Tú me importas”.
-Como en todas partes, se trata de ser conscientes de que no vivimos solos. Un niño pequeño vive centrado en su vida, en lo que hace, sin comprender las necesidades de los demás. Un adulto no puede permitírselo. Nuestras acciones hablan sobre nuestro valor interior, y es importante que cuando nos miremos en el espejo no veamos solo unos músculos cada vez mayores, sino una persona de la que estar orgullosa. Un objetivo sencillo es proponerse que los compañeros de gimnasio se alegren cuando nos vean entrar: porque secamos el sudor de los aparatos tras haberlos usado, porque no ocupamos excesivo tiempo cada aparato, porque ayudamos a quien no hace bien un ejercicio sin humillarlo, porque no nos reímos de quien está empezando y tiene un cuerpo muy frágil o muy gordo, etcétera. Que los demás se alegren cuando llegamos es algo que sirve para otros ambientes, como la propia casa, el trabajo, etcétera.
-¡Y muchos corazones también! Una persona educada transmite respeto por sí mismo, es alguien que se ha dado unos límites, y eso resulta muy atractivo. Si vemos a alguien tratar con respeto al conductor del autobús, agradecer su trabajo a la cajera del supermercado o controlar su temperamento al volante, automáticamente intuimos que junto a ellos se tiene que estar bien. Lo mismo ocurre con la elegancia en el vestir con elegancia o en el hablar limitando al mínimo el número de palabras malsonantes. Son personas que transmiten serenidad, porque han aprendido a tenerla dentro. Aunque no sea algo que se pueda poner en el currículum, las buenas maneras son muy apreciadas y las puede aprender cualquier persona, sea cual sea su nivel social.
-A quien desee aprender las buenas maneras sin agobiarse. No se trata de ser talibanes de la educación, gente fría y formal. Por eso el libro incluye bromas y comentarios divertidos, porque considero que saber reírse de uno mismo es importante para no cansarse de aprender. Los consejos son breves y están clasificados por orden de importancia, para que cada uno empiece en el nivel que desee: algunos consejos son básicos, como comer con la boca cerrada; otros, son para quien quiere adquirir un nivel alto, como por ejemplo saber en qué orden presentar a dos personas que no se conocen.
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